lunes, 15 de mayo de 2017

Justin













-No sé por qué a veces te comportas así- Me suelta una vez sentados en mi cafetería preferida. Hablamos sobre el tema de moda: la situación del mundo. Nos enfadamos. Nos frustramos. Nos miramos. Siento que le quiero, pero hay veces en que un pequeño desconcierto me inunda.

-¿Sabes que me encantas?

Sé esa frase de memoria. Le sonrío. Es miércoles. Se me acaban de romper los pantalones. Él ríe. Lo encuentra sexy. Debería ir al servicio, pero hay que cruzar un largo pasillo carente de luces. Los pasillos no me gustan nada porque son bocas de ogros. Eso solía decir Justin de los pasillos del instituto. Esperábamos ansiosos a que nos contara uno de sus historias de terror. Inventaba títulos escalofriantes como: El apuñalamiento de Míster Rock; Tripas revueltas; Psicofonía maldita, etc.

-¿Vuelves a pensar en él?- Pregunta.

Me sorprende que saque el tema. Lo ha intuido cuando mis ojos han mirado la dirección de los servicios. Aún recordamos a Justin bajarse los pantalones y enseñarnos su fea cicatriz que tiene en las nalgas hasta los tobillos. Le vemos correr por la calle con un petardo en la mano y lanzándolo hasta el balcón de su vecino. Le vemos robando una golosina en la tienda a la que siempre vamos. Su acento de pueblo y su disfraz de chico eficiente. Y ese nombre, como si se tratara de una estrella musical, de cine o a saber.

-¿Le extrañas?- Otra pregunta.


¿Extrañarle? Qué disparate. Anhelar algo que nunca se ha aprovechado, que nunca se ha sentido. Sólo ha sido una sombra que penetró en mis labios y que a veces, muy pocas, me trataba bien. Extrañar a un demonio que prefería la deformidad de las cosas y que tiraba piedras a los pájaros y a algún gato.

-Nunca he podido extrañar, ni querer a alguien así, Charlie. Él siempre disfrutaba metiéndose conmigo.

-¿Te acuerdas cuando escuchabas esa canción de Morrison que te recordaba un poco a él?

Ha sido un grave error recordármelo. Un grave error. Una bofetada limpia.

En ocasiones yo solía escuchar canciones de esas que trataban de amores no correspondidos o los que te terminan destruyendo. No me moría por él, tampoco me hizo promesas. Pero si que se llevó parte de mi vida. Se la llevó cuando acabó la suya. No se atreve a sonreír. Sabe que se ganará una buena si lo hace. Me conoce demasiado bien. Justin fue un número mal apuntado en mi libreta de teléfonos. ¿Por qué le recordamos siempre que vamos a tomar un café? Justin solía robarme la carpeta de apuntes y ponerla en lugares difíciles para recuperarla. No bebía café. Le gustaban los bocadillos grasientos, con un buen chorreón de aceite cayendo por el borde del pan. Quizá el solo hecho de mirar un pasillo... sí, debe ser eso. Mirar un pasillo es como ver el estómago de Justin, su oscuridad.

-¡Perdón! No debería haber sacado el tema- Dice bajando la mirada hacía su taza de café.

Juega con dos sobrecitos de azúcar. Yo me limito a mirar hacía la ventana.

- Aquello pasó hace mucho tiempo.

-Siempre acaba volviendo.

Silencio. Me muerdo un poco los labios, tal vez quiero hacerlos sangrar porque de eso trata tragarse el dolor. Me paso los dedos por ellos, recordando un beso que él me robó. Justin era un sinfín de elementos, nunca estaba satisfecho de ser uno solo. Y ahora... maldita sea, ahora vuelvo a tener esa canción de Morrison en la cabeza. Charlie no para de pedir perdón, como si fuese un padrenuestro.

-¡Joder, basta ya! Dejemos a Justin y su arrogancia para el fin de los tiempos. Debería haber pedido un té o una coca cola. Bebo rápido el último sorbo que queda en el vacío de la taza, recordando al imbécil de Justin y sus maldades.

-¿Cuándo fue...?- Su voz se entrecorta. Tiene miedo.

-¿La última vez?

Él asiente.

