miércoles, 3 de enero de 2018

Este jueves un relato: Jugar con fuego.




Cora sentía debilidad por el fuego desde pequeña. Cuando cumplió los cinco años solía coger la caja de cerillas y encender un fósforo tras otro. Su padre estaba cansado de dejarle las manos enrojecidas por los golpes de la educación. Y su madre… bueno ella nunca estaba en casa. Cuando regresaba en las noches con su rostro derramado en maquillaje y sus labios pintados de rojo, Cora se preguntó si su madre nació con esos labios. Es el color del fuego, le había dicho una vez su padre y aquello se le quedó grabado en la memoria. Con los años, Cora también maquilló sus labios de ese mismo color y a su madre no pareció importarle, de hecho sonreía orgullosa, como si su hija fuera un vivo retrato de ella. No obstante, Cora era una niña especial, quizá complicada. No hablaba demasiado, se escondía siempre, leía las revistas sexuales que su padre escondía bajo la cama y hacía siempre lo mismo: encontrar todas las cajas de fósforos que su padre escondía sin éxito y encender todos los fósforos. Debía ser que le encantaba el calor que emanaba de la llama o la peligrosidad que ello conllevaba. Le encantaba el olor del humo después de apagarlo. Empezó a comprar montones de velas y dejarlas encendidas toda la noche. Esa vez su padre le pegó bien fuerte. Pero cuanto mas golpes recibia Cora, más fuego prendía. Tu madre es lo peor que hay en esta casa, tiene fuego en todas partes y tu has salido a ella, me vais a volver loco, gritaba su padre. Y Cora sonreía. Se relamía los labios y gastaba un pintalabios entero en un día.

Conoció a cientos de chicos pero ninguno consiguió entender porqué Cora amaba tanto el fuego. Les asustaba. Una fría tarde de invierno, sin que sus padres estuvieran en casa, Cora decidió invitar a los de su clase. Solo vinieron cuatro chicos y tres chicas. La casa de Cora era toda lujuria. Había puesto en las paredes diversas telas de transparencias rojas y rosadas. Su cama estaba llena de pétalos rojos y toda la casa resplandecía por las velas. Puso incluso música actual para que esa vez no pensasen que fuese rara, ya que sus gustos musicales derivaban entre Enya y Loreena McKennitt. Pero la fiesta fue un fracaso. Las tres chicas la miraron ceñudas y pusieron como excusa no encontrarse bien. Y los chicos, al ver las velas también dijeron de irse. Solo quedó uno. Un chico llamado Gustavo, al que apodaban: Gustav. No sabia porque se había quedado. Debió percibir el fuego en los ojos de Cora, en su perfume, en su sonrisa, en su boca, en su cuerpo. La tocó con delicadeza, sin temor a quemarse. Cora miró de reojo la puerta y las llamas de las velas parpadearon como asustadas, tal vez queriéndola advertir de algo. Se besaron, y Cora se sintió arder por dentro. Un fuego hermoso, una calidez que jamás había sentido de esa manera. Pero sucedió lo inevitable. La puerta se abrió. Y Cora vio en su padre a un demonio. Gustav fue despechado de su casa de malas maneras y Cora por primera vez sintió fuego incluso en sus lágrimas.

-No sé que he hecho mal, Cora. No sé de qué forma estás hecha. Ni siquiera sé si eres humana. Apaga todas esas velas y ve a la cama. Tu madre ya mismo llegará y no le gustará ver todo esto- Y fue esa orden, lo que hizo cambiar a Cora. El fuego que emanaba de su persona se fue apaciguando con los años.

1 comentario:

  1. Muy bonito tu relato. Se trasluce el deseo de la unión con los tuyos, la añoranza de otros años, que ya pasaron. No te preocupes que volverán y seguirán siendo felices. ahora estás en distanciada, pero volverán los momentos espléndidos, los más deseados, no lo dudes. Porque los sientes desde el corazón y están en el aire, a la espera. Solo quedará un poco de más tiempo, que indudablemente te acercará a ellos. Que tengas buen año. Un abrazo.

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