viernes, 30 de enero de 2015

Un poco de mí

Tiene algo de delirio esto de escribir. A veces se desea matar los dedos de tinta y hacerlos doler de palabras. A veces, no dan de por sí. Se rebelan, se retuercen, no quieren ceder a nuestros deseos. Cuando quiero acudir a mi musa, ella juega a perderse y no acude a mi llamada. Hay tantos caminos llenos de historias y yo me pierdo entre todos ellos. Alguien me dijo una vez que escribir mentalmente también te hace ser escritora. Cuando no tenemos fórmulas o iniciativas o no sabemos cómo comenzar, podemos acudir a la fuerza del pensamiento. Es el único que no me ha fallado hasta el momento. No sé si tengo pudor ante la hoja en blanco. Veo pureza, una capa blanca que queda más hermosa con palabras impresas. A veces no logro terminarla, y la dejo medio manchada de ideas. En casa, no logro inspirarme. Es en los cafés o en la biblioteca donde lo consigo. Supongo que a muchos les ha pasado.
Estos días he leído a Marguerite Duras. Adoro a esa mujer. Tiene ese delirio de expulsar todos sus fantasmas y proyectarlos en sus libros. Después, se deshace de sus vómitos literarios arrojándolos a la chimenea. No quiere pertenecerse a sí misma en esas hojas. En este libro suyo: la vida material, se abre más al lector. Muestra sus miedos, sus locuras, sus reflexiones, el mundo que gira a su alrededor y que ella no logra darle el color correspondiente. Es una de las grandes escritoras y ella no se considera como tal. Me gusta su mirada que tanto dice y tanto calla, y esas frases tan suyas, tan de su estilo. Aún permanece en ella la niña que fue. La infancia en Saigón y sus amantes. A pesar de tantos años, no ha podido olvidar a ese amante chino. Fue un deseo tan joven, peligroso. Un deseo sobrepasado en límites. Pero gusta leerlo. Te hace formar parte de ello.
A veces me ocurre que quiero leer tanto que enloquezco. Termino un libro, empiezo otro y así sucesivamente. La vida no es larga, está hecha a medida. Supongo que de ahí viene mi prisa por vivir, por alcanzar metas y no equivocarme. Pero he aprendido que para aprender, para crecer, para hacerte más fuerte, has de caerte, de romperte, de volver a reconstruirte. He aprendido que el tiempo tiene tanto que decir y que demostrar. Se extraña la juventud, las salidas con los amigos hasta que la noche se espese. Se extraña las calles de siempre, los locales y gente de siempre. Se extraña los cafés y tertulias literarias junto a aquellos que son mi segunda familia.
Hoy quería escribir un poco sobre esto. Un poco de todo. Una pizca. Debe ser el tiempo este que hace que la sensibilidad crezca. El invierno siempre me ha resultado muy nostálgico. Tengo esta tendencia a sensibilizar las cosas.

Ahora toca leer a Jacques Chauviré. Voy a ver qué historia tiene para susurrarme. 

3 comentarios:

  1. Me parece estupendo lo que has escrito incluido hasta un consejo para cuando fallan las musas.

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    1. Gracias linda. Me alegro que te guste :)

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