martes, 18 de octubre de 2016

La chica.



La noche se presentaba tranquila, sin la caricia de una brisa que hiciese rodar las latas vacías de las calles. El taxista bebió el último trago antes de comenzar su habitual jornada laboral. No era alcohol lo que ahogaba su garganta, solo breves sorbos de licor de menta. En el coche sonaba nights in white satin. Las calles a través del retrovisor se preveían desiertas, recién regadas. Abandonadas de bullicio, sin testigo alguno. Recorrió varias veces el mismo distrito hasta que reparó en una esquina iluminada por una tenue farola. Bajo ella había una chica arrodillada con mal aspecto, vestida de fiesta. Acababa de salir de algún local, o eso parecía. Llevaba medias de rejilla y la falda, extremadamente corta, dejaba visible su ropa interior rasgada y el encaje sucio. Bajó la ventanilla, y preguntó a la joven si se encontraba bien. Ésta mostró la cabeza gacha. Creyó ver una leve negación. Le preguntó cómo se llamaba. Ella respondió un silencio, una respiración honda, una mirada triste. Y balbuceó que tenia varios nombres y ningún apellido. Debía estar borracha, pensó él. Una chica con esas pintas a las tres de la madrugada, tan desolada y desprotegida, con hedor a alcohol de tres al cuarto, lo decía todo. Él se ofreció a llevarla a algún sitio. Ella por fin alzó la mirada. Tenía el rímel corrido, las mejillas embadurnadas de colorete barato. Los labios solo eran sombras rojizas desteñidas. A él le recordó el rojo amanecer de una triste tarde de verano rota. Ella se levantó tambaleándose y finalmente entró en el coche. Él comprobó en el espejo ese silencio incómodo.
-¿Cuál es tu edad?
-¿Acaso importa?
- No, supongo que no.
-¿Cuál es tu dirección?

Ella respondió: el cuerpo de un hombre. La chica llevaba tacones rojos. Le pidió que la dejase en otra esquina. Pero él no lo creyó buena idea. Decidió mantener la ventanilla bajada, para que el frío de la noche penetrase en el coche y así eliminar un poco el olor de ambas soledades. Me gusta esta canción, dijo ella. De repente prestó atención, se dio cuenta de que llevaba rato escuchando la misma canción, la había puesto a modo repetir. A él también le gustaba. Conducía lento durante bastante rato, recorría bulevares y calles con rótulos manchados por el tiempo, a veces hasta era complicado saber qué calle cruzaban. La noche mantenía una promesa, un principio. Al ver los ojos de ella él pensó que era una pena que se mostrasen tan vacíos y fríos. Que pérdida de juventud, que pérdida de buenas experiencias. Qué pena que buscase ella corazones como el suyo en aquellas plazas olvidadas. De vez en cuando él la observaba a través del retrovisor, sin cansarse, procurando no ser irrespetuoso. Pero ella buscaba sentirse sucia, para él, para los hombres, para cualquiera. Pedía placer en sus labios relamidos por su lengua sedienta, borrando más aún las manchas rojas de carmín. Despreciaba su edad, la belleza de su cuerpo. Sólo deseaba que la arrodillasen, que la forzasen a lo que ya se ha había hecho costumbre. No era una historia triste, pensó él. No, aquella mujercita sólo buscaba el placer de la única manera que sabía hacerlo. La palabra mujer de calle equivalía a indecente, puta, sucia y marginal porque solo miramos fuera, y nunca dentro de ellas. Ella estaba vacía, pero no era un vacío desagradable, era otra clase de vacío. Y él no podría alcanzarlo. Podría haberle permitido ser sucia con él, pagarle lo acordado. Pero la noche era tranquila, hermosa, y ella merecía una noche hermosa. Por eso él se atrevió a parar el coche. Se giró hacía ella. Sólo la miraba. Ella empezó a quitarse la blusa, subirse la falda. Jugar con eso. Y sin embargo, aquella penumbra se lo impedía. Se quedó tal cual así, sin mover ficha. Él se sentó a su lado. Acarició sus mejillas, estaban un poco pegajosas. Metió dos dedos de su mano entre los labios de ella, rozando su aliento, sus dientes. Y la besó. Un beso pequeño, delicado. Con sabor a menta. Ella mojó de lágrimas el ángulo del cuello de su camisa. A él no le importó. Su mujer se daría cuenta, vale. Un taxista se enfrenta a miserias humanas y encuentra lobos solitarios a partir de las doce de la noche. Ella se quedó un rato así, llorando en su hombro. Él aspiró el perfume apenas impregnado en la piel de su cuello. Una mezcla de almizcle y rosa. Eres demasiado joven para estar bebiéndote las calles, le dijo. Ella se limpió las lágrimas con el dorso de su mano. Vació el bolso en el asiento y se retocó los labios con un envejecido perfilador. Es lo único que sé hacer, respondió con una sonrisa más limpia. Bajó del coche. Él la vio alejarse, con su falda bien levantada, el asomo de sus bonitos cachetes, mientras la canción volvía a iniciarse.