jueves, 26 de enero de 2017

Este jueves un relato: soledades




Vivo a diario una retahíla de emociones y soledades. Paseo por pasillos silenciosos y llenos de vida. En cada habitación se esconde un alma que ha vivido los suficientes años para contar sorprendentes historias. Sus rostros estàn marcados, llenos de mapas. He visto soledades preciosas, carentes de tristeza. Y hay otras soledades que no pueden aliviarse. Están sentados en sus correspondientes mesas, no queriendo entablar conversaciones. Se refugian en ellos mismos, entre fotos, recuerdos y rutinas. He oído de sus labios que los años son los que traen la soledad. Que es duro ver como te arrugas y que no logras decir lo que ansías. La vejez es la última cosa que uno espera de si mismo. Algunos cuelgan espejos detrás de las puertas, otros no quieren volver a verse nunca más. Los hay que esperan visitas como si esperasen el mayor regalo de sus vidas. y también los hay que prefieren estar solos, porque para ellos ya es suficiente, han hecho lo que tenían que hacer. Están ahí para esperar, para irse con la mayor alegria posible. Nuestro trabajo no solo consiste en cuidarles y limpiarles. Va más allá. Nosotros abrazamos sus soledades, procuramos iluminar sus miradas y sonrisas. Procuramos que se vayan de este mundo con la mayor paz posible, amándolos por como son, aceptándolos.


Mi trabajo es duro y un poco triste, algunos lo pensarán. Pero la recompensa es preciosa. Es verlos bien, cuidarlos, hacerles ver que aún sirven para hacer lo que deseen. Hacerles útiles y maravillosos. Es hacerles sobrellevar un poco mejor la soledad que cargan en su corazón.

Ella







"Cierro dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacía la luz".


(Extracto del libro el grito silencioso, del autor Kenzaburo Oé)

Estaba irreconocible, tumbada y dormida, lejana. Le habían asignado una habitación en la planta de cuidados intensivos. La estancia estaba en penumbra. No se escuchaba ningún ruido, solo el de su respiración. La única compañia que tenia era la de su hija, que sentada en el sillón, la observaba como si desease decirle tantas cosas. La noche se había presenciado. Tocaba esperar, con la esperanza de volver a verla bien, tan ella. Quejándose de todo, pero siempre con una sonrisa, y siempre hablando. Se tambaleaba cuando caminaba unas millas, percibiamos el olor de su discreto perfume, y reíamos al ver su cabello que nunca estaba en orden. La llamábamos por su apellido, nunca por su nombre. Cuando comía, siempre le daban las horas. Masticaba cada alimento como si fuera el último, sin hablar apenas con nadie, siempre tan suya. Decía que no se sentia afín con el mundo, que aquel no era ya su hogar, que ella ya estaba lejos. Antes de dormir solía mirar el retrato de su esposo ya fallecido. Pensaba, siempre pensaba. Tenía un rostro bonito y terso, el rostro de una mujer que le ha gustado lucir hermosa. Fueron pasando los días, y con ellos su debilidad. Le gustaba encerrarse en su habitación y en su silencio, en la antepenúltima habitación del pasillo, con la puerta semiabierta. Se despertaba con nuestra voz. Era una de las cosas que recordaba, nuestra voz, la que tanto se había acostumbrado y a la que ahora no podia prescindir. Su rostro empezó a cuartearse y palidecer. Sus facciones estaban flácidas, ensombrecidas. Sus manos frágiles y casi rotas. La mandíbula ya era una caja vacía de dientes. Y su voz... su voz empezaba a desaparecer, perder su tono. El tiempo, decia ella, era una sala de espera.

