sábado, 29 de noviembre de 2014

La domadora de olas



Domo las olas que llevan tu nombre.
Soy esclava del amanecer cuando despinta el infinito.
Clavo en la arena una promesa,
El agua lame mis heridas.
En la noche me posee la luna,
Me hace ser de sangre blanca,
Carne de plata.

El mar me vio nacer,
Me vio ahogar mi pelo para desenmarañarlo de absurdeces.
Ha vencido mis derrotas,
Ha agitado mi pecho cuando las olas rompían las orillas.

Me llaman domadora de olas,
Porque el agua sube hasta mis ojos
Y cada balanceo es una victoria.
Susurro canciones para hacer dormir la tempestad.
Me pierdo en la profundidad, vuelvo a resucitar,
¡Bendita gravedad!

Domo la esperanza que se disuelve en la espuma,
La arena tan fina y suave,
Me lleva a leyendas.
Cabalgo sobre las olas con mi risa,
La corriente me arrastra, la arrastro,
Somos el principio y el final.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Linea rota







Recibió una llamada ya entrada la noche. Al descolgar, percibió el aliento de una pasión que había estado dormida.

-No, que no noten el temblor en tu voz- advirtió él.

Ella tragó saliva. Contestó suavemente.

-Después de tanto tiempo…- no pudo continuar.

Silencio incómodo.

Él quiso saber cómo estaba ella. Sola. Estaba sola, como siempre. Había dejado su vida en esa pequeña ciudad. Ahora estaba viviendo nuevas experiencias. Años atrás, había amado a ese hombre que se perdió a través del tiempo. Fue su mentor, maestro y amante.

-No me pidas el mundo, aún no estoy en él- le dijo cuando ella acercó sus labios.
No ha olvidado la sensación de su cuerpo sobre el suyo. Su aliento en la curva de su cuello. Nunca supo su verdadero nombre. Para él estaba prohibida la naturalidad y el comienzo de una historia que les perjudicaría. Con el teléfono temblándole en los dedos, se aferró a esa voz que no estaba preparada para oír marchar.

-He de colgar. Me esperan. Solo quería saber si estabas bien- dijo él.
Ella sintió las lágrimas manchar sus labios. No había fuerza en ellas, pero reclamaban una respuesta.

-¿Volverás?-preguntó con esperanza.

Silencio al otro lado de la línea.

-Siempre que me lo permitas- contestó. Después solo se escuchó la prolongada secuencia de una línea rota. 

 https://www.youtube.com/watch?v=_Qu4W_20oV0

viernes, 21 de noviembre de 2014

Gracias, Charles.



Me pareció apropiado compartir esta reflexión de Bubowski, que en los tiempos que andamos, nos ayuda a reflexionar y valorar la auténtica sed del alma. Muchas veces, me he sentido infravalorada, como les suele ocurrir a muchos. Cuando hay días en los que no escribo, siento que algo me falta. Y ese vacío se va llenando a medida que creo una historia, aunque sea mínima o breve.  Ciertamente, nadie puede salvarse salvo a sí mismo. La dependencía hacia un amor o estabilidad nos hiere cuando se aleja de nosotros. Aprendemos a amar a los demás, pero difícilmente a nosotros mismos.


Y ahora, he aquí a Charles:




Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
te verás una y otra vez
en situaciones
casi imposibles.
intentarán una y otra vez
por medio de subterfugios, engaños o
por la fuerza
que renuncies, te des por vencido y/o mueras lentamente
por dentro.

nadie puede salvarte sino
tú mismo
y será muy fácil desfallecer,
pero muy fácil,
pero no desfallezcas, no, no.
limítate a mirarlos.
escucharlos.
¿quieres ser así?
¿un ser sin cara, sin mente,
sin corazón?
¿quieres experimentar
la muerte antes de la muerte?

nadie puede salvarte sino
tú mismo
y mereces salvarte.
no es una guerra fácil de ganar

pero si algo merece la pena ganar,
es esto.

piénsalo.
piensa en salvarte a ti mismo.
tu parte espiritual.
la parte de tus entrañas.
tu parte mágica y ebria.
sálvala.
no te unas a los muertos de espíritu.

mantente
con buen talante y garbo
y al cabo,
si fuera necesario,
apuesta tu vida en plena refriega,
al carajo las probabilidades, al carajo
el precio.

nadie puede salvarte sino
tú mismo.
¡Hazlo! ¡sálvate!
entonces sabrás exactamente de
qué hablo.



Charles Bukowski.



domingo, 9 de noviembre de 2014

Justin



-¡Sí! ¡Dígame!

