lunes, 24 de abril de 2017

La belleza de los cuentos.








Hoy quiero hablar de un hermoso libro que he leído despacio, saboreando cada frase. Se trata de cuentos orientales, escrito por la asombrosa Marguerite Yourcenar, la misma autora de Memorias de Adriano. Libro que mereció estar entre la mejor novela histórica de los mejores tiempos. No he leído aún dicha obra, pero pronto lo haré. De lo que voy a escribir hoy es de esos cuentos orientales que me han llenado el corazón de gozo y entusiasmo. Y es que cada cuento tiene un mensaje, una fábula. Me han gustado todos. Todos tienen esa belleza inigualable, una poesía que roza el cielo.



-         Cómo se salvó Wang-FÔ



-         La sonrisa de Marko



-         La leche de la muerte



-         El último amor del principe Genghi



-         El hombre que amó a las Nereidas.



-         Nuestra señora de las Golondrinas



-         La viuda Afrodisia



-         Kali decapitada



-         La muerte de Marko Kralievitch



-         La tristeza de Cornelius Berg



Todos ellos suman este libro. Todos ellos te llevan a parajes hermosos y narran sus peripecias, en breve, en casi un suspiro. Pero de todos ellos es quizás Wang FÔ quien me ha cautivado. Con sus hermosas frases y esa brutal frase del emperador a Wang FÔ que le dice: Me has mentido, Wang-FÔ, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras viejo Wang-FÔ.


Y es que Wang- FÔ tenia eso, ese privilegio, ese don, de crear vida a través de sus pinturas. Eran en esos cuadros donde el corazón del viejo Wang reposaba, cauteloso e inundado de belleza.
Otro cuento hermoso es el del principe Genghi, que amado por tantas mujeres y asimismo amándolas a ellas, concubinas de placer y deseo, no ve que solo una de ellas le amó de verdad. Y que esa misma es el que lo acompañó en el final de sus días. Terriblemente hermoso.


Os lo recomiendo, de verdad. Es sin duda de los mejores libros de cuentos que he leído. Es pura vida. Un soplo de aire fresco. Un latido infinito. Cada frase tiene un sabor distinto y es ese sabor el que te atrapa.

jueves, 20 de abril de 2017

Respira.



20, 21, 22… inhala, exhala. Están en la calle. Caminan sin charlar. Esta vez no se han cogido de la mano. Cuarto creciente. Ninguna nube. Nadie apenas en la calle, solo ellos dos. Se escucha el ruido lejano de una moto y el repiqueteo de los tacones de ella en la acera. 23, 24, 25… podría tirarse toda la noche sumando números. Se acuerda de aquella canción de Wicked Games. Blanco y negro. No, no debería haberse enamorado. Pronto llegarán a casa. Ella lleva el bolso casi abierto, el instinto de buscar algo. Las llaves bailan en su bolsillo. Él mira hacía la misma dirección, vigilando al cruzar. Ella desea decirle algo, pero no puede articular ninguna palabra. A él suele durarle el enfado. Últimamente se enfada por cualquier nimiedad. Ya ella se imagina una noche como otra, arropada en soledad y lágrimas sin que él sea testigo de ello.

Ella busca desesperadamente sus dedos, cruzarlos con los de él, para que el mundo vuelva a parecerle seguro. Respira, se dice. Aún te quiero. Abre un poco los labios, lo suficiente para dejar escapar un pequeño ruego. Él la mira. Sabe lo que ha dicho. Ella percibe una sonrisa. Pasan por debajo de cornisas y ventanas llenas de tiestos con cactus y algunas flores secas. La misma calle, día a día. Ella nota una piedrecilla en el zapato. Así es como también nota a su corazón. Duro, áspero, una piedra de titanio. Los años, piensa, los años endurecen a una persona. Le mira de reojo. Su lunar cerca del ojo, el mentón fuerte y arrogante. Aún te quiero, se repite. Es solo una pelea, una estúpida e insignificante pelea. Vuelve a contar hasta diez.