Es duro verla postrada en otra cama que no es la suya, vestida con un camisón, y no con su falda y camisa. Es duro saber que su habitación pronto perderá su luz y que la puerta antes semiabierta, se irá cerrando poco a poco.


https://www.youtube.com/watch?v=cM5G3a-XOjU&list=PLtVCxuIWSa_4ts4GKnZSHT6C49LFyMURS&index=2


Esta canción es para ti.





viernes, 20 de enero de 2017

Relato juevero: De tutores y tutorias







Sólo estábamos la madre de la amiga de mi hija y yo. La clase aún estaba vacía, con ese pequeño desorden que dejan los niños. La pizarra estaba manchada de tiza borrada. Me pregunté que tema habian dado ese dia. Recordé escuchar a mi hija quejarse de lo aburrido que era estar alli. La tutora aún no aparecia. Ambas empezamos a mirarnos nerviosas. No escuchábamos nada, ni siquiera pasos. Pasada media hora decidimos tomar cartas en el asunto y preguntar a alguien si la tutora vendria o no. Salimos de la clase y buscamos. No habia nadie en el pasillo. Era como un colegio fantasma. Hasta que oímos un sonido muy peculiar en una puerta. Ambas nos miramos y asentimos. Cuando abrimos la puerta vimos entre fregonas y cepillos de barrer a la tutora haciéndoselo con el conserje. Ya os imaginaréis la cara que se nos pondría a los cuatro.

jueves, 19 de enero de 2017

Este jueves un relato: ¿Juegas conmigo?













Tenia ocho años cuando conocí a Cloe. Aquel día yo jugaba en mi balcón y su voz despertó mi mundo. Ella estaba a dos balcones del mío. La escuché llamarme con un silbido. Al principio no supe que se dirigia a mi. Cuando nuestros ojos se encontraron supe que yo era la elegida. Recuerdo que esa mañana el cielo tenia destellos rosados. Me preguntó como me llamaba. Dijo que se llamaba Cloe. Quedamos en vernos en nuestra calle. Tenia los ojos bonitos, de color celeste. Las mejillas finas y delicadas y una amplia frente limpia. Su pelo rubio se ondulaba por las puntas. Jugamos al escóndite y soliamos llamar a los timbres de las puertas para después salir corriendo. A Cloe le divertia mucho.

-¿No crees que estamos siendo niñas malas? - le pregunté con la conciencia de no saber si lo que haciamos era lo correcto o no.

-Somos niñas, y a nuestra edad es normal tener travesuras- dijo con los ojos brillantes.


A veces Cloe se refugiaba en su mundo y no me permitia entrar en él. Solia verla sentada en su balcón, con las piernas cruzadas y la mirada cabizbaja. Yo le preguntaba que le pasaba y ella me decia que no tenia ganas de hablar. A veces yo bajaba a la calle y daba cortos paseos, buscando alguna distracción. Un grupo de niños buscaban en un contenedor de basura. Me acerqué a ellos y quise participar pero decian que las niñas no podian entender aquel juego. Enfadada y aislada volvia a casa. Pasaban días hasta que Cloe llamaba a mi puerta. Cuando estábamos juntas éramos como invencibles. Nada me daba miedo. Las horas escapaban a nuestro control.
Me gustaba estar a su lado. Era como la hermana que nunca tuve. Soliamos jugar a la rayuela, al pilla pilla y a juegos de mesa. En ocasiones buscábamos tesoros qué descubrir. Nuestra calle solo tenia balcones y edificios, era una calle pequeña de un barrio pequeño. Pero para nosotras era todo un descubrimiento. Había un pequeño jardín correspondiente a una casa y se nos tenia permitido jugar allí. Nuestro mayor descubrimiento fue una família de gatitos que se encontraban viviendo en un edificio abandonado. Los escuchábamos maullar pero no podíamos entrar. Con el paso del tiempo, dejamos de oírlos.