-¡Eh! Vístete. Necesito un café.

 Él ya está acostumbrado a esos arranques de euforia.

-De verdad, no sé por qué a veces te comportas así- Me suelta una vez sentados en mi cafetería preferida. Me pido dos cafés solos, porque uno no hace nada. Mi sistema nervioso se ha vuelto inmune a los Red Bulls, bebidas energéticas y jalea real.

Hablamos sobre el tema de moda: la situación del mundo. Nos enfadamos. Nos frustramos. Nos miramos. Siento que le quiero, pero también le odio.

-Pequeña, ¿sabes que me encantas?

Sé esa frase de memoria. Es miércoles. Se me acaban de romper los pantalones. Él ríe. Lo encuentra sexy. Debería ir al servicio, pero hay que cruzar un largo pasillo carente de luces. Los pasillos no me gustan nada porque son bocas de ogros. Eso solía decir Justin de los pasillos del instituto. Esperábamos ansiosos a que nos contara uno de sus historias de terror. Inventaba títulos escalofriantes como: El apuñalamiento de Míster Rock; Tripas revueltas; Psicofonía maldita, etc.

-¿Vuelves a pensar en él?- Pregunta.

Me sorprende que saque el tema. Lo ha intuido cuando mis ojos han mirado la dirección de los servicios.
Aún hoy recordamos a Justin bajarse los pantalones y enseñarnos su fea cicatriz que tiene en las nalgas hasta los tobillos. Le vemos correr por la calle con un petardo en la mano y lanzándolo hasta el balcón de su vecino. Le vemos robando una golosina en la tienda a la que siempre vamos. Su acento de pueblo y su disfraz de chico eficiente. Y ese nombre, como si se tratara de una estrella musical, de cine o a saber.

-¿Le extrañas?- Otra pregunta. ¿Extrañarle? Qué disparate. Anhelar algo que nunca se ha aprovechado, que nunca se ha sentido. Sólo ha sido una sombra que penetró en mis labios y que a veces (muy pocas) me trataba bien. Extrañar a un demonio que prefería la deformidad de las cosas y que tiraba piedras a los pájaros y a algún gato.

 -Nunca he podido extrañar, ni querer, a alguien así. Él siempre disfrutaba metiéndose conmigo.

 -¿Te acuerdas cuando escuchabas esa canción de Camela que te recordaba un poco a él, la de háblale de mi?

Ha sido un grave error recordármelo. Un grave error. Una bofetada limpia.

No sé porqué en ocasiones solía escuchar canciones de esas que trataban de amores no correspondidos o los que te terminan destruyendo. No me moría por él, tampoco me hizo promesas. Pero si que se llevó parte de mi vida. Se la llevó cuando acabó la suya. No se atreve a sonreír. Sabe que se ganará una buena si lo hace. Me conoce demasiado bien. Justin fue un número mal apuntado en mi libreta de teléfonos. Fue... fue... ya no sé lo que viene a continuación. ¿Por qué le recordamos siempre que vamos a tomar un café? Justin solía robarme la carpeta de apuntes y ponerla en lugares difíciles para recuperarla. No  bebía café. Le gustaban  los bocadillos grasientos, con un buen chorreón de aceite cayendo por el borde del pan. Quizá el solo hecho de mirar un pasillo... sí, debe ser eso. Mirar un pasillo es como ver el estómago de Justin, su oscuridad.

-¡Perdón! No debería haber sacado el tema- Dice bajando la mirada hacía su taza de café. Juega con dos sobrecitos de azúcar. Yo me limito a mirar hacía la ventana.

- Aquello pasó hace mucho tiempo.

-Siempre acaba volviendo.

Silencio. Me muerdo un poco los labios, tal vez quiero hacerlos sangrar porque de eso trata  tragarse el dolor. Me paso los dedos por ellos, recordando un beso que él me robó. Justin era un sinfín de elementos, nunca estaba satisfecho de ser uno solo. Y ahora... maldita sea, ahora vuelvo a tener esa canción de Camela en la cabeza. Mi acompañante no para de pedir perdón, como si fuese un padrenuestro.

