lunes, 7 de septiembre de 2015

Lluvia



Dices que llueve, allí por la sierra. Los visillos de un blanco ahumado acarician la estancia de tu escondite. Te imagino sentado en el filo de la cama, con las manos sobre las rodillas, mirando hacia ninguna parte.
Me dices que llueve. Que el sonido te lleva atrás, hacia esos días entre pastos, rezos y armonía. Sonrío al imaginarlo, te sonrío desde este pequeño rincón del mar, donde solo me acompaña el crujido de las barcas y el golpeteo de las olas. El cielo es un beso infinito de acuarelas naranjas y rosadas.

Cierro los ojos y decido sentarme a tu lado, invisible. También escucho la lluvia caer, como gotas pegajosas a las que les cuesta desprenderse de los cristales. Tu mano sigue en tu rodilla. Percibo la callosidad de tu piel, la fragilidad de los años. Aún tus labios sellan palabras. Pero me gusta trasladarme hacia donde estás. Me gusta acompañarte cuando te sientes solo ante la vida, y de esa manera me ayudas al mismo tiempo. Acompañarse mutuamente, como dos viejas almas que empiezan a esfumarse, siempre latiendo una al lado de la otra. Mientras la tarde se escapa entre el silencio el olor acaricia mi nostalgia. El olor a tierra húmeda, sembrada. Y yo desde este rincón del mundo, me empapo ante tu recuerdo.

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