jueves, 7 de mayo de 2015

Él


Una mañana decidí ir a una cafetería cerca de casa. Aquella misma mañana un hombre alto, recio y andrajoso entró por la puerta de la cafetería. Quiso algo para comer, sobre todo algo dulce, como una ensaimada. Pero la camarera le ignoró. Le dijo en un tono suave que tenía que pagar. Él rebuscó en sus bolsillos, pero no encontró nada. Fue entonces cuando nuestras miradas se encontraron. Él quiso que le invitara, pero yo tenía lo justo para mi café. Al ver mi libreta abierta llena de palabras, me preguntó qué escribía. Historias, le respondí. Pero él se mostró interesado. Me preguntó qué tipo de historias y me encogí de hombros.

-Quédate con mi imagen- me pidió.

Observé su rostro. Ojos pequeños, bolsas hinchadas bajo los párpados debido al insomnio. Barba incipiente, pincelada de hebras blancas. Labios finos y morados. Sus manos grandes tenían un aspecto herido, con costras. Las uñas sin cortar, negras y llenas de suciedad. Pero yo miré principalmente sus ojos. Eran los ojos más desesperados que vi en mi vida. Emití con los míos seguridad, tranquilidad. No quería que pensase que le tenía miedo o asco. He de admitir que en un principio mi corazón latía asustado, pero mis latidos fueron tranquilizándose cuando nuestra conversación transcurrió sin peligro. Me habló de algunos libros que había leído.

-¿Sabes qué hora es mágica para escribir? De cinco a seis. Si señorita, hazme caso. – Puso su mano sobre mi silla- escribe si lo deseas sobre este momento. Pero no digas toda la verdad. Hazme nacer en tus palabras. Ponme limpio, pulcro y afeitado; bien peinado y ropa decente y planchada. Hazme olvidar un pasado turbio, libre de drogas, sin nadie a quien odiar o despreciar. Hazme volver a ver la cara de mis hijos cuando los tuve por primera vez en mis brazos. Hazme rico, con una enorme casa y placeres. Tráeme una mujer a la que amar sin tener miedo a que me engañe. Homenajéame solo por hoy.

Su aliento olía a tabaco. Por un instante temí que su saliva cayese en mi café. ¿Cómo podría beber sabiendo que bebería las penas de un hombre que una vez lo tuvo todo y ahora no tiene nada salvo un colchón lleno de chinches y la ayuda de una asistenta social?

-He de irme. Vuelvo al infierno- dijo señalando la calle- vuelvo a la oscuridad de mi vida. Recuerda esto: las mujeres son la locura del hombre.

No pude evitar sonreír.

La camarera me hizo señales para que ignorase a aquel hombre pero no estaba en mi naturaleza ser cruel o hacer como que no existía una persona que solo quería hablar, ser escuchado. Salió de la cafetería alzando su mano en modo de saludo y lo vi caminando calle abajo, haciendo eses.

Removí el café ya frío  y recé para que aquel hombre encontrase paz en sí mismo.     

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