-¡Joder, basta ya! Dejemos a Justin y su arrogancia para el fin de los tiempos. Debería haber pedido un té o una coca cola. Bebo rápido el último sorbo que queda en el vacío de la taza. A nuestro alrededor sólo hay viejecitos que rememoran sus antiguas épocas. Vaya dos estamos hechos, con los jóvenes que somos y haber ido a parar en un local con rótulo eléctrico, creyendo que era un sitio chic. ¡Y no! Resulta que no. Yo he elegido el lugar, mis ojos tienen la culpa. Y todo por no pasar la mañana sola. Porque después de una extraña entrevista de trabajo que resultó ser de comercial cuando creía que trataba de recepcionista, me vine abajo. Tragué mis lágrimas yo solita y mis dedos buscaron su número. Sabía que él lo dejaría todo para estar conmigo, lo sabía de sobra. Y aquí estamos los dos. Recordando al imbécil de Justin y sus maldades.

 -¿Cuándo fue...?- Su voz se entrecorta. Tiene miedo.

-¿La última vez? 

Él asiente.



-En su casa. Recuerdo que nos sentamos frente al ordenador. Afuera llovía con ganas-proseguí-. Me había olvidado el paraguas en clase y él se ofreció a guarecerme bajo su techo. Fíjate que cosa más extraña. El despiadado y temeroso Justin ofreciéndome cobijo. Pensé que estaba drogado. Y escuchamos canciones. Me puso varias recopilaciones de esos grupos que sólo gritan como demonios. Y como intuía que a las chicas eso por supuesto no nos gusta, empezó a ponerme cancioncitas en inglés. Recuerdo que una empezaba por Brown Eye Girl… Sí, creo que era algo así. Y me atreví a decirle:


-¿Acaso me la dedicas?.- No sé definirte su mirada, pero todo pareció pararse en ese momento.



-Sólo si tú quieres- me dijo. Cuando paró de llover, me fui a casa. Lo primero que hice fue buscar la canción y su traducción.



-¿Y qué decía?

-Ya no me acuerdo. Pero estoy segura de que trataba del amor. El recuerdo de la primera vez y el paso del tiempo. Era de un tal Van Morrison. Recuerdo lo mucho que le gustaba ese cantante. Por supuesto pasaron más cosas. Pero recordarlas me hace más daño.

Bebo un poco más antes de continuar.

-¿Que si quise alguna vez a Justin? Ni yo misma lo sé. Después de esa tarde en su casa, le ignoré. Él me buscaba. Dejó de tirar piedras a los pájaros y a los gatos; incluso probó el café con leche. Me buscaba en los recreos, pero sabía esconderme muy bien. Su presencia me descolocaba, me ardía. “No te fíes de él, es un bicho, una mala yerba” me repetían. Y yo me dejaba arrastrar entre las piedras, me golpeaba contra ellas. Vendí los discos de Camela, y empecé a relacionarme con otra gente. Una noche que salí de casa de una compañera de clase, le vi paseando de arriba a abajo en la calle. Ya había visto su silueta desde la ventana, cuando apartaba la vista de mis apuntes, diciéndome a mí misma que era una falsa alarma. ¡Ojalá hubiera sido cierto! Si yo hubiese cruzado la calle... si no me hubiese atrevido a desafiarle con la mirada... Justin estaría vivo. Pero él me llamó, me llamó tan fuerte que notaba la mirada de las personas. Y yo jugaba a mirar otras salidas. Hice como que no le escuchaba. Y antes de que yo por fin me atreviese a mirarlo de una vez, oí un estruendo que me heló la sangre. Justin yacía en mitad de la carretera, con esa sonrisa suya siempre tan siniestra. Me dijo por última vez: Esa canción... esa canción...es para ti, mi chica de los ojos marrones. Después se apagó.

-¡Santo Dios!- dice sorprendido, nunca ha sabido esta versión, la auténtica verdad.


- Fui la única compañera de clase que asistió al funeral. Descubrí que no tenía apenas familia. Sólo una mujer de aspecto dejado, con el rímel manchándole los párpados. Vi aquella caja hecha a su medida ¿sabes? Y sentí dolor. Decidí marcharme antes de que sellaran el nicho. Pasado un buen rato, recuerdo que vi a esa mujer dentro de su coche. Los cristales estaban mojados. Ese día llovía. Pero pude apreciar su angustia escondida entre el volante. Tenía puestas las luces del coche. Pensé que quería estar por un momento sola, asimilando todo aquello. Vi cómo agarraba una botella y bebía sin descanso. El alcohol. Siempre se recurre a él. Subí al autobús y susurré un adiós para Justin.

- Tú no tuviste la culpa.

- Siempre llevaré esa última mirada suya.


Antes de que el silencio vuelva a incomodarnos, decidimos marcharnos. Él paga. Le gusta hacerlo. Cuando salimos, siento un nudo en el estómago. Me refugio en sus brazos y caminamos hacia casa.