sábado, 21 de octubre de 2017

A ti.

Escribí hace años una breve dedicatoria a alguien que aunque era parte de mi familia, no lo veía a menudo. Pero sin embargo en los últimos días de su vida, yo compartí con él una preciosa tarde que se le antojaba monótona, triste y solitaria. Decidí ir a verle, y hacerle compañía. Se llamaba Luis y era un hombre bondadoso. Es de esas personas que no olvidas.

Esto va para ti.


Te lo debía, aquel veinte de febrero en la quinta planta. Oteábamos el paisaje en la ventana. Te debía una historia corta pero bonita y matizada en todas las cosas que deseabas. Te lo debía, arrancarle a los dientes de león las pelusas para que volasen por la ciudad y cumpliesen nuestros sueños, los tuyos, tan diferentes de los míos.

Te lo debía, regalarte una bella sonrisa en esa habitación.  Qué especiales y cordiales fueron los segundos que contamos para que se convirtiesen en minutos. Quien te observase y fuese lo bastante inteligente, se daría cuenta que hace mucho que te abandonó los néctares de unos labios que aun seguían sonriéndote malcriados en una foto antigua.

Yo supe conocerte ese día, el mismo que te debía tanto. Mi regalo fue la visión de la vida en las sombras que el sol dejaba en las aceras, los edificios, en nuestras manos y en el huequecito de mi nuca donde se intuye el nacimiento del cabello. Te regalé mi voz, hipnotizándote con versos tristes pero reales, y dejé que tus manos- huesudas y ligeramente velludas- intentasen encontrar consuelo en las mías. Te lo debía, este pequeño trozo de mí, esas tardes exprimidas en un calendario fugaz y los diez pasos que daba en tu calle para mandarle un beso a tu ventana. Te debía este rezo que mando a la luna para que te la recite ella misma sobre el brillante y olvidado mausoleo que lleva tu nombre.

martes, 17 de octubre de 2017

Test

Test sobre libros: ❤

1.- El último libro que has leído: Reflejos en un ojo dorado, de Carson MCcullers.


2.- Libro que cambió tu forma de pensar: El arte de no amargarse la vida.


3.- El último libro que te hizo llorar: La elegancia del erizo.

4.- El último libro que te hizo reír: Jesús me quiere, del autor David Safier. Todos sus libros me hacen reír como nunca.

5.- Libro prestado que no te han devuelto: Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus

6.- Un libro prestado que no has devuelto: Por el momento ninguno.


7.- Un libro que volverías a leer: Nunca olvides que te quiero, de la autora Delphine Bertholon.


8.- Un libro para regalar a ciegas: El amante (Marguerite Duras)

9.- Un libro que me sorprendió para bien: Matar a un ruiseñor.

10.- Uno de los primeros libros que te leíste en la escuela: Era un libro de dibujos (precioso) sobre un niño llamado Bruno y un koala. Lo ando buscando como loca, pero no lo encuentro.

11.- Un libro que robaste: Las bragas de oro, de Juan Marsé.


12.- Un libro que encontré perdido: Una intensa colección de clásicos tirados en la calle. Me los llevé a casa, por supuesto.

13.- El autor del que más libros tienes: Jude Deveraux


14.- Un libro valioso: Cumbress Borrascosas.

15.- El libro que lees ahora mismo: David Copperfield, de Charles Dickens.


16.- Un libro que prohibirías: La colmena. No es que sea malo, pero demasiado cargado en personajes.

17.- Un libro que llevas tiempo queriendo leer: El aliento del cielo, de la gran Carson McCullers. Es la última edición por aniversario de esta autora por  Seix Barral.

18.- El próximo libro que vas a leer: Ya lo pensaré ^^


19.- El libro que no leerías jamás: El guardían entre el centeno, al menos por el momento. Es porque le tengo mucho respeto. Hay quién dice que es un libro maldito.

20.- Tú trilogía o saga preferida: En el país de la nube blanca, de Sarah Lark.

lunes, 9 de octubre de 2017

Cuentos de mujeres solas






LIBRO: CUENTOS DE MUJERES SOLAS.


Hace unos días acabé un bonito e inolvidable libro de la autora: Marcela Serrano. Hablo de un recopilatorio de cuentos de grandes autores como Guy de Maupassant, Chejov, Flannery  O´Connor...
Ya desde que empieza el prólogo, las palabras de Marcela serrano es toda una aventura. Hay una frase tan certera que dice:

" Esa es la soledad de las mujeres desde que el mundo se creó. Invisibles. Desoídas. Silenciadas. Habladas, escritas y contadas por otros, sin lenguaje, con una media modulación. Normadas sin haber dado su parecer. Hipotecadas. La capacidad escondida, la inteligencia subterránea. Esa es la trayectoria de nuestros genes; ésos, los modelos hacia donde volver la vista. Ése es el libro de la historia. Y en él, un par de páginas para las otras, las que nadie logró domesticar, las que no se avinieron con las virtudes femeninas, las que quisieron distinguirse, las que no se sometieron".


Los cuentos se componen de 13 cuentos.

1.- Una aventura ( Sherwood Anderson): Una historia preciosa, delirante y un tanto compleja. Me ha sorprendido sobremanera la capacidad que tiene una mujer de esperar incansablemente el amor. Reprimiendo su deseo sexual. La obsesión de no dejarse atrapar por la soledad.

2.- La buena gente del campo (Flannery O´Connor): Me pareció elocuente, tierno y con un final sorprendente. Refleja a los personajes tal como son, sin andarse por las ramas. Es un texto con fuerza, lleno de ironía.

3.- Una mujer sin país (John Cheever): Una historia con una complejidad femenina que nos sumerge en el poder de la reputación.

Frase: Anne pasaba gran parte del tiempo con gente que, como ella, aseguraban ser víctimas de una atmósfera moral represiva y raquítica. Sus corazones estaban en los muelles de los puertos. 

4.- Tejamos, tejamos, mano enloquecida ( Nuria Barrios): Este es sin duda uno de los cuentos que más me han gustado. Su prosa define cada párrafo con brillantez y ternura. Es una historia conmovedora y de esas que te llegan al corazón para retorcerlo y curarlo después.

Frase: Lo primero que olvidó fue la voz, ahogada por los golpes de los pedales. Los tintes acres fueron apagando su olor. El tacto áspero de la lana lijó la huella erizada de su piel. El recuerdo se fue haciendo más y más delgado hasta quedar disecado en dos marcos: el retrato del marido, que la madre había colgado junto al del padre en el comedor, y la fotografía de la boda.

5.- El ilustre amor ( Manuel Mujica Lainez): Nos habla de la pompa fúnebre  de un Virrey. Una atmósfera oscura y solemne, escrita con maestría. Solo una persona llora desconsoladamente su muerte. ¿Quién?

6.- El viaje de la profesora Bellini ( Pedro Mairal): subraya el miedo a la palabra, la forma de expresarse. ¿Cómo decirle a una pequeña multitud lo que uno siente cuando su sueño por fin se ha hecho realidad? ¿Cómo describir esa adrenalina de felicidad? Un viaje contado con humor.

7.- Devaneo y embriaguez de una muchacha ( Clarice Lispector): Aunque no ha sido de mis favoritos, Clarice tiene el talento de engancharte línea a línea, hasta meterte en un torbellino el cual has de salir con tu propia reflexión. Un cuento delirante, obsesivo, un tanto extraño, pero con la agudeza de Lispector para hacerte sonreír y temblar al mismo tiempo.

8.- Princesa ( Anton Chejov): Un cuento matizado de realismo y despotismo. La princesa de un reino que queda pensativa, indagando sobre los misterios de la vida, ocultando su verdad. Me gustó porque habla de lo oculto, la falsedad e ignorancia.

9.- En el molino (José Maria Eça de Queiroz): Un texto que disfruté mucho, porque me pareció impregnado de una hermosa tristeza. Habla de como se enfrenta una mujer ante las adversidades de la vida. Como se estanca en un océano de turbulentas mareas. Habla del amor, el día a día. La represión sexual. Pero a pesar de eso, es una historia preciosa y muy tierna, que Queiroz narra deliciosamente.