-En su casa. Recuerdo que nos sentamos frente al ordenador. Afuera llovía con ganas-proseguí-. Me había olvidado el paraguas en clase y él se ofreció a guarecerme bajo su techo. Fíjate que cosa más extraña. El despiadado y temeroso Justin ofreciéndome cobijo. Pensé que estaba drogado. Y escuchamos canciones. Me puso varias recopilaciones de esos grupos que sólo gritan como demonios. Y como intuía que a las chicas eso por supuesto no nos gusta, empezó a ponerme cancioncitas en inglés. Recuerdo que una empezaba por Brown Eye Girl… Sí, creo que era algo así. Y me atreví a decirle:

-¿Acaso me la dedicas?.- No sé definirte su mirada, pero todo pareció pararse en ese momento.

-Sólo si tú quieres- me dijo. Cuando paró de llover, me fui a casa. Lo primero que hice fue buscar la canción y su traducción.

-¿Y qué decía?

-Ya no me acuerdo. Pero estoy segura de que trataba del amor. El recuerdo de la primera vez y el paso del tiempo. Era de Van Morrison.

Bebo un poco más antes de continuar.

-¿Que si quise alguna vez a Justin? Ni yo misma lo sé. Después de esa tarde en su casa, le ignoré. Él me buscaba. Dejó de tirar piedras a los pájaros y a los gatos; incluso probó el café con leche. Me buscaba en los recreos, pero sabía esconderme muy bien. Su presencia me descolocaba, me ardía. “No te fíes de él, es un bicho, una mala yerba” me repetían. Y yo me dejaba arrastrar entre las piedras, me golpeaba contra ellas. Vendí los discos de Morrison y empecé a relacionarme con otra gente. Una noche que salí de casa de una compañera de clase, le vi paseando de arriba a abajo en la calle. Ya había visto su silueta desde la ventana, cuando apartaba la vista de mis apuntes, diciéndome a mí misma que era una falsa alarma. ¡Ojalá hubiera sido cierto! Si yo hubiese cruzado la calle... si no me hubiese atrevido a desafiarle con la mirada... Justin estaría vivo. Pero él me llamó, me llamó tan fuerte que notaba la mirada de las personas. Y yo jugaba a mirar otras salidas. Hice como que no le escuchaba. Y antes de que yo por fin me atreviese a mirarlo de una vez, oí un estruendo que me heló la sangre. Justin yacía en mitad de la carretera, con esa sonrisa suya siempre tan siniestra. Me dijo por última vez: Esa canción... esa canción...es para ti, mi chica de los ojos marrones. Después se apagó.

-¡Santo Dios!- dice sorprendido, nunca ha sabido esta versión, la auténtica verdad.

- Fui la única compañera de clase que asistió al funeral. Descubrí que no tenía apenas familia. Sólo una mujer de aspecto dejado, con el rímel manchándole los párpados. Vi aquella caja hecha a su medida ¿sabes? Y sentí dolor. No podia imaginarme a Justin alli dentro. Él no estaba hecho para morir. No tan joven.

-Decidí marcharme antes de que sellaran el nicho. Pasado un buen rato, recuerdo que vi a esa mujer dentro de su coche. Los cristales estaban mojados. Ese día llovía. Pero pude apreciar su angustia escondida entre el volante. Tenía puestas las luces del coche. Pensé que quería estar por un momento sola, asimilando todo aquello. Vi cómo agarraba una botella y bebía sin descanso. El alcohol. Siempre se recurre a él. Subí al autobús y susurré un adiós para Justin.

- Tú no tuviste la culpa.

- Siempre llevaré esa última mirada suya.

Antes de que el silencio vuelva a incomodarnos, decidimos marcharnos. Él paga. Le gusta hacerlo. Cuando salimos, siento un nudo en el estómago. Me refugio en sus brazos y caminamos hacia casa.






lunes, 8 de mayo de 2017

FUEGO.