A Cloe le entristeció mucho. Intentaba animarla, pero volvía a sumergerse en si misma. Una tarde de lluvia ella llamó a mi puerta. Mi madre la invitó a pasar y ambas nos metimos en mi habitación. Estaba más silenciosa que otras veces, lo cual me resultó extraño. Le pregunté que le pasaba y tras un breve silencio dijo que se mudaba. La noticia me golpeó. La lluvia repiqueteaba con furia la ventana. Era como si también ella se sintiera como yo. Cloe cruzó las piernas y bajó la cabeza. Aquella tarde los ojos de Cloe tenian un color más apagado. Apenas distinguí en ella a la niña aventurera y traviesa que conocí. Cloe había madurado.

-¿Pero adónde te marchas?- pregunté sintiendo como el suelo de mi habitación dejaba de existir.

-Mis padres dicen que al Norte- respondió en un susurro.

No volvimos a hablar. Nos quedamos allí sentadas, haciéndonos compañia, asimilando la noticia. Sabíamos que aquello nos separaria.

-Nos mandaremos cartas- dijo con esperanza.

Nos lo prometimos. El dia que Cloe se fue yo bajé a la calle para despedirla. Era la primera vez que veía a sus padres. El maletero de su coche estaba lleno de maletas. Sus padres no decían nada. Cloe estaba sentada en el asiento de atrás. No dejamos de mirarnos. Cuando el coche arrancó, mi corazón también lo hizo. Cloe se despidió de mi sacudiendo con tristeza su mano.

Cada año ambas nos mandábamos cartas, como habíamos prometido. En una de esas cartas solo rezaba una frase: ¿Juegas conmigo?
Sentí el impulso de asomarme en el balcón y allí abajo estaba ella, sonriéndome como el primer día que nos conocimos.



miércoles, 11 de enero de 2017

Sobre el hielo.



















Como voy a empezarme el nuevo libro del autor Anthony Doerr, y como he visto que antes de empezar la historia hay un texto que lo inicia, he decidido compartir con vosotros dicho texto, el cual me ha resultado interesante y reflexivo.




"Tiene que haber una explicación concreta a que, cada vez que empieza a caer nieve, su formación inicial sea siempre la de una pequeña estrella de seis puntas. Porque, si ocurre por azar, ¿Por qué no caen también con cinco ángulos? ¿ O con siete? ¿Quién talló el núcleo, antes de que cayera, hasta formar seis picos de hielo?"


(Sobre el copo de nieve hexagonal, de Johannes Kepler, 1610).





martes, 10 de enero de 2017

El poder de una mirada.

Aquella mañana el cielo estaba cubierto de tristeza. Decidí ir a una cafeteria a la que suelo frecuentar. El local estaba atestado, pero logré un sitio. Un grupo de tres mujeres parloteaban y chismorreaban sobre una conocida. Frente a ellas dos hombres vestidos de traje y hablando de negocios, supuse. Pero lo que llamó mi atención fue una pareja que estaba sentada a escasos metros de mi. Solamente se miraban, cómplices el uno con el otro. Los ojos de ella parecían ocultar secretos. Los de él revelaban algo más. Tal vez deseo, arrepentimiento o admiración. Era difícil saberlo. Una cosa si estaba clara: reflejaban armonía. Jamás había visto tanto amor y silencio en una mirada. No pude evitar observarlos. Ella se relamía los labios. En más de una ocasión se besaban como si fuese la primera vez. Sus besos eran sonoros y dulces, como si estuvieran saboreando un caramelo. A pesar del ruido, ellos parecían lejanos, inmersos en ellos mismos. Él acariciaba la mejilla de ella, y ésta cerraba los ojos.
Bebí a sorbos mi café, saboreando el tiempo, siendo cómplice de aquel momento. El entorno pareció dejar de existir también para mi. Observé sus tazas, estaban vacías. El móvil de ella interrumpió el encanto. No tardó en cogerlo. Su voz era preciosa. La oí decir: Si, lo sé, no es fácil. Quiero que entienda una cosa, déjenos tranquilos. No, él no está.

Y colgó. Después él volvió a acariciar su mejilla y ella volvió al dulce silencio que les pertenecía.