10.- La esfinge sin secreto (Oscar Wilde): Nos habla sobre la importancia de la intimidad. Un aquí te pillo, aquí te mato. Tal como dice su protagonista: Sentía una loca pasión por el secreto; pero era sencillamente una esfinge sin secreto. Brutal.

11.- Miss Harriet ( Guy de Maupassant): Otro cuento que disfruté muchísimo. Es desgarrador, tierno y con un final que te deja pensando. No pude evitar emocionarme.

12.- Revelaciones ( Katherine Mansfield): Un cuento obsesivo, excéntrico. La manía, el orden. El rompecabezas de ser uno mismo. Me gustó sobre todo el final. Mansfiel te lo cuenta todo con tan poco.

13.- Malintzin de las maquilas ( Carlos Fuentes): Nos habla de la crisis existencial que se cuece en México, en la industria de las maquilas. Nos cuenta como piensan las tres jóvenes protagonistas, todas ellas jóvenes, con una pincelada de inocencia y madurez. Diferentes entre sí, pero con una misma cosa en común: la supervivencia. Sin embargo, la felicidad lo demuestran en pequeños actos, y eso nos acerca más a ellas. Un cuento que habla sobre la explotación de la mujer en la industria textil.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Tu sombra




Mi ciudad es un punto dorado en el mapa. Un suspiro que se repite en las noches cuando vuelvo a recordar el balanceo de los olivos. Las crujientes hojas muertas que descansan en las aceras próximas a la estación de tren. La ciudad yace en calma. Tu nombre palpita en mi corazón. Te busco, te reencuentro, te nombro, te pienso. Siempre. Sombras. Las encuentro encendidas y perdidas en las esquinas y bares. Son solo eso: sombras. 
Anhelo el latido de mis pies al cruzar tu calle y descubrir tu silueta insinuada en la sombra de tu ventana. La única sombra que merece la pena encontrar en esta desolada tarde.

lunes, 14 de agosto de 2017

Los colores de nuestro silencio.






                                    





Los colores de nuestro silencio están envueltos en papel de seda, sobre la mesa. Ahi es donde descifro cada color nuestro, sin tapujos. Comenzaré por el rojo pues el más fuerte e insolente en el tema del amor. Rojo es la abertura de mi yo entre tus piernas, besos de corazón, el bombardeo de la sangre en cada vena, cada vez que sufro una arritmia al tenerte cerca. Rojo es cada beso mordido de lengua. Rojo es cada enfado que hemos tenido sin preámbulos ni ensayos. Rojo es mancharte de caricias salvajes y dejarte la boca rota de mis besos. Comenzaré ahora por el lila. Porque lila es tranquilidad y sosiego en nuestro pequeño piso, un silencio hermoso entre tus brazos. Lila es aquella primera flor que aún conservo cuando hicimos nuestro primer dia juntos. Lila es tu sonrisa, que me llena de calma. Naranja. Naranja es el aliento del sol lamiendo las paredes de nuestra habitación para enfrentarnos al nuevo mañana, abrazados y desnudos. Naranja es la fruta que salpica nuestros labios cuando estamos hambrientos para estallar después en risas. Naranja es la templanza entre estar o no molesto, estar bien pero un poco mal. Verde. Verde el color de mis ojos y lo primero que te enamoró de mi. Es el latido de cada esperanza y grito de felicidad cuando uno de los dos llega primero a casa y recibe al otro en un infinito abrazo. Verde es cuando tras tanto esfuerzo conseguimos adquirir lo deseado. Verde es un verde que te quiero verde, pero cambiándolo por nuestros nombres. Verde es tu beso de la mañana y de la noche cuando vamos a dormir. Blanco. Blanco es la pureza que rodea nuestras paredes, virgenes de pintura. Blanca es la libertad de expresión en nosotros mismos, sin apenas secretos, sin maldades. Blanco es sinceridad. Es el verdadero color que tiene nuestro silencio. Porque no pensamos cuando desconectamos, porque somos nuestro refugio, cuando somos nosotros dos, sin nadie más. Escondidos de un mundo cruel. Blanco son tus dedos cuando estoy herida o enfadada, cuando me acarician con cuidado. Blanco es toda delicadeza tuya.

Negro. Negro cuando todo parece oscuridad e incomodidad, cuando enfadamos o enfríamos. El mejor compañero del blanco, un yin y yang. Negro es el color de tu pelo y la sombra que cae sobre mis dedos cuando los meto en la espesura de tu cabello. Negro es el miedo que acecha cuando imagino una vida sin ti. Negro es cuando ves tristeza en mi sonrisa y sabes que no es un buen día. Sin embargo, es el mejor aliado contra nuestras guerras, pues gracias a él las hemos derrotado. Hemos visto la otra cara de la moneda cuando se tornaba todo oscuro. Por que el negro también es tierra, pasividad, impregnación. Es entonces cuando este color se disipa y nos regala su yang. Nos da el cielo, la gloria, actividad, luz.

Todo ese conjunto somos nosotros. Todos esos colores que envuelven nuestro silencio y nos define.






martes, 13 de junio de 2017

Cicatriz.




La cicatriz de Enma no era una cicatriz cualquiera. Se la había hecho ella misma paso a paso, con esmero. Todo comenzó en un vagón de metro con destino a Sants Estació. Los ojos de aquellos quienes la acompañaban parecían ajenos a este mundo. Observaba en silencio a jóvenes como ella, sumergidas en sus teléfonos móviles. Pero Enma tenia las manos vacías. Con el corazón desbocado se bajó en su parada correspondiente. La estación de Sants estaba inundada de viajeros y esperanzas. Enma, que hasta entonces había ignorado que alguien la seguía, decidió tomar un cafè en una pequeña cafeteria de la estación. Fue entonces cuando lo vio. Era él. Hacía años que no lo veía. Había significado un reproche, un incómodo silencio, un pequeño y fugaz beso. Joan había sido la cicatriz de su vida. Se conocieron diez años atrás en aquel mismo vagón y desde entonces habían sido el uno para el otro una preciosa maldición. Batallaron paradas, tiempo y esfuerzo. La boca de Enma estaba casi dolorida de tanto pronunciar su nombre, de contar todas las paradas. Porque Joan iba y venía, como un boomerang. Un kharma que no cesaba de repetirse. Se habían herido, se habían amado salvajemente, se habían perdido por todas las estaciones. Y ahora él regresaba después de todos esos años perdidos.

Se sentó a su lado y observó el mapa de su rostro. Acarició nuevamente sus labios pequeños y redondos. Y vio la cicatriz. La tocó como si quemara, como si él también la hubiera sufrido. ¿Por qué? le preguntó, y Enma bajó la mirada. No hicieron falta palabras. Joan vio la linea blanca y casi recta, torpemente señalada como pequeñas vias de tren. Y la besó. Besó esa herida, esa verdad. La lamíó despacio, como si su saliva fuese una disculpa. Enma cerró los ojos. Se dejó atrapar por su aliento. Sin importarle las miradas, el ruido. Supo entonces que la última parada ya no la estaría esperando. Su última parada estaba allí, en una pequeña cafeteria, siendo lamida y besada por unos labios culpables de ese montoncito de billetes de metro usados y arrugados en su bolsillo.


lunes, 15 de mayo de 2017

Justin













-No sé por qué a veces te comportas así- Me suelta una vez sentados en mi cafetería preferida. Hablamos sobre el tema de moda: la situación del mundo. Nos enfadamos. Nos frustramos. Nos miramos. Siento que le quiero, pero hay veces en que un pequeño desconcierto me inunda.

-¿Sabes que me encantas?

Sé esa frase de memoria. Le sonrío. Es miércoles. Se me acaban de romper los pantalones. Él ríe. Lo encuentra sexy. Debería ir al servicio, pero hay que cruzar un largo pasillo carente de luces. Los pasillos no me gustan nada porque son bocas de ogros. Eso solía decir Justin de los pasillos del instituto. Esperábamos ansiosos a que nos contara uno de sus historias de terror. Inventaba títulos escalofriantes como: El apuñalamiento de Míster Rock; Tripas revueltas; Psicofonía maldita, etc.

