jueves, 7 de mayo de 2015

Alojados (1º Versión)

Tras la ventana, apenas unos peces saltaban en el lecho seco del mar. El océano vacío, el aire en calma. La ciudad pausada. Y tus sueños, no los encontré. ¡Dormías! A los pies de la cama, tu sujetador se enredaba contra mi cinturón. La vecina de habitación, inmóvil, encontraba mi mirada sobre su cuerpo desnudo. Soltó la cortina sin correrla. Se acercó al cristal. Descubrió, para mí, la intimidad que tapaba su mano. Hizo gestos, quería verme y que me mostrara para ella. Aguantó junto a la ventana hasta el final. Toqué la hebilla de mi cinturón y dejé libre los pantalones. Me senté cerca. Escuché tu respiración entre las sábanas. Tentado entre dos mujeres. Durmiendo una, ofreciendo sus sentidos la otra. Ambas hermosas. ¿A cuál me debía? Abrí los visillos. Te revolviste luciendo inconscientemente tu busto. Te rocé bajo la sábana. Sentí. Dibujaste una pequeña sonrisa, sabías que estaba acechándote, esperando. Tus ojos cerrados, deseosos de ser compartidos. Las dos para mí. Bajé la cremallera. Nos retamos. Estaba a punto de reventar. Guié mi mano. Delicioso, palpar mojada la concavidad perfecta. Toqué, aun sintiéndote dormida, sabiendo que participabas. Miraba, a la vez, por la ventana. Ella también se hacía sentir, imaginando que los suyos eran mis dedos. Vi como lamía sus yemas y las deslizaba por su pecho encontrando el vértice, como si de una caracola se tratase dejando el rastro de humedad marcado en el mapa de su piel morena. Su mano apretó el cristal. Sus labios emitieron un sonido. Escapaba de su cuerpo. Tú arqueabas la cintura ofreciéndo más. Mis dedos empapados. Mordiste los labios y por fin, tu cuerpo se convulsionó. Seguías dormida. Desnudas las dos. Ella parecía saberlo y miraba tras de sí para comprobar que él no había despertado. Empujó su dedo y me lanzó un beso marcando el carmín sobre el vidrio. Atrevido, excitante. Nuestra sábana se dividió en dos. Dibujó un recorrido hundido de cuerpo femenino y formas tentadoras. Tomé mi albornoz y le indiqué que saliera al pasillo. Se había ido. La huella de su mano quedó marcada en el cristal. Verla al otro extremo del corredor me excitó. Actores de un duelo desenfrenado y deshicimos la distancia hacia el otro. La noche nos cubría y fundimos los cuerpos sin cambiar palabra, antes de regresar sudados hasta los respectivos baños de nuestras habitaciones. Bastaron diez minutos para volver a las ventanas. Las sonrisas y los halos del sofoco empaparon la transparencia. Clavamos dos números de teléfono. Descarada, anota el teléfono. Abre los pies delante de mi impasividad, dejando caer de su refugio unas lágrimas ajenas y propias. Bajan por su pierna hasta empapar la alfombra. Y mantiene los ojos clavados sobre mi silueta, sobre mi intención, sobre mi esperanza. Diez segundos para una promesa eterna. De intimidades abiertas y sueños inalcanzados, rotos. Al fin. Apenas un camino sin huellas en la arena. Adivinarse, verse, jugar. Mecer como olas un vestido blanco. Noches de hotel y vino en la garganta. Marcas de uñas en la piel y labios hinchados. Tu luna llena troceada sobre el suelo. La alfombra caliente tras los envites de pasión y carnes de venas ardiendo. Tu perfume entre mis dedos. En mi garganta su carmín. Vacío del todo y ausente de intención. Sin olas sin rumor, sin sabor salado. Todo lleno de nadas. Escupiste y cepillaste los restos para que el caudal limpiara todo. La luz de tu cielo era mi oscuridad. Llena para ti, nueva vacía para mí. Entre tu cariño y su atrevimiento, entre tu bondad y su determinación, entre tu juventud y su experiencia, entre tu armonía y su descaro, atrapado entre... Con una perfección capaz de crujir en tristes pedazos nuestras felicidades. Con un generador inagotable, dentro, que llevó mi vida sobre las láminas de Marte.

PK&SGM

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