lunes, 27 de octubre de 2014

RELATO DE TERROR ESPECIAL HALLOWEEN




 NO TE MUEVAS



Era las doce menos cuarto de la noche cuando escucharon un fuerte sonido que provenía de abajo. La pareja -que en ese momento estaba dispuesta a darse una sesión de placer -quedó perpleja cuando el timbre de la puerta sonó. La chica pidió en voz bajita a su pareja que no hablase. No debían fiarse de nadie a esas horas de la noche. Si se levantaban, la madera crujiría y el intruso sabría que había alguien. El corazón de la joven no paraba de latir con fuerza. El timbre volvió a sonar. Ella imaginó la cerradura forzarse, pero segundos después, oyeron que ese alguien llamaba a la puerta de enfrente. Oyeron al vecino hablar en voz seria, luego la voz se acentuó hasta hablar fuerte y acto seguido un forcejeo. ¡Ladrones! Pensó ella. El balcón del vecino estaba casi pegado al suyo. ¿Y si…? Tenían que planificar algo cuanto antes. Cogió el teléfono para llamar a la policía, pero no había señal. Él intentó tranquilizarla, pero la situación era peliaguda. Cerraron las ventanas. Pusieron unos cuantos trastos delante de la puerta por si intentaban entrar. Lo peor era el balcón, la ventana no tenía un cierre seguro. La chica cogió el móvil pero tuvo la mala suerte de que el aparato cayese al váter. Desesperada, lo secó y lo metió en un tarro de arroz. Por desgracia el chico no tenía móvil. Se acercaron con sigilo al balcón para observar algún detalle. No se escuchaba nada. ¿Lo habrían matado? El piso era pequeño, un apartamento con una sola habitación. 

Pasaron unos considerables minutos y aún no había indicios de robo. Pero aquel ruido que habían oído seguido con el forcejeo del vecino… daba mucho en qué pensar. Sacaron miles de conjeturas sobre lo que había pasado. Tal vez era una disputa entre vecinos, o tal vez se habían equivocado llamando a su timbre cuando era el otro timbre el que querían tocar. ¿Pero por qué habían llamado dos veces? La señal por fin volvió. Un poco más relajados, consiguieron llamar a la policía. Ésta les informó que casualmente habían recibido llamadas sobre esa misma zona. 

No tardaron en llegar dos coches de patrulla. Algunos vecinos asomaban sus cabezas por las ventanas, curiosos por el acontecimiento. La pareja fue la primera en bajar al portal. El tramo de escaleras aún tenía esa pendiente un poco peligrosa. Algunas bombillas estaban gastadas, por lo que la oscuridad del descenso les hizo sentir angustia y temor. La policía estaba en la calle, hablando por sus walkie, mirando hacía arriba del edificio y a ambos lados. Eran las dos de la madrugada. El cristal de la puerta de entrada estaba roto en pedazos. Los vecinos pisaron con cautela los trozos de cristal repartidos por el suelo. Los buzones estaban abollados, escritos con rotulador rojo: HJP. Las paredes estaban impregnadas de grafitis surrealistas que alguien había pintado esa misma noche. ¿Cómo podía en un momento suceder algo así? Todo andaba con normalidad, hasta que escucharon el fuerte golpe de la delincuencia. Algunos vecinos contaron que lo que ellos escucharon era a un chico gritarle a alguien que vivía en ese mismo edificio. Intuían que podía tratarse de la joven del tercero, que se juntaba con pandillas de diferentes razas. Siempre salía con faldas excesivamente cortas. Y su pelo estaba pintado con laca azul. La policía llamó a su casa, pero nadie respondió. 

La pareja volvió a su casa, no era problema de ellos, ya bastante mal rato habían pasado. Ahora tocaba descansar y terminar la noche con el mejor humor posible. Además era domingo y tenían que madrugar. No obstante, el ruido aún no cesaba. Se escuchaban gritar a los vecinos de indignación, y los cristales aplastados por las pisadas. La chica quiso saber que había pasado con el vecino. La clave tal vez estaría ahí. Llamaron a su puerta, pero no contestaba. Insistieron varias veces. Se temieron lo peor. Como su balcón estaba muy unido al del vecino, decidieron tomar la iniciativa de saltar con cautela. La chica se quedó vigilando, el chico ya había pasado al otro lado. Pegó la oreja a la pared para seguir sus pasos. El silencio era cada vez más espeso. Oyó caer un jarrón. ¿HOLA? ¿HAY ALGUIÉN? ¿SE ENCUENTRA BIEN? SOY EL VECINO DE AL LADO. 

Oyó un grito. A la chica le invadió un escalofrío. Corrió hacía la puerta y llamó con insistencia, haciéndose daño en los nudillos hasta hacerlos casi sangrar. ¡ÁBREME POR FAVOR, DIME QUE ESTÁS BIEN!