-¿Vuelves a pensar en él?- Pregunta.

Me sorprende que saque el tema. Lo ha intuido cuando mis ojos han mirado la dirección de los servicios. Aún recordamos a Justin bajarse los pantalones y enseñarnos su fea cicatriz que tiene en las nalgas hasta los tobillos. Le vemos correr por la calle con un petardo en la mano y lanzándolo hasta el balcón de su vecino. Le vemos robando una golosina en la tienda a la que siempre vamos. Su acento de pueblo y su disfraz de chico eficiente. Y ese nombre, como si se tratara de una estrella musical, de cine o a saber.

-¿Le extrañas?- Otra pregunta.


¿Extrañarle? Qué disparate. Anhelar algo que nunca se ha aprovechado, que nunca se ha sentido. Sólo ha sido una sombra que penetró en mis labios y que a veces, muy pocas, me trataba bien. Extrañar a un demonio que prefería la deformidad de las cosas y que tiraba piedras a los pájaros y a algún gato.

-Nunca he podido extrañar, ni querer a alguien así, Charlie. Él siempre disfrutaba metiéndose conmigo.

-¿Te acuerdas cuando escuchabas esa canción de Morrison que te recordaba un poco a él?

Ha sido un grave error recordármelo. Un grave error. Una bofetada limpia.

En ocasiones yo solía escuchar canciones de esas que trataban de amores no correspondidos o los que te terminan destruyendo. No me moría por él, tampoco me hizo promesas. Pero si que se llevó parte de mi vida. Se la llevó cuando acabó la suya. No se atreve a sonreír. Sabe que se ganará una buena si lo hace. Me conoce demasiado bien. Justin fue un número mal apuntado en mi libreta de teléfonos. ¿Por qué le recordamos siempre que vamos a tomar un café? Justin solía robarme la carpeta de apuntes y ponerla en lugares difíciles para recuperarla. No bebía café. Le gustaban los bocadillos grasientos, con un buen chorreón de aceite cayendo por el borde del pan. Quizá el solo hecho de mirar un pasillo... sí, debe ser eso. Mirar un pasillo es como ver el estómago de Justin, su oscuridad.

-¡Perdón! No debería haber sacado el tema- Dice bajando la mirada hacía su taza de café.

Juega con dos sobrecitos de azúcar. Yo me limito a mirar hacía la ventana.

- Aquello pasó hace mucho tiempo.

-Siempre acaba volviendo.

Silencio. Me muerdo un poco los labios, tal vez quiero hacerlos sangrar porque de eso trata tragarse el dolor. Me paso los dedos por ellos, recordando un beso que él me robó. Justin era un sinfín de elementos, nunca estaba satisfecho de ser uno solo. Y ahora... maldita sea, ahora vuelvo a tener esa canción de Morrison en la cabeza. Charlie no para de pedir perdón, como si fuese un padrenuestro.

-¡Joder, basta ya! Dejemos a Justin y su arrogancia para el fin de los tiempos. Debería haber pedido un té o una coca cola. Bebo rápido el último sorbo que queda en el vacío de la taza, recordando al imbécil de Justin y sus maldades.

-¿Cuándo fue...?- Su voz se entrecorta. Tiene miedo.

-¿La última vez?

Él asiente.

-En su casa. Recuerdo que nos sentamos frente al ordenador. Afuera llovía con ganas-proseguí-. Me había olvidado el paraguas en clase y él se ofreció a guarecerme bajo su techo. Fíjate que cosa más extraña. El despiadado y temeroso Justin ofreciéndome cobijo. Pensé que estaba drogado. Y escuchamos canciones. Me puso varias recopilaciones de esos grupos que sólo gritan como demonios. Y como intuía que a las chicas eso por supuesto no nos gusta, empezó a ponerme cancioncitas en inglés. Recuerdo que una empezaba por Brown Eye Girl… Sí, creo que era algo así. Y me atreví a decirle:

-¿Acaso me la dedicas?.- No sé definirte su mirada, pero todo pareció pararse en ese momento.

-Sólo si tú quieres- me dijo. Cuando paró de llover, me fui a casa. Lo primero que hice fue buscar la canción y su traducción.

-¿Y qué decía?

-Ya no me acuerdo. Pero estoy segura de que trataba del amor. El recuerdo de la primera vez y el paso del tiempo. Era de Van Morrison.

Bebo un poco más antes de continuar.

-¿Que si quise alguna vez a Justin? Ni yo misma lo sé. Después de esa tarde en su casa, le ignoré. Él me buscaba. Dejó de tirar piedras a los pájaros y a los gatos; incluso probó el café con leche. Me buscaba en los recreos, pero sabía esconderme muy bien. Su presencia me descolocaba, me ardía. “No te fíes de él, es un bicho, una mala yerba” me repetían. Y yo me dejaba arrastrar entre las piedras, me golpeaba contra ellas. Vendí los discos de Morrison y empecé a relacionarme con otra gente. Una noche que salí de casa de una compañera de clase, le vi paseando de arriba a abajo en la calle. Ya había visto su silueta desde la ventana, cuando apartaba la vista de mis apuntes, diciéndome a mí misma que era una falsa alarma. ¡Ojalá hubiera sido cierto! Si yo hubiese cruzado la calle... si no me hubiese atrevido a desafiarle con la mirada... Justin estaría vivo. Pero él me llamó, me llamó tan fuerte que notaba la mirada de las personas. Y yo jugaba a mirar otras salidas. Hice como que no le escuchaba. Y antes de que yo por fin me atreviese a mirarlo de una vez, oí un estruendo que me heló la sangre. Justin yacía en mitad de la carretera, con esa sonrisa suya siempre tan siniestra. Me dijo por última vez: Esa canción... esa canción...es para ti, mi chica de los ojos marrones. Después se apagó.

-¡Santo Dios!- dice sorprendido, nunca ha sabido esta versión, la auténtica verdad.

- Fui la única compañera de clase que asistió al funeral. Descubrí que no tenía apenas familia. Sólo una mujer de aspecto dejado, con el rímel manchándole los párpados. Vi aquella caja hecha a su medida ¿sabes? Y sentí dolor. No podia imaginarme a Justin alli dentro. Él no estaba hecho para morir. No tan joven.

-Decidí marcharme antes de que sellaran el nicho. Pasado un buen rato, recuerdo que vi a esa mujer dentro de su coche. Los cristales estaban mojados. Ese día llovía. Pero pude apreciar su angustia escondida entre el volante. Tenía puestas las luces del coche. Pensé que quería estar por un momento sola, asimilando todo aquello. Vi cómo agarraba una botella y bebía sin descanso. El alcohol. Siempre se recurre a él. Subí al autobús y susurré un adiós para Justin.

- Tú no tuviste la culpa.

- Siempre llevaré esa última mirada suya.

Antes de que el silencio vuelva a incomodarnos, decidimos marcharnos. Él paga. Le gusta hacerlo. Cuando salimos, siento un nudo en el estómago. Me refugio en sus brazos y caminamos hacia casa.






lunes, 8 de mayo de 2017

FUEGO.


