martes, 10 de julio de 2018

Pequeñas y grandes independencias







En los balcones oscilan banderas orgullosas y en los parlamentos los atriles están llenos de falsas promesas.
-Solo son papeles, falsas expectativas - decía Amanda. - El país está en llamas. Es una falsa independencia. Somos nuestros propios esclavos. Pero yo no estaré para ver el desenlace, mi vida acabará en unos probables 325 días.

Aquellas palabras me entristecieron. Sabía que era cierto, pero una nunca está preparada para volver a recordar la realidad una y otra vez. No en mi caso. Perder a una amiga no es fácil. Al igual que no lo es tampoco perder a alguien a quién queremos. 
Nos acompaña un cielo preñado de nubes de vapor, nubecitas deshilachadas. En la carretera somos dos salvajes que se independizan de la monotonía e hipocresía. Un combate de lengua contra lengua, nuestros sueños reflejados en el parabrisas. Y en la radio suena viejas épocas, Petula Clark vociferando downtown. Nosotras sacando la mano por la ventanilla. ¡Oh esta pequeña y gran independencia!  Los campos sembrados de tulipanes y girasoles, nuestras sonrisas, nuestra gloria. La ciudad quedó lejos, con sus estipulaciones y diferencias, un entrechoque de ideas invertidas. Amanda y yo somos dos sombras alegres en una carretera sin nombre. Ella con su pañuelo rosa en la cabeza, yo con mis rizos sueltos. Y en el maletero dos maletas con solo lo necesario. Ella con los días contados, yo con los míos por contar. Le hice una pregunta, antes de abandonar todo, antes de dejarnos en nuestros cincuenta metros cuadrados, en nuestro pisito en pleno caos céntrico, nuestra normalidad y realidad. Le pregunté cómo quería acabar, cómo quería su final. Ella me miró cautelosa y con una leve sonrisa en sus labios solo me dijo: llévame lejos. Solo eso.

Entendí que no quería regresar. No quería volver a sentir sus pies siendo esclavos de aceras sucias y compartidas. Quería una vida paralela, sin esperas, sin pruebas radiactivas, sin vías ni medicamentos. Su cabeza era ahora una superficie lisa y apenas surcada de vellito fino. Extrañé el volumen de sus rizos y el olor de la espuma fijadora en su cabello. Amanda seguía siendo Amanda, era eso lo que la hacía especial.

Así que aquí estamos las dos, bebiéndonos los kilómetros, escuchando viejas épocas, cantando y riendo, siendo libres al fin. Y no puedo evitar preguntarme qué ocurrirá una vez que ella se marché para siempre. Pero no quiero pensar eso ahora. Hemos de vivir, hemos de exprimir los momentos que se nos conceden. La miro y estoy feliz por acompañarla en su aventura, su final. Siendo dueñas de nuestras pequeñas y grandes independencias.




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