Respira, se ordena. Siente los dedos de él por primera vez en toda la noche. Llegan a casa. Encienden las luces, no se dejan ninguna. Silencio. Solo el tic tac de un viejo reloj de pared. Se miran, se aprenden. La tormenta ha pasado. El amor es una deriva.

miércoles, 19 de abril de 2017

LA VIDA DE PI





Barack Obama describe La vida de Pi como "una prueba elegante de Dios, y el poder de contar historias".[


Ya lo dijo Obama, y es cierto. La vida de Pi es una de esas historias que se meten en el corazón, lo araña, lo vuelca, lo libera y lo estremece. No es una simple historia más, no. Pi es pura poesia, descubrimiento, vida, metàfora. Abundan los hermosos e inverosimiles paisajes, el desconcierto de algo tan sobrenatural como es la naturaleza. Las escenas tienen ese mensaje, el reflejo del interior de uno mismo. El agua tan pura y casi invisible, un espejo del cielo. Pi me ha hecho abrir un poco más los ojos y valorar el presente, que es lo único que tenemos. Me ha hecho admirar más las historias y encontrar en ellas retazos de la vida misma.

Ahora que he visto la pelicula diré que: Yo también he estado en la piscina Pública de París: Piscine Molitor. He nadado en ella y he flotado, alcanzando el cielo. Yo también he sufrido la decepción de una bondad creída. Yo también he sentido distintas religiones en mi corazón. He visto el barco hundirse y sobrevivir. He sentido miedo, agonia, desesperación. He estado 227 días en una pequeña barca con Pi, con el tigre, en medio del Océano Pacífico. He visto islas hermosas y olvidadas.  He visto el cielo en el mar. He llorado, he rezado, he nadado, he sido libre y me he vuelto más fuerte. He visto la noche como nunca antes. He visto belleza que ni sabia que existia. Así que no solo quiero darle las gracias a Pi, sino también a Yann Martel por haber creado a un heróe tan joven y perspicaz.








Y como no, las frases tan emotivadoras:


- No existe grandeza sin bondad.


- La melancolía no es más que la sombra de una nube pasajera.


- No es justo que la ternura tenga que darse la mano con el horror.


- Ahora convertiré el milagro en rutina. Lo increíble será mi pan de cada día.


- Quisiera decir algunas palabras acerca del miedo. Es el único y auténtico adversario de la vida. Sólo el miedo puede vencer a la vida.


- Los caminos hacia la liberación son múltiples, pero la orilla siempre es la misma.


- Todo ya está aquí y está claro si sabemos mirar con la atención debida.


- ¿Sabes cuál es el animal más peligroso del zoológico? Había una flecha que señalaba una pequeña cortina. Tantas eran las manos curiosas e impacientes que tiraban de ella que cada dos por tres teníamos que cambiarla. Detrás de la cortina había un espejo.


-La vida se defenderá por muy pequeña que sea.


-La memoria es un océano y él se mece en sus olas.


- El principio fundamental de la existencia es lo que llamamos amor.


- Estoy ciego y no tenemos comida ni agua, pero nos tenemos el uno al otro. Eso ya es algo. Algo precioso.


- Toda la vida es un acto de dejar ir, pero lo que más duele es no tomar un momento para decir adiós.





Y ahora en vosotros queda ver la peli y juzgar por vosotros mismos.









lunes, 10 de abril de 2017

breve reflexión.












Vivió obsesionada con gustar demasiado que se olvidó de si misma, desaprovechando el verdadero valor del momento.