( Ilustración: Joseph Lorusso)



El asiento aún estaba caliente. Ella ya se había ido. Debería haberle dicho que la queria, que era su oasis, una pequeña isla donde refugiarse. Vacío. Una gota cayendo desde el grifo. Plaf, plaf, plaf. La cocina ordenada, unas migillas de pan encima del cortador de madera. El microondas abierto. ¿Cuántas veces le había reñido por eso? El suelo aún conservaba las huellas de sus zapatos. Había dejado de llover. Aún se respiraba el olor de tierra mojada. El mejor olor del mundo, le había dicho ella con una sonrisa partida. Se sentó en la silla donde minutos antes ella había estado. Acarició su ausencia en el silencio de una casa vacía. La necesitaba. Necesitaba poseerla, sentirla, arrancarle la piel tira a tira, beso a beso. Ella se ocuparía de recomponer los pedazos rotos. Siempre lo hacía. Pero esta vez no. Esta vez ella solo asintió. Se dejó desvestir. Romperse en sumisiones. Él había desnudado su cuello y había dejado el rastro de su saliva, sin verguenza, sin remordimiento. La habitación en penumbra, con el ocaso de un sol tímido. La puerta siempre cerrada. Protegidos contra las reglas, la mundanidad. Eran llamas crecientes. Él le dijo que le encantaban sus labios, eran labios de mucho fuego. Los mordisqueó, les puso nombre, se hizo dueño de ellos. Afuera se escuchaba el trinar de las golondrinas. Un pequeño y delicado nido que podia verse desde su ventana. Pensó en ella. Por fuera parecía tan fuerte, hecha de piedrecitas y ramas. Pero por dentro era tan reservada, cálida, casí frágil ante las tempestades del mundo. Un nido puede romperse si se le tira varias veces una piedra. Pero las aves vuelven a intentarlo, vuelven a hacer más nidos.

Sentado en esa silla aún caliente, la recordó. En como ella gemía y se retorcia en el sonido de su propio placer. Sin esconderse, sin rubor alguno. Y después quedaba exhausta entre sus brazos sudados. Llena por dentro. Alimentada de sensaciones. Inundada de amor. Lola, lola, recitó. Su nombre era solo dos movimientos. Lo, la. Su Lolita. Otro Humbert pero con otra Lola diferente. Masticó su nombre varias veces, hasta que le dolía la mandibula. ¿Por qué no regresas? ¿Por qué no vuelves a sentarte aquí y me dejas hacer? Abrir sus piernas, hurgar en ellas, encontrar ese nido hermoso. Romperla amorosamente, hacerla infinitamente suya. Lo, la. Se asomó al balcón y miró el mismo paisaje de tantos días. Solo que él recreaba diferentes tonalidades. Los árboles poderosos, fuertes, nunca torcidos. El bar de la esquina con el rótulo de Neón, un poco desquebrajado. Justo al lado otro bar, pero más pequeño, con maceteros de gardenías y margaritas, y en la que él y Lola solían tomar café a la misma hora. Después de saciarse mutuamente. Después del trabajo, la comida precocinada y una pequeña siesta. La observaba dormir, con los ojos cerrados pero aún parpadeando. Susurraba su nombre y ella sonreía. Lo, la.



A veces ella solía bromear en como él pronunciaba su nombre. Es como si al pronunciarlo su nombre se escapase flotando, como anillos de humo. Acariciaba cada letra con avidez, deseo, expectación. Lo, la y su alma a veces tan difícil de alcanzar. Deseaba comerla, estrujarla en su boca, lamerla despacio. Su sonrisa cómplice. Lola era un sinfín de experiencias. Nunca se cansaba de ella. Ahora, apoyado en la baranda de su balcón grita su nombre en silencio. Nadie sabe que él y su Lola existen. Nadie sabe cómo se necesitan alli dentro, encerrados en su pequeño apartamento, ajenos y dolidos con la vida de ahora. Una rabia que hacen explotar con sexo. Dos amantes que no se miran en los charcos. Con la mirada clavada hacia adelante. Nadie sabe como él toca la mano de su Lola en el pequeño bar con maceteros de gardenías y margaritas y como ella ríe cuando sus labios se llenan de leche. Nadie sabe cual es el segundo apellido de ella, ni siquiera él lo sabe. Y por supuesto nadie sabe a que huele Lola cuando sale de la ducha y se tumba desnuda en la cama, esperando nuevamente el placer. Nadie sabe los tantos meteoritos que han caido en los ojos de Lola, en como su corazón ha buscado por mucho tiempo cálidos abrazos.
Lola solia pensar con las manos metidas entre sus piernas. Las dejaba alli, tal vez por frío, tal vez por costumbre. Soñaba con cruzar fronteras, conocer el mundo, probar a traspasar los limites. Convertía las nubes en un cine de fantasía. Se tocaba los labios con las yemas de sus dedos y se peinaba el cabello con ellos.
Desde su balcón él atrapa los mechones enredados de Lola, hebras rojizas como auroras que han quedado atrapadas entre los barrotes de hierro. Vuelve adentro, con su nostálgia palpitando entre la fina tela de su pijama. Y al llegar al dormitorio y ver las sábanas hechas pero un poco abiertas por el costado, él se tumba en ellas. Se revuelve, se vuelve sábana también. Grita LO, LA. Pero la puerta sigue sin abrirse. Ella solía abrirla cuando marchaba a la rutina de su vida y le dejaba a él allí, aun palpitando por ella. Se abalanzaba sobre él y lo llenaba de besos. Lola era una metáfora. Él recordó aquella frase de un cuento de Oriente basado sobre el pintor Wang-FÔ. Una frase donde describía en breve a la esposa de su discípulo Ling que decía: Era Frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Lola era ese conjunto.

Ella le había regalado un libro de cuentos orientales. Eran su género favorito. Después de hacer el amor, a veces con salvajismo, otras veces con ternura, él le leía esos cuentos. Y ella cerraba los ojos. La tarde parece infinita sin ella a su lado. Se toca, se amarra. Se clava en el respaldo de la cama. Atado por lo que Lola le hace sentir. Se concentra en todos los sonidos del apartamento. El plaf, plaf de las gotitas que caen del grifo, el ronroneo del frigorífico, los pasos de la vecina de arriba, el leve crepitar del cristal de la ventana cuando el viento es un poco más fuerte. Observa el techo. Algunas pequeñas grietas y la pintura ya desconchada. Lola queria pintar las paredes de rojo, pero él le había dicho que ya tenian suficiente con tanto fuego. El rojo no es solo fuego, es aventura, amor, pasión, sangre, erotismo, respondío ella. Lo dejaron estar. Las paredes aún seguian blancas y viejas.



Encima de la mesita de estar aún estaban los libros que Lola leía en ocasiones, libros de sexo, y en como avivar la pasión cuando empiece a acomodarse. Porque si había una cosa que Lola temia era la simplicidad, la rutina. Y pensaba que con ello él dejaria de desearla, amarla.
Guardaba en los cajones lenceria bonita y cara. Invertia en ello. Siempre de color rojo. Lola era ese color. Se fundía en él. Sus labios también. La deseó en ese momento. Deseaba desnudarla a toda prisa, morderla, chuparla entera, sin dejarse ningún hueco. Sorber su sexo dulce, con sabor a mujer, sabor a Lola. Se hizo la noche. En su cabeza se repetia el constante tic tac del reloj. Se tapó las sienes con las manos. Intentó dormir. Soñó con la misma travesía, las perfectas circuferencias de los relojes en la vitrina de la joyeria donde la vio por vez primera. Vio a Lola mirando el tiempo en esferas. Su largo pelo, su espalda blanca y lisa, sin ninguna imperfección. Sus andares, seguros, sensuales. Sintió como si todos los relojes del mundo se detenian cuando ambos se vieron por primera vez. Fue fácil. Fue decir hola, con una sonrisa, asentimiento. Una insinuación en tan poco espacio. Y Lola ataviada con un abrigo de lana negra y medias de licra. Lola y sus ojos color jade. Después un hasta luego y varias miradas, como si al dejarse marchar perdiesen la recompensa. Lola cruzó esquinas y calles y él procuró seguirla sin que ella se diese cuenta. Hasta que inevitablemente ella lo supo. Sin saber como, acabaron en el pequeño apartamento de él. Ese fue el comienzo y el final de todo. Un exilio de su cuerpo. Amantes, almas gemelas. Quién sabe. En otra vida- si la había, claro está- ella volvería.

