jueves, 26 de enero de 2017

Ella







"Cierro dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacía la luz".


(Extracto del libro el grito silencioso, del autor Kenzaburo Oé)

Estaba irreconocible, tumbada y dormida, lejana. Le habían asignado una habitación en la planta de cuidados intensivos. La estancia estaba en penumbra. No se escuchaba ningún ruido, solo el de su respiración. La única compañia que tenia era la de su hija, que sentada en el sillón, la observaba como si desease decirle tantas cosas. La noche se había presenciado. Tocaba esperar, con la esperanza de volver a verla bien, tan ella. Quejándose de todo, pero siempre con una sonrisa, y siempre hablando. Se tambaleaba cuando caminaba unas millas, percibiamos el olor de su discreto perfume, y reíamos al ver su cabello que nunca estaba en orden. La llamábamos por su apellido, nunca por su nombre. Cuando comía, siempre le daban las horas. Masticaba cada alimento como si fuera el último, sin hablar apenas con nadie, siempre tan suya. Decía que no se sentia afín con el mundo, que aquel no era ya su hogar, que ella ya estaba lejos. Antes de dormir solía mirar el retrato de su esposo ya fallecido. Pensaba, siempre pensaba. Tenía un rostro bonito y terso, el rostro de una mujer que le ha gustado lucir hermosa. Fueron pasando los días, y con ellos su debilidad. Le gustaba encerrarse en su habitación y en su silencio, en la antepenúltima habitación del pasillo, con la puerta semiabierta. Se despertaba con nuestra voz. Era una de las cosas que recordaba, nuestra voz, la que tanto se había acostumbrado y a la que ahora no podia prescindir. Su rostro empezó a cuartearse y palidecer. Sus facciones estaban flácidas, ensombrecidas. Sus manos frágiles y casi rotas. La mandíbula ya era una caja vacía de dientes. Y su voz... su voz empezaba a desaparecer, perder su tono. El tiempo, decia ella, era una sala de espera.

Es duro verla postrada en otra cama que no es la suya, vestida con un camisón, y no con su falda y camisa. Es duro saber que su habitación pronto perderá su luz y que la puerta antes semiabierta, se irá cerrando poco a poco.


https://www.youtube.com/watch?v=cM5G3a-XOjU&list=PLtVCxuIWSa_4ts4GKnZSHT6C49LFyMURS&index=2


Esta canción es para ti.





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