martes, 4 de abril de 2017

El amor de mi vida





Descubrir un libro como éste en la estanteria de la biblioteca es todo un privilegio. Hablo del amor de mi vida, de Rosa Montero. Lo primero que me atrajo fue la portada. Una adorable anciana, frágil, solitaria, desprotegida, sosteniendo el preciado tesoro del mundo: Un libro. Rosa asi lo dice en un párrafo. A medida que he ido pasando páginas, Rosa va contándome las anécdotas e historias de grandes personajes de la historia, uno de ellos: Charles Darwin, quién odiaba el mar pero que descubrió en travesías las respuestas de la vida. Nos habla de Patricia Highsmith. Del corazón de las tinieblas de Conrad; del universo de Orhan Pamuk y su museo de la inocencia: pasión y delirio.
Nos habla de la belleza del monstruo de Mary W. Shelley. Nos habla de Marcos Giralt Torrente y la pérdida de su padre, ese dolor que deja la muerte de quienes más amamos. Nos habla de la inolvidable La Regenta, de Clarín. Nos habla sobre la persistencia de Stenbeck cuando escribió la historia de Arturo, en como creyó en su obra hasta el final pese a la desvaloración de sus allegados. Nos habla del mundo paralelo e inverosímil llamado Metrópolis, cuyo autor: Ferenc Karinthy creó. Nos habla de la extraña pareja Gertrude Stein y Alice B.Toklas. Y Navokob con su entrañable Lolita.
No quiero nombrar aquí a todos ya que sino estaría todo contado. 

Decidí coger esta preciosa obra de Rosa Montero y llevármela a casa. Aprender de ella. Tuve un presentimiento y acerté. He conocido más historias y he descubierto interesantes obras gracias a ella.

Rosa Montero no pasa desapercibida.



lunes, 27 de marzo de 2017

Este jueves un relato: circulo vicioso.



Anna estaba sentada en uno de los escalones de la pequeña biblioteca del pueblo. De vez en cuando metía su mano en el bolsillo izquierdo de su chaqueta y la dejaba allí, dándole vueltas a una pequeña peonza de metal que había conservado desde pequeña. Un amuleto, la fuerza de sus decisiones. Una peonza que representaba la constante lucha de la vida, un giro incansable y firme. El día estaba a su favor. En el cielo apenas había una nube. Últimamente Anna procuraba sentarse sola en todos los lugares. No se fiaba de nadie. Mirase donde mirase solo veía calamidades, egoísmo. En las esquinas veía jóvenes como ella pidiendo limosna, abandonados y sucios. Escuchaba jóvenes como ella pelearse por cualquier nimiedad. Navajas en los bolsos, en los bolsillos, en los calcetines. Droga envuelta y disfrazada. Zapatillas colgadas en las farolas y postes telefónicos. Miradas vacías y ausentes. Ojos inyectados de sangre. Pasos vacilantes, siempre a la defensiva. Jóvenes como ella que pasan las noches en locales atestados, con la música atronándoles los oídos, procurando que ningún momento se les escape. Unos apuntes tirados en una papelera, auriculares a todo volumen. Sus amigos también habían cambiado. Ya no se llamaban para quedar a pasear o tomar un refresco. Ahora sumergían sus rutinas en conocer a gente de diferentes opiniones, saltarse las clases, ir a discotecas para beber hasta emborracharse y perder el sentido, e incluso fumar hasta perder el aliento. Anna dejó de salir con ellos y llegó a la conclusión de que era ella misma la mejor compañía. Apenas veía los telediarios, solo de vez en cuando echaba una ojeada al periódico. Leía de todo, sobre todo narrativa y biografías. En vez de música actual escuchaba a Alexander Tarasov, Pavarotti y Chopin.

La nostalgia invadía su almohada. Cada noche antes de dormir pensaba. Pensaba sobre la vida, sobre ella misma, sobre el verdadero significado de la juventud. Pensaba en si algún día tendría el valor de entregarse totalmente a alguien y en las posibles cicatrices que la vida le daría.