Las nubes ahora densas y ruborizadas de lluvia dejan escapar lágrimas de agua sobre la ciudad. Deseó a Lola con toda su alma. Tenerla alli, apretada contra él, mirando como los cristales se empañan de vaho y lluvia. La imagina afuera, merondeando por las calles, sin paraguas. Su pelo rojo chorreando. Su ropa totalmente pegada a su piel. Lola, vuelve. Regresa al único lugar donde perteneces, donde nos pertenecemos. Donde estamos destinados a estar. ¿Qué estaría buscando ella a esas horas de la noche? ¿Qué se le había perdido? Cerró los ojos y no perdió la esperanza. La puerta terminaria abriéndose. Y Lola entraria en ella, toda mojada y ardiente.


lunes, 24 de abril de 2017

La belleza de los cuentos.








Hoy quiero hablar de un hermoso libro que he leído despacio, saboreando cada frase. Se trata de cuentos orientales, escrito por la asombrosa Marguerite Yourcenar, la misma autora de Memorias de Adriano. Libro que mereció estar entre la mejor novela histórica de los mejores tiempos. No he leído aún dicha obra, pero pronto lo haré. De lo que voy a escribir hoy es de esos cuentos orientales que me han llenado el corazón de gozo y entusiasmo. Y es que cada cuento tiene un mensaje, una fábula. Me han gustado todos. Todos tienen esa belleza inigualable, una poesía que roza el cielo.



-         Cómo se salvó Wang-FÔ



-         La sonrisa de Marko



-         La leche de la muerte



-         El último amor del principe Genghi



-         El hombre que amó a las Nereidas.



-         Nuestra señora de las Golondrinas



-         La viuda Afrodisia



-         Kali decapitada



-         La muerte de Marko Kralievitch



-         La tristeza de Cornelius Berg



Todos ellos suman este libro. Todos ellos te llevan a parajes hermosos y narran sus peripecias, en breve, en casi un suspiro. Pero de todos ellos es quizás Wang FÔ quien me ha cautivado. Con sus hermosas frases y esa brutal frase del emperador a Wang FÔ que le dice: Me has mentido, Wang-FÔ, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras viejo Wang-FÔ.


Y es que Wang- FÔ tenia eso, ese privilegio, ese don, de crear vida a través de sus pinturas. Eran en esos cuadros donde el corazón del viejo Wang reposaba, cauteloso e inundado de belleza.
Otro cuento hermoso es el del principe Genghi, que amado por tantas mujeres y asimismo amándolas a ellas, concubinas de placer y deseo, no ve que solo una de ellas le amó de verdad. Y que esa misma es el que lo acompañó en el final de sus días. Terriblemente hermoso.


Os lo recomiendo, de verdad. Es sin duda de los mejores libros de cuentos que he leído. Es pura vida. Un soplo de aire fresco. Un latido infinito. Cada frase tiene un sabor distinto y es ese sabor el que te atrapa.

jueves, 20 de abril de 2017

Respira.



20, 21, 22… inhala, exhala. Están en la calle. Caminan sin charlar. Esta vez no se han cogido de la mano. Cuarto creciente. Ninguna nube. Nadie apenas en la calle, solo ellos dos. Se escucha el ruido lejano de una moto y el repiqueteo de los tacones de ella en la acera. 23, 24, 25… podría tirarse toda la noche sumando números. Se acuerda de aquella canción de Wicked Games. Blanco y negro. No, no debería haberse enamorado. Pronto llegarán a casa. Ella lleva el bolso casi abierto, el instinto de buscar algo. Las llaves bailan en su bolsillo. Él mira hacía la misma dirección, vigilando al cruzar. Ella desea decirle algo, pero no puede articular ninguna palabra. A él suele durarle el enfado. Últimamente se enfada por cualquier nimiedad. Ya ella se imagina una noche como otra, arropada en soledad y lágrimas sin que él sea testigo de ello.

Ella busca desesperadamente sus dedos, cruzarlos con los de él, para que el mundo vuelva a parecerle seguro. Respira, se dice. Aún te quiero. Abre un poco los labios, lo suficiente para dejar escapar un pequeño ruego. Él la mira. Sabe lo que ha dicho. Ella percibe una sonrisa. Pasan por debajo de cornisas y ventanas llenas de tiestos con cactus y algunas flores secas. La misma calle, día a día. Ella nota una piedrecilla en el zapato. Así es como también nota a su corazón. Duro, áspero, una piedra de titanio. Los años, piensa, los años endurecen a una persona. Le mira de reojo. Su lunar cerca del ojo, el mentón fuerte y arrogante. Aún te quiero, se repite. Es solo una pelea, una estúpida e insignificante pelea. Vuelve a contar hasta diez.

Respira, se ordena. Siente los dedos de él por primera vez en toda la noche. Llegan a casa. Encienden las luces, no se dejan ninguna. Silencio. Solo el tic tac de un viejo reloj de pared. Se miran, se aprenden. La tormenta ha pasado. El amor es una deriva.

miércoles, 19 de abril de 2017

LA VIDA DE PI





Barack Obama describe La vida de Pi como "una prueba elegante de Dios, y el poder de contar historias".[


Ya lo dijo Obama, y es cierto. La vida de Pi es una de esas historias que se meten en el corazón, lo araña, lo vuelca, lo libera y lo estremece. No es una simple historia más, no. Pi es pura poesia, descubrimiento, vida, metàfora. Abundan los hermosos e inverosimiles paisajes, el desconcierto de algo tan sobrenatural como es la naturaleza. Las escenas tienen ese mensaje, el reflejo del interior de uno mismo. El agua tan pura y casi invisible, un espejo del cielo. Pi me ha hecho abrir un poco más los ojos y valorar el presente, que es lo único que tenemos. Me ha hecho admirar más las historias y encontrar en ellas retazos de la vida misma.

Ahora que he visto la pelicula diré que: Yo también he estado en la piscina Pública de París: Piscine Molitor. He nadado en ella y he flotado, alcanzando el cielo. Yo también he sufrido la decepción de una bondad creída. Yo también he sentido distintas religiones en mi corazón. He visto el barco hundirse y sobrevivir. He sentido miedo, agonia, desesperación. He estado 227 días en una pequeña barca con Pi, con el tigre, en medio del Océano Pacífico. He visto islas hermosas y olvidadas.  He visto el cielo en el mar. He llorado, he rezado, he nadado, he sido libre y me he vuelto más fuerte. He visto la noche como nunca antes. He visto belleza que ni sabia que existia. Así que no solo quiero darle las gracias a Pi, sino también a Yann Martel por haber creado a un heróe tan joven y perspicaz.








Y como no, las frases tan emotivadoras:


- No existe grandeza sin bondad.


- La melancolía no es más que la sombra de una nube pasajera.


- No es justo que la ternura tenga que darse la mano con el horror.


- Ahora convertiré el milagro en rutina. Lo increíble será mi pan de cada día.


- Quisiera decir algunas palabras acerca del miedo. Es el único y auténtico adversario de la vida. Sólo el miedo puede vencer a la vida.


- Los caminos hacia la liberación son múltiples, pero la orilla siempre es la misma.


- Todo ya está aquí y está claro si sabemos mirar con la atención debida.


- ¿Sabes cuál es el animal más peligroso del zoológico? Había una flecha que señalaba una pequeña cortina. Tantas eran las manos curiosas e impacientes que tiraban de ella que cada dos por tres teníamos que cambiarla. Detrás de la cortina había un espejo.


-La vida se defenderá por muy pequeña que sea.


-La memoria es un océano y él se mece en sus olas.


- El principio fundamental de la existencia es lo que llamamos amor.


- Estoy ciego y no tenemos comida ni agua, pero nos tenemos el uno al otro. Eso ya es algo. Algo precioso.


- Toda la vida es un acto de dejar ir, pero lo que más duele es no tomar un momento para decir adiós.





Y ahora en vosotros queda ver la peli y juzgar por vosotros mismos.









lunes, 10 de abril de 2017

breve reflexión.












