lunes, 8 de mayo de 2017

FUEGO.


( Ilustración: Joseph Lorusso)



El asiento aún estaba caliente. Ella ya se había ido. Debería haberle dicho que la queria, que era su oasis, una pequeña isla donde refugiarse. Vacío. Una gota cayendo desde el grifo. Plaf, plaf, plaf. La cocina ordenada, unas migillas de pan encima del cortador de madera. El microondas abierto. ¿Cuántas veces le había reñido por eso? El suelo aún conservaba las huellas de sus zapatos. Había dejado de llover. Aún se respiraba el olor de tierra mojada. El mejor olor del mundo, le había dicho ella con una sonrisa partida. Se sentó en la silla donde minutos antes ella había estado. Acarició su ausencia en el silencio de una casa vacía. La necesitaba. Necesitaba poseerla, sentirla, arrancarle la piel tira a tira, beso a beso. Ella se ocuparía de recomponer los pedazos rotos. Siempre lo hacía. Pero esta vez no. Esta vez ella solo asintió. Se dejó desvestir. Romperse en sumisiones. Él había desnudado su cuello y había dejado el rastro de su saliva, sin verguenza, sin remordimiento. La habitación en penumbra, con el ocaso de un sol tímido. La puerta siempre cerrada. Protegidos contra las reglas, la mundanidad. Eran llamas crecientes. Él le dijo que le encantaban sus labios, eran labios de mucho fuego. Los mordisqueó, les puso nombre, se hizo dueño de ellos. Afuera se escuchaba el trinar de las golondrinas. Un pequeño y delicado nido que podia verse desde su ventana. Pensó en ella. Por fuera parecía tan fuerte, hecha de piedrecitas y ramas. Pero por dentro era tan reservada, cálida, casí frágil ante las tempestades del mundo. Un nido puede romperse si se le tira varias veces una piedra. Pero las aves vuelven a intentarlo, vuelven a hacer más nidos.

Sentado en esa silla aún caliente, la recordó. En como ella gemía y se retorcia en el sonido de su propio placer. Sin esconderse, sin rubor alguno. Y después quedaba exhausta entre sus brazos sudados. Llena por dentro. Alimentada de sensaciones. Inundada de amor. Lola, lola, recitó. Su nombre era solo dos movimientos. Lo, la. Su Lolita. Otro Humbert pero con otra Lola diferente. Masticó su nombre varias veces, hasta que le dolía la mandibula. ¿Por qué no regresas? ¿Por qué no vuelves a sentarte aquí y me dejas hacer? Abrir sus piernas, hurgar en ellas, encontrar ese nido hermoso. Romperla amorosamente, hacerla infinitamente suya. Lo, la. Se asomó al balcón y miró el mismo paisaje de tantos días. Solo que él recreaba diferentes tonalidades. Los árboles poderosos, fuertes, nunca torcidos. El bar de la esquina con el rótulo de Neón, un poco desquebrajado. Justo al lado otro bar, pero más pequeño, con maceteros de gardenías y margaritas, y en la que él y Lola solían tomar café a la misma hora. Después de saciarse mutuamente. Después del trabajo, la comida precocinada y una pequeña siesta. La observaba dormir, con los ojos cerrados pero aún parpadeando. Susurraba su nombre y ella sonreía. Lo, la.



A veces ella solía bromear en como él pronunciaba su nombre. Es como si al pronunciarlo su nombre se escapase flotando, como anillos de humo. Acariciaba cada letra con avidez, deseo, expectación. Lo, la y su alma a veces tan difícil de alcanzar. Deseaba comerla, estrujarla en su boca, lamerla despacio. Su sonrisa cómplice. Lola era un sinfín de experiencias. Nunca se cansaba de ella. Ahora, apoyado en la baranda de su balcón grita su nombre en silencio. Nadie sabe que él y su Lola existen. Nadie sabe cómo se necesitan alli dentro, encerrados en su pequeño apartamento, ajenos y dolidos con la vida de ahora. Una rabia que hacen explotar con sexo. Dos amantes que no se miran en los charcos. Con la mirada clavada hacia adelante. Nadie sabe como él toca la mano de su Lola en el pequeño bar con maceteros de gardenías y margaritas y como ella ríe cuando sus labios se llenan de leche. Nadie sabe cual es el segundo apellido de ella, ni siquiera él lo sabe. Y por supuesto nadie sabe a que huele Lola cuando sale de la ducha y se tumba desnuda en la cama, esperando nuevamente el placer. Nadie sabe los tantos meteoritos que han caido en los ojos de Lola, en como su corazón ha buscado por mucho tiempo cálidos abrazos.
Lola solia pensar con las manos metidas entre sus piernas. Las dejaba alli, tal vez por frío, tal vez por costumbre. Soñaba con cruzar fronteras, conocer el mundo, probar a traspasar los limites. Convertía las nubes en un cine de fantasía. Se tocaba los labios con las yemas de sus dedos y se peinaba el cabello con ellos.
Desde su balcón él atrapa los mechones enredados de Lola, hebras rojizas como auroras que han quedado atrapadas entre los barrotes de hierro. Vuelve adentro, con su nostálgia palpitando entre la fina tela de su pijama. Y al llegar al dormitorio y ver las sábanas hechas pero un poco abiertas por el costado, él se tumba en ellas. Se revuelve, se vuelve sábana también. Grita LO, LA. Pero la puerta sigue sin abrirse. Ella solía abrirla cuando marchaba a la rutina de su vida y le dejaba a él allí, aun palpitando por ella. Se abalanzaba sobre él y lo llenaba de besos. Lola era una metáfora. Él recordó aquella frase de un cuento de Oriente basado sobre el pintor Wang-FÔ. Una frase donde describía en breve a la esposa de su discípulo Ling que decía: Era Frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Lola era ese conjunto.