Anna vio un grupo de jóvenes sentados no muy lejos de ella. Reían e intercambiaban entre susurros opiniones y tal vez algunas críticas. Anna no pudo evitar observarlos. Eran cinco: tres chicas, dos chicos. Uno de los chicos sacó de su cartera lo que parecía ser una pequeña caja de metal. Una de las chicas observaba a Anna mientras le decía algo al oído al otro chico. Las otras dos tenían la mirada cabizbaja y fumaban un porro. Anna empezó a sentirse incómoda. Sacó su mano del bolsillo y se abrochó la chaqueta. Tal vez debería irse. Sentía sus piernas como piedras. El chico que sostenía la caja de metal la abrió cuidadosamente y su mirada se perdió en ella. Anna le observaba con ansiedad. Un dejà vú. Había presenciado antes aquello. Un círculo vicioso. La juventud siempre latiendo en cada esquina, cada mirada. El deseo de encajar, saberse observada, sentir que existe. La peonza de metal parecía calentarse en su bolsillo. Debe ser el fuego de sus sueños, pensó. A través del reflejo del sol pudo apreciar lo que contenía aquella caja de metal. Era una joya de cristal en forma de lágrima. Se sentía desconcertada. Aquellos jóvenes que fumaban porros, escuchaban reggae y vestían con vaqueros ajados y camisetas con logotipos de rock, contenían una cosa tan valiosa como una joya. El chico sostuvo la lágrima de cristal entre sus dedos y la miraba con tanta admiración que Anna sintió un nudo en el estómago. Las dos chicas aplastaron sus cigarros con la suela de sus zapatillas y después se levantaron para marcharse. La otra chica se quedó con los dos chicos. Anna sintió como la vida de alrededor se paralizaba. Se sintió atrapada en un agujero cóncavo y gris. Se apartó un mechón de pelo que le tapaba parte del ojo, y dejó caer la peonza de metal. Los tres jóvenes la miraban. Las bocas semiabiertas, dejando escapar círculos de humo. Anna se levantó. El peso de su cuerpo parecía haberse quedado atrapado en aquel escalón. Se acercaron a ella. Frente a frente los cuatro permanecieron atentos el uno del otro, sin hablarse. El chico que poseía la caja de metal cogió con delicadeza la mano de Anna y depositó en ella la lágrima de cristal. Su tacto era frío pero suave, casi imperceptible. Anna cerró el puño y lo llevó a su corazón. Cerró los ojos y cuando los abrió ellos habían desaparecido.

La ciudad quedó congelada. Todas las personas quedaron en silencio, bloqueadas. Solo Anna respiraba y se movía. Fue entonces cuando leyó una noticia en el encabezado de un periódico que había encima de una mesa de la terraza de un bar.




“La juventud ha quedado atrapada en un circulo vicioso. Han caído en la trampa de la perversión y el vacío. Ha desaparecido la inocencia, la ignorancia. Han caído en el círculo de la guerra, la penitencia, el robo y la violencia. No hay compasión, entrega y respeto hacía el prójimo. Ha dejado de existir el poder de una lágrima”

Por primera vez Anna soltó todas las lágrimas del mundo, incluso las que provocaron las guerras y los traumas a lo largo de su vida y que había estado batallando dentro de su corazón. Era ella la prueba de la esperanza de una juventud no del todo desaparecida.

lunes, 20 de marzo de 2017

Mi planeta, tú.





Sobrevivo en el último bar de la esquina.

Suena en la radio una oda hacia el amor.

Convivo con el martirio de una copa de brandy.

He tejido palabras absurdas en servilletas.

Los de aquí apenas conciben miradas de compasión.

Hay abismo en sus ojos.

Sufro de nostalgia,

Entre tejados, salidas y nombres.

No te encuentro.

Deseo poder meter en un frasco todos los planetas sin que se escape ninguno.

Tú eras el planeta que más brillaba.

En mis manos, mis ojos, mi sonrisa.

Ahora eres Marte.



Eres un llanto sin sonido.

Una caracola ausente de mar.

Hubo un instante en que tus dedos sostuvieron la mujer

Que estaba explotando dentro de mí.

Nos sobran las ganas, nos sobran las palabras.

Nos sobra el placer, nos sobra la verdad.






miércoles, 1 de marzo de 2017

Este jueves un relato: historia en una escalera.





