martes, 13 de junio de 2017

Cicatriz.




La cicatriz de Enma no era una cicatriz cualquiera. Se la había hecho ella misma paso a paso, con esmero. Todo comenzó en un vagón de metro con destino a Sants Estació. Los ojos de aquellos quienes la acompañaban parecían ajenos a este mundo. Observaba en silencio a jóvenes como ella, sumergidas en sus teléfonos móviles. Pero Enma tenia las manos vacías. Con el corazón desbocado se bajó en su parada correspondiente. La estación de Sants estaba inundada de viajeros y esperanzas. Enma, que hasta entonces había ignorado que alguien la seguía, decidió tomar un cafè en una pequeña cafeteria de la estación. Fue entonces cuando lo vio. Era él. Hacía años que no lo veía. Había significado un reproche, un incómodo silencio, un pequeño y fugaz beso. Joan había sido la cicatriz de su vida. Se conocieron diez años atrás en aquel mismo vagón y desde entonces habían sido el uno para el otro una preciosa maldición. Batallaron paradas, tiempo y esfuerzo. La boca de Enma estaba casi dolorida de tanto pronunciar su nombre, de contar todas las paradas. Porque Joan iba y venía, como un boomerang. Un kharma que no cesaba de repetirse. Se habían herido, se habían amado salvajemente, se habían perdido por todas las estaciones. Y ahora él regresaba después de todos esos años perdidos.

Se sentó a su lado y observó el mapa de su rostro. Acarició nuevamente sus labios pequeños y redondos. Y vio la cicatriz. La tocó como si quemara, como si él también la hubiera sufrido. ¿Por qué? le preguntó, y Enma bajó la mirada. No hicieron falta palabras. Joan vio la linea blanca y casi recta, torpemente señalada como pequeñas vias de tren. Y la besó. Besó esa herida, esa verdad. La lamíó despacio, como si su saliva fuese una disculpa. Enma cerró los ojos. Se dejó atrapar por su aliento. Sin importarle las miradas, el ruido. Supo entonces que la última parada ya no la estaría esperando. Su última parada estaba allí, en una pequeña cafeteria, siendo lamida y besada por unos labios culpables de ese montoncito de billetes de metro usados y arrugados en su bolsillo.