Pero no hubo respuesta. Desesperada corrió escaleras abajo, envuelta en oscuridad. La policía ya se había marchado. Probó llamar a algún vecino. La mayoría ya estaban durmiendo, otros no querían problemas. Finalmente, un hombre le abrió la puerta y ella, entre sollozos y desesperación, le contó lo que ocurría. Cogieron una linterna y un rodillo de cocina. Subieron a toda velocidad, y entre los dos intentaron abrir la puerta del vecino. Pasó un buen rato hasta que la puerta cedió. La madera rota de la puerta parecía la dentadura de un monstruo. La estancia olía a humo. Todo estaba a oscuras. En el suelo había varios vasos rotos y un cenicero inundado de cigarros muertos. Las ventanas estaban cerradas. Aquello parecía una pesadilla. La chica rezó para que todo aquello acabara pronto. No vio a su pareja en ninguna parte, lo cual le resultó extraño. ¿Y si había vuelto a cruzar el balcón y ahora se encontraba en casa? Fue a cerciorarse de ello. Pero en su casa no había nadie. ¿Dónde demonios se había metido? ¿Y el vecino? El rodillo cayó al suelo. El vecino que había subido con ella descubrió una puerta que estaba cerrada. No pudieron abrirla. La chica sabía que su chico estaba allí dentro, tenia que estarlo, ¿dónde si no? la policía volvió al lugar del siniestro. La puerta era inconcebiblemente imposible de abrir. Fue el caso más escalofriante que sucedió en aquel barrio.

jueves, 16 de octubre de 2014

Enemigos imperfectos



Conozco a F desde que tenía seis años. Coincidimos en la escuela. Éramos enemigos en los recreos. Él disfrutaba robándome el bocadillo, yo disfrutaba pegándole chicles en la mochila. Me sacudía el pelo con su mano mojada de aceite.  Yo le regalaba pañuelos llenos de mocos. En las horas intermedias de clase, él solía gritar delante de todos que mis labios eran femeninos. Yo me quedaba en silencio, me quedaba sin respuestas, sin amenazas. Me enseñó el abecedario de palabrotas. Volvimos a coincidir años más adelante en el instituto. Maldita suerte la mía. F se reía, enarcando su ceja interrumpida por una cicatriz. Yo andaba con las manos metidas en los bolsillos, él las tenía siempre al acecho, preparadas para defenderse. Procuraba no tropezarme con él, pero el destino parecía querer unirnos de alguna manera. Vivíamos a dos manzanas de nuestra casa. Fuera del instituto él era otra persona, sostenía mi mirada afablemente, y hasta me saludaba. Yo no entendía esa doble personalidad. Si nos encontrábamos en una tienda o en una calle, él se me quedaba mirando de una manera que me producía escalofríos. Conocí a una chica con largas trenzas y mirada azul. Pero mi interés no era sexual, sino algo más personal. Intentamos hacer sexo, pero no se me levantaba. No lo entendía.

La relación se acabó.

Estuve solo mucho tiempo, sin ningún interés hacia las chicas. Sin embargo, cuando veía a mis compañeros de clase sudar en las clases de gimnasia y olía sus colonias frescas, me excitaba sobremanera. Al cabo de un tiempo supe a qué me atenía.
F se trasladó a otro instituto. Yo seguí en el mismo. No tenía claro lo que quería estudiar, pero permanecí unos años más. Recuerdo que era una tarde de otoño cuando crucé a toda prisa la calle para adentrarme en el metro. Llevaba bajo mi brazo una carpeta que guardaba mis últimos bocetos de diseño. Sabía dibujar. Probablemente era la única cosa que se me daba bien. En casa, todo estaba lleno de cuadros, entre los que predominaban Van Gogh, Henry Moret, Antoine Bouvard, etc. Aprendí de ellos.

Su voz es lo que recuerdo en ese instante. Pronunciando mí nombre con cuidado e inseguridad. A través de los cristales de la puerta del vagón, vi la figura de un chico de mi misma altura, semblante serio pero pícaro. Era F.

-¿Aún dibujas?-preguntó en un susurro.

Su aliento en mi hombro me estremeció.
Solo pude asentir.

Después recuerdo que bajamos juntos y que no podíamos despegarnos el uno del otro. Mostró interés en mis dibujos. Me gustó su sonrisa. Sabía que nada sería igual. No después de ese momento. No nos dijimos nada. Nuestros ojos lo dijeron todo.


Ahora me espera cuando salgo de casa para dirigirme al instituto. Vamos juntos en metro, me aprieta un poco los dedos de la mano con la suya, haciendo una promesa. Nos atrevemos incluso a caminar durante el trayecto del metro hasta la salida, cogidos de la mano. Él con la cabeza un poco más agachada de lo habitual, y yo mostrándome confuso pero feliz. Sobre todo muy muy feliz.