Su historia comenzó en el penúltimo peldaño de la escalera. Comenzó con una mirada. Luego los susurros en lo alto, en el rellano. Solía asomarse para observarla sentada en uno de los peldaños. Ella llevaba siempre un libro en el regazo, y usaba zapatillas converse. Había algo especial que le hacia seguir el ritual día tras día. Él aguardaba a que ella solo alzase la mirada y lo viese allí, de pie, solo y pensativo. Solía escribirle cuando llegaba la noche, le hablaba de lo hermosa que la veía, de lo solitaria y genuina que era su presencia. Y ella nunca leyó esas cartas. Las palabras se las tragaban las escaleras. Conforme pasaban los meses, ella sumaba escalones. En vez de sentarse en el mismo lugar, subía otro peldaño y allí se quedaba. Él solía escucharla hablar con sus amigas, solía oírle decir que la vida se le escapaba, que a veces incluso sus sueños eran como aquellas escaleras: empinados y estrechos. Sus amigas callaban, daba la impresión de que no sabían a que se refería exactamente. Pero él si lo sabía. También él se sentía perdido en vitalidad y deseo. Hasta que la vio por primera vez.



Una tarde de mayo ella escuchó por primera vez el susurro de sus labios. El de su admirador. Alzó la mirada. Él estaba allí. Sonreía. Y ella se sintió a salvo. En el penúltimo peldaño de la escalera ambos compartieron una historia que les llevó a traspasar los límites más hermosos de la vida. Decidieron ser libres. Él cogió su mano, miró sus ojos y dijo que ahora sus sueños ya habían alcanzado el camino. Había subido a lo alto. Habían aprendido el uno del otro sin darse cuenta. Aquellas escaleras tenían la respuesta.

domingo, 5 de febrero de 2017

Este jueves un relato: Dias de nieve.







La nieve que cae son lágrimas de cristal. Pronto los tejados son arropados por abrigos blancos. Observo por la ventana. Asomo mi mano. Me lleno de nieve, son besos de terciopelo. Es un día colmado de paz, silencio. Es un susurro del cielo. El invierno. Me permito disfrutarlo, pocas ocasiones son las que el nieve viene a vernos. En la calle pasea una niña sola, vestida con un abrigo rojo. Su pelo rubio se funde con la blancura del día. Apenas distingo su rostro. La veo de espaldas, caminando tan despacio que cada pisada es una caricia. Es la pequeña Reina de las Nieves. La escucho susurrar algo, y después desaparece en la esquina. El silencio vuelve a inundarme.

 Días de nieve leo en las portadas de los periódicos. Chimeneas que escupen columnas de humo. Mi calle es una cintura estrecha. Apenas pasan sombras. Cuando los oigo caminar me asomo. Soy participe de sus soledades, inquietudes. La fotografía de un bebé reposa sobre la estantería. Vuelvo a verla con la esperanza rota. Hace años me la robaron. Fue un día de nieve cuando la sostuve por primera vez en mis brazos, la cálidez de su frágil cuerpo sobre mi pecho. La felicidad parida de mis entrañas. Jamás había amado tanto a alguien como la amé a ella en ese instante de mi vida. Después me la arrebataron y horas después dijeron que estaba muerta. Mi hija muerta. ¿Cómo puede un dolor así hacerte levantar? Nunca he dejado de rezarle, de soñarla.

 La pequeña Reina de las Nieves vuelve a hacer presencia y yo me conmuevo con su presencia. Vuelvo a verla con su abrigo rojo y su pelo rubio y por un momento no sé si es producto de mi imaginación, si acaso ella existe. Pero la escucho susurrar, hablar por lo bajo. Y distingo un pequeño sobre en su mano. Me oigo preguntarle si necesita algo, si acaso se ha perdido. Y ella me mira. Tiene un rostro de muñeca, ojos pequeños, tal vez vacíos. Me dice que busca la boca de un buzón, un nombre que no logra encontrar. La invito a entrar. Por un momento se queda quieta, debatiéndose entre aceptar mi invitación o desaparecer en la esquina. La nieve empieza a adherirse con espesura sobre su abrigo y su pelo. Hace frío, sube, vuelvo a decirle. Y ella por fin acepta. Sus pasos cortos y tímidos suben por la escalera. Cuando llega a mi puerta, veo por fin su rostro de cerca. Algo en ella me fascina, me hace pensar. Me parece haberla visto en alguna parte. Me da el sobre ya arrugado y manchado de agua seca. El contacto de su mano es una leve caricia. Mi corazón palpita con fuerza. En el sobre pone un nombre, el mío. Y debajo una frase:


- Mi madre.

jueves, 26 de enero de 2017

Este jueves un relato: soledades




Vivo a diario una retahíla de emociones y soledades. Paseo por pasillos silenciosos y llenos de vida. En cada habitación se esconde un alma que ha vivido los suficientes años para contar sorprendentes historias. Sus rostros estàn marcados, llenos de mapas. He visto soledades preciosas, carentes de tristeza. Y hay otras soledades que no pueden aliviarse. Están sentados en sus correspondientes mesas, no queriendo entablar conversaciones. Se refugian en ellos mismos, entre fotos, recuerdos y rutinas. He oído de sus labios que los años son los que traen la soledad. Que es duro ver como te arrugas y que no logras decir lo que ansías. La vejez es la última cosa que uno espera de si mismo. Algunos cuelgan espejos detrás de las puertas, otros no quieren volver a verse nunca más. Los hay que esperan visitas como si esperasen el mayor regalo de sus vidas. y también los hay que prefieren estar solos, porque para ellos ya es suficiente, han hecho lo que tenían que hacer. Están ahí para esperar, para irse con la mayor alegria posible. Nuestro trabajo no solo consiste en cuidarles y limpiarles. Va más allá. Nosotros abrazamos sus soledades, procuramos iluminar sus miradas y sonrisas. Procuramos que se vayan de este mundo con la mayor paz posible, amándolos por como son, aceptándolos.


Mi trabajo es duro y un poco triste, algunos lo pensarán. Pero la recompensa es preciosa. Es verlos bien, cuidarlos, hacerles ver que aún sirven para hacer lo que deseen. Hacerles útiles y maravillosos. Es hacerles sobrellevar un poco mejor la soledad que cargan en su corazón.

Ella







"Cierro dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacía la luz".


(Extracto del libro el grito silencioso, del autor Kenzaburo Oé)

Estaba irreconocible, tumbada y dormida, lejana. Le habían asignado una habitación en la planta de cuidados intensivos. La estancia estaba en penumbra. No se escuchaba ningún ruido, solo el de su respiración. La única compañia que tenia era la de su hija, que sentada en el sillón, la observaba como si desease decirle tantas cosas. La noche se había presenciado. Tocaba esperar, con la esperanza de volver a verla bien, tan ella. Quejándose de todo, pero siempre con una sonrisa, y siempre hablando. Se tambaleaba cuando caminaba unas millas, percibiamos el olor de su discreto perfume, y reíamos al ver su cabello que nunca estaba en orden. La llamábamos por su apellido, nunca por su nombre. Cuando comía, siempre le daban las horas. Masticaba cada alimento como si fuera el último, sin hablar apenas con nadie, siempre tan suya. Decía que no se sentia afín con el mundo, que aquel no era ya su hogar, que ella ya estaba lejos. Antes de dormir solía mirar el retrato de su esposo ya fallecido. Pensaba, siempre pensaba. Tenía un rostro bonito y terso, el rostro de una mujer que le ha gustado lucir hermosa. Fueron pasando los días, y con ellos su debilidad. Le gustaba encerrarse en su habitación y en su silencio, en la antepenúltima habitación del pasillo, con la puerta semiabierta. Se despertaba con nuestra voz. Era una de las cosas que recordaba, nuestra voz, la que tanto se había acostumbrado y a la que ahora no podia prescindir. Su rostro empezó a cuartearse y palidecer. Sus facciones estaban flácidas, ensombrecidas. Sus manos frágiles y casi rotas. La mandíbula ya era una caja vacía de dientes. Y su voz... su voz empezaba a desaparecer, perder su tono. El tiempo, decia ella, era una sala de espera.

