lunes, 15 de junio de 2015

Tus labios y mis lágrimas

Cada lágrima se deshacía frente al espejo. Ofrecías la blancura de tu camisa, impermeable, para que mi llanto fuese más limpio. La verdad quedó oculta en una habitación de números invertidos. Decías que no tenías corazón, y yo luchaba contra esa afirmación. Quisiste demostrarme que estaba equivocada. Tu corazón estaba cansado de tanto wiski y distancia. Anhelabas el roce de mis labios, que eran plumas ante tus dedos. Mi piel era tu mapa. No había posesión, ni celos. Solo un respeto exquisito que quedaba guardado en tu sonrisa. La blusa se me escapaba entre los hombros, pronto tus uñas dejaban su huella en mi deseo. Ofrecía lo mejor de mí. Nos esperaba un baile, una unión tan íntima que temíamos su roce. Tienes el corazón cansado, hambriento. Procuro alimentarlo con tu permiso.
El deseo es una puerta abierta: la llave de tus ojos cuando dudo si me dejarías entrar, sabiendo que acabaré siendo utilizada por tus instintos salvajes. Pero me gusta saberlo. Queda bonito descifrarlo como mejor sabemos.
Me preguntas si te permitiré besarme. Y yo te respondo con el silencio más hermoso.