sábado, 21 de octubre de 2017

A ti.

Escribí hace años una breve dedicatoria a alguien que aunque era parte de mi familia, no lo veía a menudo. Pero sin embargo en los últimos días de su vida, yo compartí con él una preciosa tarde que se le antojaba monótona, triste y solitaria. Decidí ir a verle, y hacerle compañía. Se llamaba Luis y era un hombre bondadoso. Es de esas personas que no olvidas.

Esto va para ti.


Te lo debía, aquel veinte de febrero en la quinta planta. Oteábamos el paisaje en la ventana. Te debía una historia corta pero bonita y matizada en todas las cosas que deseabas. Te lo debía, arrancarle a los dientes de león las pelusas para que volasen por la ciudad y cumpliesen nuestros sueños, los tuyos, tan diferentes de los míos.

Te lo debía, regalarte una bella sonrisa en esa habitación.  Qué especiales y cordiales fueron los segundos que contamos para que se convirtiesen en minutos. Quien te observase y fuese lo bastante inteligente, se daría cuenta que hace mucho que te abandonó los néctares de unos labios que aun seguían sonriéndote malcriados en una foto antigua.

Yo supe conocerte ese día, el mismo que te debía tanto. Mi regalo fue la visión de la vida en las sombras que el sol dejaba en las aceras, los edificios, en nuestras manos y en el huequecito de mi nuca donde se intuye el nacimiento del cabello. Te regalé mi voz, hipnotizándote con versos tristes pero reales, y dejé que tus manos- huesudas y ligeramente velludas- intentasen encontrar consuelo en las mías. Te lo debía, este pequeño trozo de mí, esas tardes exprimidas en un calendario fugaz y los diez pasos que daba en tu calle para mandarle un beso a tu ventana. Te debía este rezo que mando a la luna para que te la recite ella misma sobre el brillante y olvidado mausoleo que lleva tu nombre.

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