( Ilustración: Joseph Lorusso)



El asiento aún estaba caliente. Ella ya se había ido. Debería haberle dicho que la queria, que era su oasis, una pequeña isla donde refugiarse. Vacío. Una gota cayendo desde el grifo. Plaf, plaf, plaf. La cocina ordenada, unas migillas de pan encima del cortador de madera. El microondas abierto. ¿Cuántas veces le había reñido por eso? El suelo aún conservaba las huellas de sus zapatos. Había dejado de llover. Aún se respiraba el olor de tierra mojada. El mejor olor del mundo, le había dicho ella con una sonrisa partida. Se sentó en la silla donde minutos antes ella había estado. Acarició su ausencia en el silencio de una casa vacía. La necesitaba. Necesitaba poseerla, sentirla, arrancarle la piel tira a tira, beso a beso. Ella se ocuparía de recomponer los pedazos rotos. Siempre lo hacía. Pero esta vez no. Esta vez ella solo asintió. Se dejó desvestir. Romperse en sumisiones. Él había desnudado su cuello y había dejado el rastro de su saliva, sin verguenza, sin remordimiento. La habitación en penumbra, con el ocaso de un sol tímido. La puerta siempre cerrada. Protegidos contra las reglas, la mundanidad. Eran llamas crecientes. Él le dijo que le encantaban sus labios, eran labios de mucho fuego. Los mordisqueó, les puso nombre, se hizo dueño de ellos. Afuera se escuchaba el trinar de las golondrinas. Un pequeño y delicado nido que podia verse desde su ventana. Pensó en ella. Por fuera parecía tan fuerte, hecha de piedrecitas y ramas. Pero por dentro era tan reservada, cálida, casí frágil ante las tempestades del mundo. Un nido puede romperse si se le tira varias veces una piedra. Pero las aves vuelven a intentarlo, vuelven a hacer más nidos.

Sentado en esa silla aún caliente, la recordó. En como ella gemía y se retorcia en el sonido de su propio placer. Sin esconderse, sin rubor alguno. Y después quedaba exhausta entre sus brazos sudados. Llena por dentro. Alimentada de sensaciones. Inundada de amor. Lola, lola, recitó. Su nombre era solo dos movimientos. Lo, la. Su Lolita. Otro Humbert pero con otra Lola diferente. Masticó su nombre varias veces, hasta que le dolía la mandibula. ¿Por qué no regresas? ¿Por qué no vuelves a sentarte aquí y me dejas hacer? Abrir sus piernas, hurgar en ellas, encontrar ese nido hermoso. Romperla amorosamente, hacerla infinitamente suya. Lo, la. Se asomó al balcón y miró el mismo paisaje de tantos días. Solo que él recreaba diferentes tonalidades. Los árboles poderosos, fuertes, nunca torcidos. El bar de la esquina con el rótulo de Neón, un poco desquebrajado. Justo al lado otro bar, pero más pequeño, con maceteros de gardenías y margaritas, y en la que él y Lola solían tomar café a la misma hora. Después de saciarse mutuamente. Después del trabajo, la comida precocinada y una pequeña siesta. La observaba dormir, con los ojos cerrados pero aún parpadeando. Susurraba su nombre y ella sonreía. Lo, la.



A veces ella solía bromear en como él pronunciaba su nombre. Es como si al pronunciarlo su nombre se escapase flotando, como anillos de humo. Acariciaba cada letra con avidez, deseo, expectación. Lo, la y su alma a veces tan difícil de alcanzar. Deseaba comerla, estrujarla en su boca, lamerla despacio. Su sonrisa cómplice. Lola era un sinfín de experiencias. Nunca se cansaba de ella. Ahora, apoyado en la baranda de su balcón grita su nombre en silencio. Nadie sabe que él y su Lola existen. Nadie sabe cómo se necesitan alli dentro, encerrados en su pequeño apartamento, ajenos y dolidos con la vida de ahora. Una rabia que hacen explotar con sexo. Dos amantes que no se miran en los charcos. Con la mirada clavada hacia adelante. Nadie sabe como él toca la mano de su Lola en el pequeño bar con maceteros de gardenías y margaritas y como ella ríe cuando sus labios se llenan de leche. Nadie sabe cual es el segundo apellido de ella, ni siquiera él lo sabe. Y por supuesto nadie sabe a que huele Lola cuando sale de la ducha y se tumba desnuda en la cama, esperando nuevamente el placer. Nadie sabe los tantos meteoritos que han caido en los ojos de Lola, en como su corazón ha buscado por mucho tiempo cálidos abrazos.
Lola solia pensar con las manos metidas entre sus piernas. Las dejaba alli, tal vez por frío, tal vez por costumbre. Soñaba con cruzar fronteras, conocer el mundo, probar a traspasar los limites. Convertía las nubes en un cine de fantasía. Se tocaba los labios con las yemas de sus dedos y se peinaba el cabello con ellos.
Desde su balcón él atrapa los mechones enredados de Lola, hebras rojizas como auroras que han quedado atrapadas entre los barrotes de hierro. Vuelve adentro, con su nostálgia palpitando entre la fina tela de su pijama. Y al llegar al dormitorio y ver las sábanas hechas pero un poco abiertas por el costado, él se tumba en ellas. Se revuelve, se vuelve sábana también. Grita LO, LA. Pero la puerta sigue sin abrirse. Ella solía abrirla cuando marchaba a la rutina de su vida y le dejaba a él allí, aun palpitando por ella. Se abalanzaba sobre él y lo llenaba de besos. Lola era una metáfora. Él recordó aquella frase de un cuento de Oriente basado sobre el pintor Wang-FÔ. Una frase donde describía en breve a la esposa de su discípulo Ling que decía: Era Frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Lola era ese conjunto.