Es duro verla postrada en otra cama que no es la suya, vestida con un camisón, y no con su falda y camisa. Es duro saber que su habitación pronto perderá su luz y que la puerta antes semiabierta, se irá cerrando poco a poco.


https://www.youtube.com/watch?v=cM5G3a-XOjU&list=PLtVCxuIWSa_4ts4GKnZSHT6C49LFyMURS&index=2


Esta canción es para ti.





viernes, 20 de enero de 2017

Relato juevero: De tutores y tutorias







Sólo estábamos la madre de la amiga de mi hija y yo. La clase aún estaba vacía, con ese pequeño desorden que dejan los niños. La pizarra estaba manchada de tiza borrada. Me pregunté que tema habian dado ese dia. Recordé escuchar a mi hija quejarse de lo aburrido que era estar alli. La tutora aún no aparecia. Ambas empezamos a mirarnos nerviosas. No escuchábamos nada, ni siquiera pasos. Pasada media hora decidimos tomar cartas en el asunto y preguntar a alguien si la tutora vendria o no. Salimos de la clase y buscamos. No habia nadie en el pasillo. Era como un colegio fantasma. Hasta que oímos un sonido muy peculiar en una puerta. Ambas nos miramos y asentimos. Cuando abrimos la puerta vimos entre fregonas y cepillos de barrer a la tutora haciéndoselo con el conserje. Ya os imaginaréis la cara que se nos pondría a los cuatro.

jueves, 19 de enero de 2017

Este jueves un relato: ¿Juegas conmigo?













Tenia ocho años cuando conocí a Cloe. Aquel día yo jugaba en mi balcón y su voz despertó mi mundo. Ella estaba a dos balcones del mío. La escuché llamarme con un silbido. Al principio no supe que se dirigia a mi. Cuando nuestros ojos se encontraron supe que yo era la elegida. Recuerdo que esa mañana el cielo tenia destellos rosados. Me preguntó como me llamaba. Dijo que se llamaba Cloe. Quedamos en vernos en nuestra calle. Tenia los ojos bonitos, de color celeste. Las mejillas finas y delicadas y una amplia frente limpia. Su pelo rubio se ondulaba por las puntas. Jugamos al escóndite y soliamos llamar a los timbres de las puertas para después salir corriendo. A Cloe le divertia mucho.

-¿No crees que estamos siendo niñas malas? - le pregunté con la conciencia de no saber si lo que haciamos era lo correcto o no.

-Somos niñas, y a nuestra edad es normal tener travesuras- dijo con los ojos brillantes.


A veces Cloe se refugiaba en su mundo y no me permitia entrar en él. Solia verla sentada en su balcón, con las piernas cruzadas y la mirada cabizbaja. Yo le preguntaba que le pasaba y ella me decia que no tenia ganas de hablar. A veces yo bajaba a la calle y daba cortos paseos, buscando alguna distracción. Un grupo de niños buscaban en un contenedor de basura. Me acerqué a ellos y quise participar pero decian que las niñas no podian entender aquel juego. Enfadada y aislada volvia a casa. Pasaban días hasta que Cloe llamaba a mi puerta. Cuando estábamos juntas éramos como invencibles. Nada me daba miedo. Las horas escapaban a nuestro control.
Me gustaba estar a su lado. Era como la hermana que nunca tuve. Soliamos jugar a la rayuela, al pilla pilla y a juegos de mesa. En ocasiones buscábamos tesoros qué descubrir. Nuestra calle solo tenia balcones y edificios, era una calle pequeña de un barrio pequeño. Pero para nosotras era todo un descubrimiento. Había un pequeño jardín correspondiente a una casa y se nos tenia permitido jugar allí. Nuestro mayor descubrimiento fue una família de gatitos que se encontraban viviendo en un edificio abandonado. Los escuchábamos maullar pero no podíamos entrar. Con el paso del tiempo, dejamos de oírlos.

