martes, 10 de enero de 2017

El poder de una mirada.

Aquella mañana el cielo estaba cubierto de tristeza. Decidí ir a una cafeteria a la que suelo frecuentar. El local estaba atestado, pero logré un sitio. Un grupo de tres mujeres parloteaban y chismorreaban sobre una conocida. Frente a ellas dos hombres vestidos de traje y hablando de negocios, supuse. Pero lo que llamó mi atención fue una pareja que estaba sentada a escasos metros de mi. Solamente se miraban, cómplices el uno con el otro. Los ojos de ella parecían ocultar secretos. Los de él revelaban algo más. Tal vez deseo, arrepentimiento o admiración. Era difícil saberlo. Una cosa si estaba clara: reflejaban armonía. Jamás había visto tanto amor y silencio en una mirada. No pude evitar observarlos. Ella se relamía los labios. En más de una ocasión se besaban como si fuese la primera vez. Sus besos eran sonoros y dulces, como si estuvieran saboreando un caramelo. A pesar del ruido, ellos parecían lejanos, inmersos en ellos mismos. Él acariciaba la mejilla de ella, y ésta cerraba los ojos.
Bebí a sorbos mi café, saboreando el tiempo, siendo cómplice de aquel momento. El entorno pareció dejar de existir también para mi. Observé sus tazas, estaban vacías. El móvil de ella interrumpió el encanto. No tardó en cogerlo. Su voz era preciosa. La oí decir: Si, lo sé, no es fácil. Quiero que entienda una cosa, déjenos tranquilos. No, él no está.

Y colgó. Después él volvió a acariciar su mejilla y ella volvió al dulce silencio que les pertenecía.

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