lunes, 27 de marzo de 2017

Este jueves un relato: circulo vicioso.



Anna estaba sentada en uno de los escalones de la pequeña biblioteca del pueblo. De vez en cuando metía su mano en el bolsillo izquierdo de su chaqueta y la dejaba allí, dándole vueltas a una pequeña peonza de metal que había conservado desde pequeña. Un amuleto, la fuerza de sus decisiones. Una peonza que representaba la constante lucha de la vida, un giro incansable y firme. El día estaba a su favor. En el cielo apenas había una nube. Últimamente Anna procuraba sentarse sola en todos los lugares. No se fiaba de nadie. Mirase donde mirase solo veía calamidades, egoísmo. En las esquinas veía jóvenes como ella pidiendo limosna, abandonados y sucios. Escuchaba jóvenes como ella pelearse por cualquier nimiedad. Navajas en los bolsos, en los bolsillos, en los calcetines. Droga envuelta y disfrazada. Zapatillas colgadas en las farolas y postes telefónicos. Miradas vacías y ausentes. Ojos inyectados de sangre. Pasos vacilantes, siempre a la defensiva. Jóvenes como ella que pasan las noches en locales atestados, con la música atronándoles los oídos, procurando que ningún momento se les escape. Unos apuntes tirados en una papelera, auriculares a todo volumen. Sus amigos también habían cambiado. Ya no se llamaban para quedar a pasear o tomar un refresco. Ahora sumergían sus rutinas en conocer a gente de diferentes opiniones, saltarse las clases, ir a discotecas para beber hasta emborracharse y perder el sentido, e incluso fumar hasta perder el aliento. Anna dejó de salir con ellos y llegó a la conclusión de que era ella misma la mejor compañía. Apenas veía los telediarios, solo de vez en cuando echaba una ojeada al periódico. Leía de todo, sobre todo narrativa y biografías. En vez de música actual escuchaba a Alexander Tarasov, Pavarotti y Chopin.

La nostalgia invadía su almohada. Cada noche antes de dormir pensaba. Pensaba sobre la vida, sobre ella misma, sobre el verdadero significado de la juventud. Pensaba en si algún día tendría el valor de entregarse totalmente a alguien y en las posibles cicatrices que la vida le daría.

Anna vio un grupo de jóvenes sentados no muy lejos de ella. Reían e intercambiaban entre susurros opiniones y tal vez algunas críticas. Anna no pudo evitar observarlos. Eran cinco: tres chicas, dos chicos. Uno de los chicos sacó de su cartera lo que parecía ser una pequeña caja de metal. Una de las chicas observaba a Anna mientras le decía algo al oído al otro chico. Las otras dos tenían la mirada cabizbaja y fumaban un porro. Anna empezó a sentirse incómoda. Sacó su mano del bolsillo y se abrochó la chaqueta. Tal vez debería irse. Sentía sus piernas como piedras. El chico que sostenía la caja de metal la abrió cuidadosamente y su mirada se perdió en ella. Anna le observaba con ansiedad. Un dejà vú. Había presenciado antes aquello. Un círculo vicioso. La juventud siempre latiendo en cada esquina, cada mirada. El deseo de encajar, saberse observada, sentir que existe. La peonza de metal parecía calentarse en su bolsillo. Debe ser el fuego de sus sueños, pensó. A través del reflejo del sol pudo apreciar lo que contenía aquella caja de metal. Era una joya de cristal en forma de lágrima. Se sentía desconcertada. Aquellos jóvenes que fumaban porros, escuchaban reggae y vestían con vaqueros ajados y camisetas con logotipos de rock, contenían una cosa tan valiosa como una joya. El chico sostuvo la lágrima de cristal entre sus dedos y la miraba con tanta admiración que Anna sintió un nudo en el estómago. Las dos chicas aplastaron sus cigarros con la suela de sus zapatillas y después se levantaron para marcharse. La otra chica se quedó con los dos chicos. Anna sintió como la vida de alrededor se paralizaba. Se sintió atrapada en un agujero cóncavo y gris. Se apartó un mechón de pelo que le tapaba parte del ojo, y dejó caer la peonza de metal. Los tres jóvenes la miraban. Las bocas semiabiertas, dejando escapar círculos de humo. Anna se levantó. El peso de su cuerpo parecía haberse quedado atrapado en aquel escalón. Se acercaron a ella. Frente a frente los cuatro permanecieron atentos el uno del otro, sin hablarse. El chico que poseía la caja de metal cogió con delicadeza la mano de Anna y depositó en ella la lágrima de cristal. Su tacto era frío pero suave, casi imperceptible. Anna cerró el puño y lo llevó a su corazón. Cerró los ojos y cuando los abrió ellos habían desaparecido.