Vivió obsesionada con gustar demasiado que se olvidó de si misma, desaprovechando el verdadero valor del momento.

martes, 4 de abril de 2017

El amor de mi vida





Descubrir un libro como éste en la estanteria de la biblioteca es todo un privilegio. Hablo del amor de mi vida, de Rosa Montero. Lo primero que me atrajo fue la portada. Una adorable anciana, frágil, solitaria, desprotegida, sosteniendo el preciado tesoro del mundo: Un libro. Rosa asi lo dice en un párrafo. A medida que he ido pasando páginas, Rosa va contándome las anécdotas e historias de grandes personajes de la historia, uno de ellos: Charles Darwin, quién odiaba el mar pero que descubrió en travesías las respuestas de la vida. Nos habla de Patricia Highsmith. Del corazón de las tinieblas de Conrad; del universo de Orhan Pamuk y su museo de la inocencia: pasión y delirio.
Nos habla de la belleza del monstruo de Mary W. Shelley. Nos habla de Marcos Giralt Torrente y la pérdida de su padre, ese dolor que deja la muerte de quienes más amamos. Nos habla de la inolvidable La Regenta, de Clarín. Nos habla sobre la persistencia de Stenbeck cuando escribió la historia de Arturo, en como creyó en su obra hasta el final pese a la desvaloración de sus allegados. Nos habla del mundo paralelo e inverosímil llamado Metrópolis, cuyo autor: Ferenc Karinthy creó. Nos habla de la extraña pareja Gertrude Stein y Alice B.Toklas. Y Navokob con su entrañable Lolita.
No quiero nombrar aquí a todos ya que sino estaría todo contado. 

Decidí coger esta preciosa obra de Rosa Montero y llevármela a casa. Aprender de ella. Tuve un presentimiento y acerté. He conocido más historias y he descubierto interesantes obras gracias a ella.

Rosa Montero no pasa desapercibida.



lunes, 27 de marzo de 2017

Este jueves un relato: circulo vicioso.



Anna estaba sentada en uno de los escalones de la pequeña biblioteca del pueblo. De vez en cuando metía su mano en el bolsillo izquierdo de su chaqueta y la dejaba allí, dándole vueltas a una pequeña peonza de metal que había conservado desde pequeña. Un amuleto, la fuerza de sus decisiones. Una peonza que representaba la constante lucha de la vida, un giro incansable y firme. El día estaba a su favor. En el cielo apenas había una nube. Últimamente Anna procuraba sentarse sola en todos los lugares. No se fiaba de nadie. Mirase donde mirase solo veía calamidades, egoísmo. En las esquinas veía jóvenes como ella pidiendo limosna, abandonados y sucios. Escuchaba jóvenes como ella pelearse por cualquier nimiedad. Navajas en los bolsos, en los bolsillos, en los calcetines. Droga envuelta y disfrazada. Zapatillas colgadas en las farolas y postes telefónicos. Miradas vacías y ausentes. Ojos inyectados de sangre. Pasos vacilantes, siempre a la defensiva. Jóvenes como ella que pasan las noches en locales atestados, con la música atronándoles los oídos, procurando que ningún momento se les escape. Unos apuntes tirados en una papelera, auriculares a todo volumen. Sus amigos también habían cambiado. Ya no se llamaban para quedar a pasear o tomar un refresco. Ahora sumergían sus rutinas en conocer a gente de diferentes opiniones, saltarse las clases, ir a discotecas para beber hasta emborracharse y perder el sentido, e incluso fumar hasta perder el aliento. Anna dejó de salir con ellos y llegó a la conclusión de que era ella misma la mejor compañía. Apenas veía los telediarios, solo de vez en cuando echaba una ojeada al periódico. Leía de todo, sobre todo narrativa y biografías. En vez de música actual escuchaba a Alexander Tarasov, Pavarotti y Chopin.

La nostalgia invadía su almohada. Cada noche antes de dormir pensaba. Pensaba sobre la vida, sobre ella misma, sobre el verdadero significado de la juventud. Pensaba en si algún día tendría el valor de entregarse totalmente a alguien y en las posibles cicatrices que la vida le daría.

Anna vio un grupo de jóvenes sentados no muy lejos de ella. Reían e intercambiaban entre susurros opiniones y tal vez algunas críticas. Anna no pudo evitar observarlos. Eran cinco: tres chicas, dos chicos. Uno de los chicos sacó de su cartera lo que parecía ser una pequeña caja de metal. Una de las chicas observaba a Anna mientras le decía algo al oído al otro chico. Las otras dos tenían la mirada cabizbaja y fumaban un porro. Anna empezó a sentirse incómoda. Sacó su mano del bolsillo y se abrochó la chaqueta. Tal vez debería irse. Sentía sus piernas como piedras. El chico que sostenía la caja de metal la abrió cuidadosamente y su mirada se perdió en ella. Anna le observaba con ansiedad. Un dejà vú. Había presenciado antes aquello. Un círculo vicioso. La juventud siempre latiendo en cada esquina, cada mirada. El deseo de encajar, saberse observada, sentir que existe. La peonza de metal parecía calentarse en su bolsillo. Debe ser el fuego de sus sueños, pensó. A través del reflejo del sol pudo apreciar lo que contenía aquella caja de metal. Era una joya de cristal en forma de lágrima. Se sentía desconcertada. Aquellos jóvenes que fumaban porros, escuchaban reggae y vestían con vaqueros ajados y camisetas con logotipos de rock, contenían una cosa tan valiosa como una joya. El chico sostuvo la lágrima de cristal entre sus dedos y la miraba con tanta admiración que Anna sintió un nudo en el estómago. Las dos chicas aplastaron sus cigarros con la suela de sus zapatillas y después se levantaron para marcharse. La otra chica se quedó con los dos chicos. Anna sintió como la vida de alrededor se paralizaba. Se sintió atrapada en un agujero cóncavo y gris. Se apartó un mechón de pelo que le tapaba parte del ojo, y dejó caer la peonza de metal. Los tres jóvenes la miraban. Las bocas semiabiertas, dejando escapar círculos de humo. Anna se levantó. El peso de su cuerpo parecía haberse quedado atrapado en aquel escalón. Se acercaron a ella. Frente a frente los cuatro permanecieron atentos el uno del otro, sin hablarse. El chico que poseía la caja de metal cogió con delicadeza la mano de Anna y depositó en ella la lágrima de cristal. Su tacto era frío pero suave, casi imperceptible. Anna cerró el puño y lo llevó a su corazón. Cerró los ojos y cuando los abrió ellos habían desaparecido.

La ciudad quedó congelada. Todas las personas quedaron en silencio, bloqueadas. Solo Anna respiraba y se movía. Fue entonces cuando leyó una noticia en el encabezado de un periódico que había encima de una mesa de la terraza de un bar.




“La juventud ha quedado atrapada en un circulo vicioso. Han caído en la trampa de la perversión y el vacío. Ha desaparecido la inocencia, la ignorancia. Han caído en el círculo de la guerra, la penitencia, el robo y la violencia. No hay compasión, entrega y respeto hacía el prójimo. Ha dejado de existir el poder de una lágrima”

Por primera vez Anna soltó todas las lágrimas del mundo, incluso las que provocaron las guerras y los traumas a lo largo de su vida y que había estado batallando dentro de su corazón. Era ella la prueba de la esperanza de una juventud no del todo desaparecida.

lunes, 20 de marzo de 2017

Mi planeta, tú.





Sobrevivo en el último bar de la esquina.

Suena en la radio una oda hacia el amor.

Convivo con el martirio de una copa de brandy.

He tejido palabras absurdas en servilletas.

Los de aquí apenas conciben miradas de compasión.

Hay abismo en sus ojos.

Sufro de nostalgia,

Entre tejados, salidas y nombres.

No te encuentro.

Deseo poder meter en un frasco todos los planetas sin que se escape ninguno.

Tú eras el planeta que más brillaba.

En mis manos, mis ojos, mi sonrisa.

Ahora eres Marte.



Eres un llanto sin sonido.

Una caracola ausente de mar.

Hubo un instante en que tus dedos sostuvieron la mujer

Que estaba explotando dentro de mí.

Nos sobran las ganas, nos sobran las palabras.

Nos sobra el placer, nos sobra la verdad.






miércoles, 1 de marzo de 2017

Este jueves un relato: historia en una escalera.