Ella le había regalado un libro de cuentos orientales. Eran su género favorito. Después de hacer el amor, a veces con salvajismo, otras veces con ternura, él le leía esos cuentos. Y ella cerraba los ojos. La tarde parece infinita sin ella a su lado. Se toca, se amarra. Se clava en el respaldo de la cama. Atado por lo que Lola le hace sentir. Se concentra en todos los sonidos del apartamento. El plaf, plaf de las gotitas que caen del grifo, el ronroneo del frigorífico, los pasos de la vecina de arriba, el leve crepitar del cristal de la ventana cuando el viento es un poco más fuerte. Observa el techo. Algunas pequeñas grietas y la pintura ya desconchada. Lola queria pintar las paredes de rojo, pero él le había dicho que ya tenian suficiente con tanto fuego. El rojo no es solo fuego, es aventura, amor, pasión, sangre, erotismo, respondío ella. Lo dejaron estar. Las paredes aún seguian blancas y viejas.



Encima de la mesita de estar aún estaban los libros que Lola leía en ocasiones, libros de sexo, y en como avivar la pasión cuando empiece a acomodarse. Porque si había una cosa que Lola temia era la simplicidad, la rutina. Y pensaba que con ello él dejaria de desearla, amarla.
Guardaba en los cajones lenceria bonita y cara. Invertia en ello. Siempre de color rojo. Lola era ese color. Se fundía en él. Sus labios también. La deseó en ese momento. Deseaba desnudarla a toda prisa, morderla, chuparla entera, sin dejarse ningún hueco. Sorber su sexo dulce, con sabor a mujer, sabor a Lola. Se hizo la noche. En su cabeza se repetia el constante tic tac del reloj. Se tapó las sienes con las manos. Intentó dormir. Soñó con la misma travesía, las perfectas circuferencias de los relojes en la vitrina de la joyeria donde la vio por vez primera. Vio a Lola mirando el tiempo en esferas. Su largo pelo, su espalda blanca y lisa, sin ninguna imperfección. Sus andares, seguros, sensuales. Sintió como si todos los relojes del mundo se detenian cuando ambos se vieron por primera vez. Fue fácil. Fue decir hola, con una sonrisa, asentimiento. Una insinuación en tan poco espacio. Y Lola ataviada con un abrigo de lana negra y medias de licra. Lola y sus ojos color jade. Después un hasta luego y varias miradas, como si al dejarse marchar perdiesen la recompensa. Lola cruzó esquinas y calles y él procuró seguirla sin que ella se diese cuenta. Hasta que inevitablemente ella lo supo. Sin saber como, acabaron en el pequeño apartamento de él. Ese fue el comienzo y el final de todo. Un exilio de su cuerpo. Amantes, almas gemelas. Quién sabe. En otra vida- si la había, claro está- ella volvería.

Las nubes ahora densas y ruborizadas de lluvia dejan escapar lágrimas de agua sobre la ciudad. Deseó a Lola con toda su alma. Tenerla alli, apretada contra él, mirando como los cristales se empañan de vaho y lluvia. La imagina afuera, merondeando por las calles, sin paraguas. Su pelo rojo chorreando. Su ropa totalmente pegada a su piel. Lola, vuelve. Regresa al único lugar donde perteneces, donde nos pertenecemos. Donde estamos destinados a estar. ¿Qué estaría buscando ella a esas horas de la noche? ¿Qué se le había perdido? Cerró los ojos y no perdió la esperanza. La puerta terminaria abriéndose. Y Lola entraria en ella, toda mojada y ardiente.