lunes, 16 de abril de 2018

Relato juevero (Ama de casa)






Treinta y seis años. Treinta y seis años de rutinas,

de discusiones, de desaires, de armarios vaciados.

Un beso de: buenos días amor,

otro beso de: buenas noches y a descansar,

que al día siguiente se ha de despertar a las seis.

A quien madruga Dios ayuda.

Pero a Mary nadie la ayudaba.

Los platos quedaban pendientes en el fregadero,

una montaña de ropa en la cesta,

y Mary sentía como todo se le venía encima.

Salía a comprar en el mismo supermercado una o dos veces a la semana,

y aprovechaba el tiempo libre para leer algún clásico o el periódico matinal.

Sin embargo, las noches se les hacía espesas,

como si en su garganta se acumulase todas las tristezas de los años.



Procuraba usar cremas baratas que hiciesen al menos una ayuda

para su rostro cansado y pálido.

Intentaba comprar en los bazares e iba al mercadillo cuando el bolsillo se lo permitiese.

Luego el corazón a mil, la preocupación excesiva,

las desganas de comer, porque siempre les costaba llegar a finales de mes.

Pensaba: trabajamos, nos dejamos los huesos, me dejo la vida en escaleras y portales,

en productos de limpieza, ¿y todo para qué?

Para pagar impuestos, para pagar lo ajeno.

El agua, la luz, el gas, el piso.

¿Qué hay de mí, que hay de darme un capricho caro?

alguna crema de Estee Lauder,

Algún bolso de Judith Leiber,

algún diseño de Chanel, Dior,

algún perfume de noventa euros,

de esos que dejan huella hasta la noche.

Sentirse rica por un día,

lujosa, poderosamente mujer.

¿Quién no lo ha deseado alguna vez?



Las manos de Mary estaban ajadas,

secas. Las uñas a falta de calcio.

Las ojeras presentes,

Los labios firmes, ausentes de sonrisa.



Y es que Mary ya no era Mary.

Ya no era aquella jovencita ansiosa de experiencias,

con un billete destinado a una nueva vida.

Ya no era aquella joven con carpeta de apuntes bajo el brazo

para presentar la solicitud hacia la universidad.

Ya no era aquella jovencita alegre, parlanchina,

de tipo envidiable, cinturita de avispa,

sonrisa ancha y pícara mirada.

Ya no se abandonaba a los placeres de otros cuerpos

y otras bocas.



Mary había dejado de ser Mary cuando murió su madre y tuvo que hacerse cargo de cinco hermanos.

Mary había dejado de ser Mary cuando conoció a Pedro y tuvo a su hija Emily.

Mary había dejado de ser Mary cuando se dejó a sí misma en aquel asiento de tren

con las lágrimas manchándole el jersey que ella misma se había hecho,

para comenzar una nueva vida junto a su futuro marido.

Un hombre que juró sacarla del abismo,

y que incluso construyó su propia casa, allá en el pequeño pueblo,

donde todos se conocían,

y donde Mary terminó por adaptarse.

Pero un corazón ambicioso nunca acaba por amoldarse, conformarse.

Durante esos treinta y seis años Mary había sido esclava de su casa,

de rutinas vacías y sin esperanza,

esclava de los mismos pasos una y otra vez hacia el mismo lugar.

Esclava de la obligación de entregarse a su marido unas dos veces por semana,

siempre en las noches, solo un poco de tiempo,

solo para satisfacerle, para que él estuviese orgulloso de tener dos pares de tetas y una entrada.

Sin preliminares, sin besos largos y entregados,

sin caricias.



Mary se sintió pequeña y cansada.

Cansada de tener como profesión cuidar de su casa,

enjaulada como un pajarillo.

Necesitaba explorar,

desearse a sí misma.

Estudiar hasta sentir como su cabeza se hinchaba de conocimiento.

Necesitaba decirles a los vecinos que estaba bien,

que era feliz.

Sentirse hermosa,

inalcanzable.

Necesitaba algo que ni ella misma podía darle nombre.

Pedro solía hablar con ella,

solo un rato, con cerveza en mano,

y después sus ojos se iban a la pantalla,

hoy toca partido querida,

haz algo, plancha, escucha música, cambia esos muebles de ahí,

o mueve algún cuadro. Cocina, haz la comida para la semana.

Y mary lloraba a escondidas, solo un poco,

no lo suficiente, porque había aprendido a ser una mujer de su casa,

una mujer sin derecho de voto.

Una mujer fuerte,

nunca débil.

Los hombres no querían mujeres débiles ni llorosas.



Y un día sucedió. Sucedió que los platos siguieron en el fregadero,

la cocina descuidada,

las latas de cerveza en la basura sin reciclar,

la cama sin hacer,

el maquillaje barato de Mary encima del tocador.

el armario ausente de su ropa.

Los zapatos desgastados debajo de la cama.

Las ventanas cerradas,

y la persiana a medio subir.

Los papeles del divorcio preparados encima de la mesa.



A Pedro se le cayeron las palabras al suelo,

se le encendieron las mejillas.

Y para evitar el silencio palpable y angustiado de un hogar ausente,

decidió poner el cassette. 

Y vio que una última canción había sido escuchada. 

Cuando lo reprodujo se sintió viejo,

destrozado, roto.

Perales cantaba la balada de una marcha,

de estar harta, de verle cada día, de compartir su cama, de domingos de fútbol,

de la falta de las caricias por la mañana.

Y ese amor, ay ese amor que ya no sabía si era amor se marchó por la ventana.



Y Pedro musitó incansablemente el nombre de Mary.

Lo masticó entre los dientes, con dolor, con rabia.

Y la firma de su libertad encima de la mesa,

la firma de Mary,

y los treinta y seis años tirados a la basura.



Mientras tanto, en el vagón de cercanías,

Mary sonreía por primera vez,

se sintió poderosa, libre.

Llevaba en su regazo los recién imprimidos papeles

para el acceso a la universidad para mayores de cuarenta y cinco años.


Sara G.




3 comentarios:

  1. Y final logró lo que deseaba, bien planteado y cerrado el relato.
    Un abrazo

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    1. Gracias!!! quería darle una oportunidad a Mary. Se lo merece :)

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  2. No todas pueden hacerlo, porque el ancla esta atascada ... Bien por Mary, a pulso se lo ha ganado.
    Se debe valorar lo que se tiene .no lo que se ha perdido

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