Su historia comenzó en el penúltimo peldaño de la escalera. Comenzó con una mirada. Luego los susurros en lo alto, en el rellano. Solía asomarse para observarla sentada en uno de los peldaños. Ella llevaba siempre un libro en el regazo, y usaba zapatillas converse. Había algo especial que le hacia seguir el ritual día tras día. Él aguardaba a que ella solo alzase la mirada y lo viese allí, de pie, solo y pensativo. Solía escribirle cuando llegaba la noche, le hablaba de lo hermosa que la veía, de lo solitaria y genuina que era su presencia. Y ella nunca leyó esas cartas. Las palabras se las tragaban las escaleras. Conforme pasaban los meses, ella sumaba escalones. En vez de sentarse en el mismo lugar, subía otro peldaño y allí se quedaba. Él solía escucharla hablar con sus amigas, solía oírle decir que la vida se le escapaba, que a veces incluso sus sueños eran como aquellas escaleras: empinados y estrechos. Sus amigas callaban, daba la impresión de que no sabían a que se refería exactamente. Pero él si lo sabía. También él se sentía perdido en vitalidad y deseo. Hasta que la vio por primera vez.



Una tarde de mayo ella escuchó por primera vez el susurro de sus labios. El de su admirador. Alzó la mirada. Él estaba allí. Sonreía. Y ella se sintió a salvo. En el penúltimo peldaño de la escalera ambos compartieron una historia que les llevó a traspasar los límites más hermosos de la vida. Decidieron ser libres. Él cogió su mano, miró sus ojos y dijo que ahora sus sueños ya habían alcanzado el camino. Había subido a lo alto. Habían aprendido el uno del otro sin darse cuenta. Aquellas escaleras tenían la respuesta.

domingo, 5 de febrero de 2017

Este jueves un relato: Dias de nieve.







La nieve que cae son lágrimas de cristal. Pronto los tejados son arropados por abrigos blancos. Observo por la ventana. Asomo mi mano. Me lleno de nieve, son besos de terciopelo. Es un día colmado de paz, silencio. Es un susurro del cielo. El invierno. Me permito disfrutarlo, pocas ocasiones son las que el nieve viene a vernos. En la calle pasea una niña sola, vestida con un abrigo rojo. Su pelo rubio se funde con la blancura del día. Apenas distingo su rostro. La veo de espaldas, caminando tan despacio que cada pisada es una caricia. Es la pequeña Reina de las Nieves. La escucho susurrar algo, y después desaparece en la esquina. El silencio vuelve a inundarme.

 Días de nieve leo en las portadas de los periódicos. Chimeneas que escupen columnas de humo. Mi calle es una cintura estrecha. Apenas pasan sombras. Cuando los oigo caminar me asomo. Soy participe de sus soledades, inquietudes. La fotografía de un bebé reposa sobre la estantería. Vuelvo a verla con la esperanza rota. Hace años me la robaron. Fue un día de nieve cuando la sostuve por primera vez en mis brazos, la cálidez de su frágil cuerpo sobre mi pecho. La felicidad parida de mis entrañas. Jamás había amado tanto a alguien como la amé a ella en ese instante de mi vida. Después me la arrebataron y horas después dijeron que estaba muerta. Mi hija muerta. ¿Cómo puede un dolor así hacerte levantar? Nunca he dejado de rezarle, de soñarla.

 La pequeña Reina de las Nieves vuelve a hacer presencia y yo me conmuevo con su presencia. Vuelvo a verla con su abrigo rojo y su pelo rubio y por un momento no sé si es producto de mi imaginación, si acaso ella existe. Pero la escucho susurrar, hablar por lo bajo. Y distingo un pequeño sobre en su mano. Me oigo preguntarle si necesita algo, si acaso se ha perdido. Y ella me mira. Tiene un rostro de muñeca, ojos pequeños, tal vez vacíos. Me dice que busca la boca de un buzón, un nombre que no logra encontrar. La invito a entrar. Por un momento se queda quieta, debatiéndose entre aceptar mi invitación o desaparecer en la esquina. La nieve empieza a adherirse con espesura sobre su abrigo y su pelo. Hace frío, sube, vuelvo a decirle. Y ella por fin acepta. Sus pasos cortos y tímidos suben por la escalera. Cuando llega a mi puerta, veo por fin su rostro de cerca. Algo en ella me fascina, me hace pensar. Me parece haberla visto en alguna parte. Me da el sobre ya arrugado y manchado de agua seca. El contacto de su mano es una leve caricia. Mi corazón palpita con fuerza. En el sobre pone un nombre, el mío. Y debajo una frase:


- Mi madre.

jueves, 26 de enero de 2017

Este jueves un relato: soledades




Vivo a diario una retahíla de emociones y soledades. Paseo por pasillos silenciosos y llenos de vida. En cada habitación se esconde un alma que ha vivido los suficientes años para contar sorprendentes historias. Sus rostros estàn marcados, llenos de mapas. He visto soledades preciosas, carentes de tristeza. Y hay otras soledades que no pueden aliviarse. Están sentados en sus correspondientes mesas, no queriendo entablar conversaciones. Se refugian en ellos mismos, entre fotos, recuerdos y rutinas. He oído de sus labios que los años son los que traen la soledad. Que es duro ver como te arrugas y que no logras decir lo que ansías. La vejez es la última cosa que uno espera de si mismo. Algunos cuelgan espejos detrás de las puertas, otros no quieren volver a verse nunca más. Los hay que esperan visitas como si esperasen el mayor regalo de sus vidas. y también los hay que prefieren estar solos, porque para ellos ya es suficiente, han hecho lo que tenían que hacer. Están ahí para esperar, para irse con la mayor alegria posible. Nuestro trabajo no solo consiste en cuidarles y limpiarles. Va más allá. Nosotros abrazamos sus soledades, procuramos iluminar sus miradas y sonrisas. Procuramos que se vayan de este mundo con la mayor paz posible, amándolos por como son, aceptándolos.


Mi trabajo es duro y un poco triste, algunos lo pensarán. Pero la recompensa es preciosa. Es verlos bien, cuidarlos, hacerles ver que aún sirven para hacer lo que deseen. Hacerles útiles y maravillosos. Es hacerles sobrellevar un poco mejor la soledad que cargan en su corazón.

Ella







"Cierro dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacía la luz".


(Extracto del libro el grito silencioso, del autor Kenzaburo Oé)

Estaba irreconocible, tumbada y dormida, lejana. Le habían asignado una habitación en la planta de cuidados intensivos. La estancia estaba en penumbra. No se escuchaba ningún ruido, solo el de su respiración. La única compañia que tenia era la de su hija, que sentada en el sillón, la observaba como si desease decirle tantas cosas. La noche se había presenciado. Tocaba esperar, con la esperanza de volver a verla bien, tan ella. Quejándose de todo, pero siempre con una sonrisa, y siempre hablando. Se tambaleaba cuando caminaba unas millas, percibiamos el olor de su discreto perfume, y reíamos al ver su cabello que nunca estaba en orden. La llamábamos por su apellido, nunca por su nombre. Cuando comía, siempre le daban las horas. Masticaba cada alimento como si fuera el último, sin hablar apenas con nadie, siempre tan suya. Decía que no se sentia afín con el mundo, que aquel no era ya su hogar, que ella ya estaba lejos. Antes de dormir solía mirar el retrato de su esposo ya fallecido. Pensaba, siempre pensaba. Tenía un rostro bonito y terso, el rostro de una mujer que le ha gustado lucir hermosa. Fueron pasando los días, y con ellos su debilidad. Le gustaba encerrarse en su habitación y en su silencio, en la antepenúltima habitación del pasillo, con la puerta semiabierta. Se despertaba con nuestra voz. Era una de las cosas que recordaba, nuestra voz, la que tanto se había acostumbrado y a la que ahora no podia prescindir. Su rostro empezó a cuartearse y palidecer. Sus facciones estaban flácidas, ensombrecidas. Sus manos frágiles y casi rotas. La mandíbula ya era una caja vacía de dientes. Y su voz... su voz empezaba a desaparecer, perder su tono. El tiempo, decia ella, era una sala de espera.