A Cloe le entristeció mucho. Intentaba animarla, pero volvía a sumergerse en si misma. Una tarde de lluvia ella llamó a mi puerta. Mi madre la invitó a pasar y ambas nos metimos en mi habitación. Estaba más silenciosa que otras veces, lo cual me resultó extraño. Le pregunté que le pasaba y tras un breve silencio dijo que se mudaba. La noticia me golpeó. La lluvia repiqueteaba con furia la ventana. Era como si también ella se sintiera como yo. Cloe cruzó las piernas y bajó la cabeza. Aquella tarde los ojos de Cloe tenian un color más apagado. Apenas distinguí en ella a la niña aventurera y traviesa que conocí. Cloe había madurado.

-¿Pero adónde te marchas?- pregunté sintiendo como el suelo de mi habitación dejaba de existir.

-Mis padres dicen que al Norte- respondió en un susurro.

No volvimos a hablar. Nos quedamos allí sentadas, haciéndonos compañia, asimilando la noticia. Sabíamos que aquello nos separaria.

-Nos mandaremos cartas- dijo con esperanza.

Nos lo prometimos. El dia que Cloe se fue yo bajé a la calle para despedirla. Era la primera vez que veía a sus padres. El maletero de su coche estaba lleno de maletas. Sus padres no decían nada. Cloe estaba sentada en el asiento de atrás. No dejamos de mirarnos. Cuando el coche arrancó, mi corazón también lo hizo. Cloe se despidió de mi sacudiendo con tristeza su mano.

Cada año ambas nos mandábamos cartas, como habíamos prometido. En una de esas cartas solo rezaba una frase: ¿Juegas conmigo?
Sentí el impulso de asomarme en el balcón y allí abajo estaba ella, sonriéndome como el primer día que nos conocimos.



miércoles, 11 de enero de 2017

Sobre el hielo.



















Como voy a empezarme el nuevo libro del autor Anthony Doerr, y como he visto que antes de empezar la historia hay un texto que lo inicia, he decidido compartir con vosotros dicho texto, el cual me ha resultado interesante y reflexivo.




"Tiene que haber una explicación concreta a que, cada vez que empieza a caer nieve, su formación inicial sea siempre la de una pequeña estrella de seis puntas. Porque, si ocurre por azar, ¿Por qué no caen también con cinco ángulos? ¿ O con siete? ¿Quién talló el núcleo, antes de que cayera, hasta formar seis picos de hielo?"


(Sobre el copo de nieve hexagonal, de Johannes Kepler, 1610).





martes, 10 de enero de 2017

El poder de una mirada.

Aquella mañana el cielo estaba cubierto de tristeza. Decidí ir a una cafeteria a la que suelo frecuentar. El local estaba atestado, pero logré un sitio. Un grupo de tres mujeres parloteaban y chismorreaban sobre una conocida. Frente a ellas dos hombres vestidos de traje y hablando de negocios, supuse. Pero lo que llamó mi atención fue una pareja que estaba sentada a escasos metros de mi. Solamente se miraban, cómplices el uno con el otro. Los ojos de ella parecían ocultar secretos. Los de él revelaban algo más. Tal vez deseo, arrepentimiento o admiración. Era difícil saberlo. Una cosa si estaba clara: reflejaban armonía. Jamás había visto tanto amor y silencio en una mirada. No pude evitar observarlos. Ella se relamía los labios. En más de una ocasión se besaban como si fuese la primera vez. Sus besos eran sonoros y dulces, como si estuvieran saboreando un caramelo. A pesar del ruido, ellos parecían lejanos, inmersos en ellos mismos. Él acariciaba la mejilla de ella, y ésta cerraba los ojos.
Bebí a sorbos mi café, saboreando el tiempo, siendo cómplice de aquel momento. El entorno pareció dejar de existir también para mi. Observé sus tazas, estaban vacías. El móvil de ella interrumpió el encanto. No tardó en cogerlo. Su voz era preciosa. La oí decir: Si, lo sé, no es fácil. Quiero que entienda una cosa, déjenos tranquilos. No, él no está.

Y colgó. Después él volvió a acariciar su mejilla y ella volvió al dulce silencio que les pertenecía.