La ciudad quedó congelada. Todas las personas quedaron en silencio, bloqueadas. Solo Anna respiraba y se movía. Fue entonces cuando leyó una noticia en el encabezado de un periódico que había encima de una mesa de la terraza de un bar.




“La juventud ha quedado atrapada en un circulo vicioso. Han caído en la trampa de la perversión y el vacío. Ha desaparecido la inocencia, la ignorancia. Han caído en el círculo de la guerra, la penitencia, el robo y la violencia. No hay compasión, entrega y respeto hacía el prójimo. Ha dejado de existir el poder de una lágrima”

Por primera vez Anna soltó todas las lágrimas del mundo, incluso las que provocaron las guerras y los traumas a lo largo de su vida y que había estado batallando dentro de su corazón. Era ella la prueba de la esperanza de una juventud no del todo desaparecida.

lunes, 20 de marzo de 2017

Mi planeta, tú.





Sobrevivo en el último bar de la esquina.

Suena en la radio una oda hacia el amor.

Convivo con el martirio de una copa de brandy.

He tejido palabras absurdas en servilletas.

Los de aquí apenas conciben miradas de compasión.

Hay abismo en sus ojos.

Sufro de nostalgia,

Entre tejados, salidas y nombres.

No te encuentro.

Deseo poder meter en un frasco todos los planetas sin que se escape ninguno.

Tú eras el planeta que más brillaba.

En mis manos, mis ojos, mi sonrisa.

Ahora eres Marte.



Eres un llanto sin sonido.

Una caracola ausente de mar.

Hubo un instante en que tus dedos sostuvieron la mujer

Que estaba explotando dentro de mí.

Nos sobran las ganas, nos sobran las palabras.

Nos sobra el placer, nos sobra la verdad.






miércoles, 1 de marzo de 2017

Este jueves un relato: historia en una escalera.





Su historia comenzó en el penúltimo peldaño de la escalera. Comenzó con una mirada. Luego los susurros en lo alto, en el rellano. Solía asomarse para observarla sentada en uno de los peldaños. Ella llevaba siempre un libro en el regazo, y usaba zapatillas converse. Había algo especial que le hacia seguir el ritual día tras día. Él aguardaba a que ella solo alzase la mirada y lo viese allí, de pie, solo y pensativo. Solía escribirle cuando llegaba la noche, le hablaba de lo hermosa que la veía, de lo solitaria y genuina que era su presencia. Y ella nunca leyó esas cartas. Las palabras se las tragaban las escaleras. Conforme pasaban los meses, ella sumaba escalones. En vez de sentarse en el mismo lugar, subía otro peldaño y allí se quedaba. Él solía escucharla hablar con sus amigas, solía oírle decir que la vida se le escapaba, que a veces incluso sus sueños eran como aquellas escaleras: empinados y estrechos. Sus amigas callaban, daba la impresión de que no sabían a que se refería exactamente. Pero él si lo sabía. También él se sentía perdido en vitalidad y deseo. Hasta que la vio por primera vez.



Una tarde de mayo ella escuchó por primera vez el susurro de sus labios. El de su admirador. Alzó la mirada. Él estaba allí. Sonreía. Y ella se sintió a salvo. En el penúltimo peldaño de la escalera ambos compartieron una historia que les llevó a traspasar los límites más hermosos de la vida. Decidieron ser libres. Él cogió su mano, miró sus ojos y dijo que ahora sus sueños ya habían alcanzado el camino. Había subido a lo alto. Habían aprendido el uno del otro sin darse cuenta. Aquellas escaleras tenían la respuesta.