Ella le había regalado un libro de cuentos orientales. Eran su género favorito. Después de hacer el amor, a veces con salvajismo, otras veces con ternura, él le leía esos cuentos. Y ella cerraba los ojos. La tarde parece infinita sin ella a su lado. Se toca, se amarra. Se clava en el respaldo de la cama. Atado por lo que Lola le hace sentir. Se concentra en todos los sonidos del apartamento. El plaf, plaf de las gotitas que caen del grifo, el ronroneo del frigorífico, los pasos de la vecina de arriba, el leve crepitar del cristal de la ventana cuando el viento es un poco más fuerte. Observa el techo. Algunas pequeñas grietas y la pintura ya desconchada. Lola queria pintar las paredes de rojo, pero él le había dicho que ya tenian suficiente con tanto fuego. El rojo no es solo fuego, es aventura, amor, pasión, sangre, erotismo, respondío ella. Lo dejaron estar. Las paredes aún seguian blancas y viejas.



Encima de la mesita de estar aún estaban los libros que Lola leía en ocasiones, libros de sexo, y en como avivar la pasión cuando empiece a acomodarse. Porque si había una cosa que Lola temia era la simplicidad, la rutina. Y pensaba que con ello él dejaria de desearla, amarla.
Guardaba en los cajones lenceria bonita y cara. Invertia en ello. Siempre de color rojo. Lola era ese color. Se fundía en él. Sus labios también. La deseó en ese momento. Deseaba desnudarla a toda prisa, morderla, chuparla entera, sin dejarse ningún hueco. Sorber su sexo dulce, con sabor a mujer, sabor a Lola. Se hizo la noche. En su cabeza se repetia el constante tic tac del reloj. Se tapó las sienes con las manos. Intentó dormir. Soñó con la misma travesía, las perfectas circuferencias de los relojes en la vitrina de la joyeria donde la vio por vez primera. Vio a Lola mirando el tiempo en esferas. Su largo pelo, su espalda blanca y lisa, sin ninguna imperfección. Sus andares, seguros, sensuales. Sintió como si todos los relojes del mundo se detenian cuando ambos se vieron por primera vez. Fue fácil. Fue decir hola, con una sonrisa, asentimiento. Una insinuación en tan poco espacio. Y Lola ataviada con un abrigo de lana negra y medias de licra. Lola y sus ojos color jade. Después un hasta luego y varias miradas, como si al dejarse marchar perdiesen la recompensa. Lola cruzó esquinas y calles y él procuró seguirla sin que ella se diese cuenta. Hasta que inevitablemente ella lo supo. Sin saber como, acabaron en el pequeño apartamento de él. Ese fue el comienzo y el final de todo. Un exilio de su cuerpo. Amantes, almas gemelas. Quién sabe. En otra vida- si la había, claro está- ella volvería.

Las nubes ahora densas y ruborizadas de lluvia dejan escapar lágrimas de agua sobre la ciudad. Deseó a Lola con toda su alma. Tenerla alli, apretada contra él, mirando como los cristales se empañan de vaho y lluvia. La imagina afuera, merondeando por las calles, sin paraguas. Su pelo rojo chorreando. Su ropa totalmente pegada a su piel. Lola, vuelve. Regresa al único lugar donde perteneces, donde nos pertenecemos. Donde estamos destinados a estar. ¿Qué estaría buscando ella a esas horas de la noche? ¿Qué se le había perdido? Cerró los ojos y no perdió la esperanza. La puerta terminaria abriéndose. Y Lola entraria en ella, toda mojada y ardiente.


1 comentario:

  1. HOLA SARA, ME INSPIRAS, OTRO RELATO CORTO Y MI PENSAMIENTOS Y SENTIMIENTOS.

    "SOLOMENTE TU!"
    No tengas miedo, puedes tocarme!
    Quieres bailar conmigo?
    Mi pregunta es-¿Cuanto tengo que tener fuerzas, para controlar mis pensamientos?
    Tu despiertas en mi corazón tantos matices.
    No siempre puedo salvar su nervios, su religión es fuego y libertad.
    Te pido, no huyes de mi, por favor no te calles mas,
    mil razones porque sentimientos míos hacia a ti son de verdad ¿Cómo yo podría hacerte daño? Quieres abrazarme, pero sientes solo disparos ¿Quien tiene culpa? me pregunto muchas veces. MIRAME,YO NO SOY TU ENEMIGO!EL AMOR AVECES,CALLA LA VERDAD! no te calles por favor te pido,NO HUYES DE AMOR!!!!!
    KRISTINA

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