Es duro verla postrada en otra cama que no es la suya, vestida con un camisón, y no con su falda y camisa. Es duro saber que su habitación pronto perderá su luz y que la puerta antes semiabierta, se irá cerrando poco a poco.


https://www.youtube.com/watch?v=cM5G3a-XOjU&list=PLtVCxuIWSa_4ts4GKnZSHT6C49LFyMURS&index=2


Esta canción es para ti.





viernes, 20 de enero de 2017

Relato juevero: De tutores y tutorias







Sólo estábamos la madre de la amiga de mi hija y yo. La clase aún estaba vacía, con ese pequeño desorden que dejan los niños. La pizarra estaba manchada de tiza borrada. Me pregunté que tema habian dado ese dia. Recordé escuchar a mi hija quejarse de lo aburrido que era estar alli. La tutora aún no aparecia. Ambas empezamos a mirarnos nerviosas. No escuchábamos nada, ni siquiera pasos. Pasada media hora decidimos tomar cartas en el asunto y preguntar a alguien si la tutora vendria o no. Salimos de la clase y buscamos. No habia nadie en el pasillo. Era como un colegio fantasma. Hasta que oímos un sonido muy peculiar en una puerta. Ambas nos miramos y asentimos. Cuando abrimos la puerta vimos entre fregonas y cepillos de barrer a la tutora haciéndoselo con el conserje. Ya os imaginaréis la cara que se nos pondría a los cuatro.

jueves, 19 de enero de 2017

Este jueves un relato: ¿Juegas conmigo?













Tenia ocho años cuando conocí a Cloe. Aquel día yo jugaba en mi balcón y su voz despertó mi mundo. Ella estaba a dos balcones del mío. La escuché llamarme con un silbido. Al principio no supe que se dirigia a mi. Cuando nuestros ojos se encontraron supe que yo era la elegida. Recuerdo que esa mañana el cielo tenia destellos rosados. Me preguntó como me llamaba. Dijo que se llamaba Cloe. Quedamos en vernos en nuestra calle. Tenia los ojos bonitos, de color celeste. Las mejillas finas y delicadas y una amplia frente limpia. Su pelo rubio se ondulaba por las puntas. Jugamos al escóndite y soliamos llamar a los timbres de las puertas para después salir corriendo. A Cloe le divertia mucho.

-¿No crees que estamos siendo niñas malas? - le pregunté con la conciencia de no saber si lo que haciamos era lo correcto o no.

-Somos niñas, y a nuestra edad es normal tener travesuras- dijo con los ojos brillantes.


A veces Cloe se refugiaba en su mundo y no me permitia entrar en él. Solia verla sentada en su balcón, con las piernas cruzadas y la mirada cabizbaja. Yo le preguntaba que le pasaba y ella me decia que no tenia ganas de hablar. A veces yo bajaba a la calle y daba cortos paseos, buscando alguna distracción. Un grupo de niños buscaban en un contenedor de basura. Me acerqué a ellos y quise participar pero decian que las niñas no podian entender aquel juego. Enfadada y aislada volvia a casa. Pasaban días hasta que Cloe llamaba a mi puerta. Cuando estábamos juntas éramos como invencibles. Nada me daba miedo. Las horas escapaban a nuestro control.
Me gustaba estar a su lado. Era como la hermana que nunca tuve. Soliamos jugar a la rayuela, al pilla pilla y a juegos de mesa. En ocasiones buscábamos tesoros qué descubrir. Nuestra calle solo tenia balcones y edificios, era una calle pequeña de un barrio pequeño. Pero para nosotras era todo un descubrimiento. Había un pequeño jardín correspondiente a una casa y se nos tenia permitido jugar allí. Nuestro mayor descubrimiento fue una família de gatitos que se encontraban viviendo en un edificio abandonado. Los escuchábamos maullar pero no podíamos entrar. Con el paso del tiempo, dejamos de oírlos.

A Cloe le entristeció mucho. Intentaba animarla, pero volvía a sumergerse en si misma. Una tarde de lluvia ella llamó a mi puerta. Mi madre la invitó a pasar y ambas nos metimos en mi habitación. Estaba más silenciosa que otras veces, lo cual me resultó extraño. Le pregunté que le pasaba y tras un breve silencio dijo que se mudaba. La noticia me golpeó. La lluvia repiqueteaba con furia la ventana. Era como si también ella se sintiera como yo. Cloe cruzó las piernas y bajó la cabeza. Aquella tarde los ojos de Cloe tenian un color más apagado. Apenas distinguí en ella a la niña aventurera y traviesa que conocí. Cloe había madurado.

-¿Pero adónde te marchas?- pregunté sintiendo como el suelo de mi habitación dejaba de existir.

-Mis padres dicen que al Norte- respondió en un susurro.

No volvimos a hablar. Nos quedamos allí sentadas, haciéndonos compañia, asimilando la noticia. Sabíamos que aquello nos separaria.

-Nos mandaremos cartas- dijo con esperanza.

Nos lo prometimos. El dia que Cloe se fue yo bajé a la calle para despedirla. Era la primera vez que veía a sus padres. El maletero de su coche estaba lleno de maletas. Sus padres no decían nada. Cloe estaba sentada en el asiento de atrás. No dejamos de mirarnos. Cuando el coche arrancó, mi corazón también lo hizo. Cloe se despidió de mi sacudiendo con tristeza su mano.

Cada año ambas nos mandábamos cartas, como habíamos prometido. En una de esas cartas solo rezaba una frase: ¿Juegas conmigo?
Sentí el impulso de asomarme en el balcón y allí abajo estaba ella, sonriéndome como el primer día que nos conocimos.



miércoles, 11 de enero de 2017

Sobre el hielo.



















Como voy a empezarme el nuevo libro del autor Anthony Doerr, y como he visto que antes de empezar la historia hay un texto que lo inicia, he decidido compartir con vosotros dicho texto, el cual me ha resultado interesante y reflexivo.




"Tiene que haber una explicación concreta a que, cada vez que empieza a caer nieve, su formación inicial sea siempre la de una pequeña estrella de seis puntas. Porque, si ocurre por azar, ¿Por qué no caen también con cinco ángulos? ¿ O con siete? ¿Quién talló el núcleo, antes de que cayera, hasta formar seis picos de hielo?"


(Sobre el copo de nieve hexagonal, de Johannes Kepler, 1610).





martes, 10 de enero de 2017

El poder de una mirada.

Aquella mañana el cielo estaba cubierto de tristeza. Decidí ir a una cafeteria a la que suelo frecuentar. El local estaba atestado, pero logré un sitio. Un grupo de tres mujeres parloteaban y chismorreaban sobre una conocida. Frente a ellas dos hombres vestidos de traje y hablando de negocios, supuse. Pero lo que llamó mi atención fue una pareja que estaba sentada a escasos metros de mi. Solamente se miraban, cómplices el uno con el otro. Los ojos de ella parecían ocultar secretos. Los de él revelaban algo más. Tal vez deseo, arrepentimiento o admiración. Era difícil saberlo. Una cosa si estaba clara: reflejaban armonía. Jamás había visto tanto amor y silencio en una mirada. No pude evitar observarlos. Ella se relamía los labios. En más de una ocasión se besaban como si fuese la primera vez. Sus besos eran sonoros y dulces, como si estuvieran saboreando un caramelo. A pesar del ruido, ellos parecían lejanos, inmersos en ellos mismos. Él acariciaba la mejilla de ella, y ésta cerraba los ojos.
Bebí a sorbos mi café, saboreando el tiempo, siendo cómplice de aquel momento. El entorno pareció dejar de existir también para mi. Observé sus tazas, estaban vacías. El móvil de ella interrumpió el encanto. No tardó en cogerlo. Su voz era preciosa. La oí decir: Si, lo sé, no es fácil. Quiero que entienda una cosa, déjenos tranquilos. No, él no está.

Y colgó. Después él volvió a acariciar su mejilla y ella volvió al dulce silencio que les pertenecía.