domingo, 5 de febrero de 2017

Este jueves un relato: Dias de nieve.







La nieve que cae son lágrimas de cristal. Pronto los tejados son arropados por abrigos blancos. Observo por la ventana. Asomo mi mano. Me lleno de nieve, son besos de terciopelo. Es un día colmado de paz, silencio. Es un susurro del cielo. El invierno. Me permito disfrutarlo, pocas ocasiones son las que el nieve viene a vernos. En la calle pasea una niña sola, vestida con un abrigo rojo. Su pelo rubio se funde con la blancura del día. Apenas distingo su rostro. La veo de espaldas, caminando tan despacio que cada pisada es una caricia. Es la pequeña Reina de las Nieves. La escucho susurrar algo, y después desaparece en la esquina. El silencio vuelve a inundarme.

 Días de nieve leo en las portadas de los periódicos. Chimeneas que escupen columnas de humo. Mi calle es una cintura estrecha. Apenas pasan sombras. Cuando los oigo caminar me asomo. Soy participe de sus soledades, inquietudes. La fotografía de un bebé reposa sobre la estantería. Vuelvo a verla con la esperanza rota. Hace años me la robaron. Fue un día de nieve cuando la sostuve por primera vez en mis brazos, la cálidez de su frágil cuerpo sobre mi pecho. La felicidad parida de mis entrañas. Jamás había amado tanto a alguien como la amé a ella en ese instante de mi vida. Después me la arrebataron y horas después dijeron que estaba muerta. Mi hija muerta. ¿Cómo puede un dolor así hacerte levantar? Nunca he dejado de rezarle, de soñarla.

 La pequeña Reina de las Nieves vuelve a hacer presencia y yo me conmuevo con su presencia. Vuelvo a verla con su abrigo rojo y su pelo rubio y por un momento no sé si es producto de mi imaginación, si acaso ella existe. Pero la escucho susurrar, hablar por lo bajo. Y distingo un pequeño sobre en su mano. Me oigo preguntarle si necesita algo, si acaso se ha perdido. Y ella me mira. Tiene un rostro de muñeca, ojos pequeños, tal vez vacíos. Me dice que busca la boca de un buzón, un nombre que no logra encontrar. La invito a entrar. Por un momento se queda quieta, debatiéndose entre aceptar mi invitación o desaparecer en la esquina. La nieve empieza a adherirse con espesura sobre su abrigo y su pelo. Hace frío, sube, vuelvo a decirle. Y ella por fin acepta. Sus pasos cortos y tímidos suben por la escalera. Cuando llega a mi puerta, veo por fin su rostro de cerca. Algo en ella me fascina, me hace pensar. Me parece haberla visto en alguna parte. Me da el sobre ya arrugado y manchado de agua seca. El contacto de su mano es una leve caricia. Mi corazón palpita con fuerza. En el sobre pone un nombre, el mío. Y debajo una frase:


- Mi madre.