domingo, 28 de septiembre de 2014

La última carta








1962. París.

Tenía diecinueve años cuando echó la carta en el taquillero de Belinda, en la estación principal de tren. Ambos habían experimentado el amor en edad temprana, en el banco de un antiguo parque. Empezó con encuentros casuales, miradas y una sonrisa que insinuaba el comienzo del amor. Se veían a escondidas, porque él era un marine que había visto la vida en las tabernas. El padre de Belinda era un importante médico rural que viajaba con frecuencia. Desobedeciendo los deseos de su padre de que ella conociera a alguien de su categoría, buscaba al marine en una estrecha y angosta calle que conducía a una iglesia a medio construir. Ambos se amaban con locura. La verdadera pasión se encontraba en ellos. Cada fuerza de la unión de sus dedos, cada despedida, cada encuentro, era poesía.


Dado que no podían verse con frecuencia y al estar constantemente vigilados, decidieron escribirse pequeñas cartas que luego escondían en un taquillero que Belinda poseía como regalo de su padre. Al lado del de ella, estaba el de su padre. Con la excusa de recoger las cartas, ella abría con precaución la suya. Tenía la llave secretamente colgada en el cuello. Solía emocionarse cada vez que la letra de su amado le hablaba. Pero un día dejaron de llegar las cartas y tal era el desconcierto de Belinda que estuvo incluso buscando en las tabernas del pueblo algún rastro del joven. Nadie le había visto desde hacía días. Preocupada y desesperada, escribió montañas de cartas que no recibían respuesta. Sus esperanzas empezaron a decaer. El padre notaba su palidez y la ausencia de sus palabras pero no quiso ahondar en el tema. Le dio la maravillosa noticia de que viajarían a Viena, noticia que para ella no era para nada asombrosa. Apenas le quedaban lágrimas. Cogió sus pertenencias y marchó en un viaje sin retorno.

2003. Nueva york.

Johan encontró una carta en el boquete de la gruesa pared que ocultaba un conjunto de viejos taquilleros. El número 209 había pertenecido a Melvin Loowod, el mejor médico de Francia que había tratado la enfermedad de su bisabuelo. En la 208 encontró lo que le llevaría a una hermosa aventura. El sobre presentaba un aspecto quebradizo y amarillento con olor a libro viejo. Curioso por lo que podría contener decidió llevárselo a casa para leerlo en la intimidad. Tras una dura mañana de demoliciones y derribos de viejos edificios abandonados, Johan regresó a su casa. Se sentó en el mullido sofá y se dispuso a leer la carta. La letra era torcida, algo torpe y de tinta negra y fina.

Mí querida Belinda:

Me contaron que te marchaste, no queda nada de ti en esta ciudad que era tan nuestra. ¿Por qué, amor mío? ¿Por qué lo hiciste? Estuve días preguntándome el motivo que te llevó a ello. No sé si algún día leerás esto, espero con todo mi corazón que así sea. Amor mío, alguien me tendió una trampa de camino hacía aquí. Tomé conciencia de que unas sombras me seguían, y me escondí. Pero de nada sirvió. Sentí unos brazos fuertes como de acero rodear mi cuerpo y llenarme de golpes hasta quedarme inconsciente. No sé cuantos días pasaron pero me encontraba en la camilla destartalada de un hospital. Me pregunté quién me habría golpeado de esa brutal manera y las razones que tuvo para  hacerlo. Ya sabes que nunca he tenido procedencia, París ha sido mi cartón para dormir. Mi primer pensamiento fuiste tú. ¿Sabrías de mi convalecencia? Pasados unos días, que en realidad fueron meses, fui a buscarte. Los taquilleros tenían otros nombres, no figuraba el estimado pseudónimo de tu padre. Ni tu pequeño pseudónimo como señorita B loowod. Me atreví a preguntar en la estación el motivo de ello, pero me dijeron que te habías ido del país por razones profesionales de tu padre. Aquello me destrozó. No había ninguna carta tuya. ¿Me habrás olvidado? ¿Dejaste de amarme? ¿Tan poco fui para ti? Espero que estés donde estés tu corazón siga siendo hermoso, espero que no hayas perdido esa ilusión por la vida. Ya ves, no te odio, nunca podré hacerlo, a pesar del daño que me ha causado tu partida. Rezaré por volver a verte. Te esperaré por los siglos de los siglos.

Siempre tuyo, D.

Johan no pudo evitar emocionarse. La carta tenía pinta de ser de muchos años atrás. ¿Quién era Belinda Loowod? ¿Estaría aún viva? ¿Sabría de la existencia de esta carta? Conmovido por la emoción decidió averiguarlo por si mismo. Fue a la biblioteca y buscó en el catálogo alguna escritora o artista que figurase con ese nombre. Nunca se sabía el destino que podía tomar una persona. No obtuvo respuesta. Preguntó al bibliotecario si había alguna información sobre Belinda Loowod. Su ayuda no fue suficiente, solo rescataron falsas pruebas. ¿Y si buscaba en internet? Un mundo universal donde la información estaba a la orden del día. Encontró reseñas sobre el apellido Loowod. Entre ellas, datos sobre medicina avanzada de la época de 1960 a 1970. En efecto, varios nombres figuraban en largas listas de historia y acontecimientos. Encontró a Melvin Loowod en una orla de universitarios en el año 1950. Más adelante, en otra orla de médicos de 1958. ¡Lo tenía! Ahora sólo quedaba descubrir dónde estaba su supuesta hija: Belinda Loowod. Estuvo tres días buscando en páginas de información. Preguntó a sus allegados, amigos del trabajo y a centros especializados en medicina. Belinda Loowod parecía ser una sombra en la historia. Un nombre que no decía nada. Sus esperanzas se quebraron. Tal vez debería cesar en la búsqueda. ¿Por qué ese empeño?

La respuesta la tuvo en la palma de su mano una mañana de primavera, cuando compró el habitual periódico matutino. Leyó sin entusiasmo las últimas noticias de deporte, las columnas políticas y por último las novedades del cine. Sin embargo, descubrió  una página pegada a la otra. Cuando las despegó con sumo cuidado, vio dos páginas escritas de historias reales de personas. Decidió curiosear y a punto de pasar página, leyó la última historia de una mujer llamada Belinda que hablaba sobre su imposible historia de amor sucedida en París allá por el año 1962 en donde la autora relataba que escribía junto a su amado cartas de amor y que eran después escondidas en el taquillero de ella. La historia finalizaba con la inesperada desaparición de su amado y el viaje que ella tomó junto a su padre días después, destrozada. El último párrafo decía: “Nunca supe de él, pero aún mantengo su recuerdo conmigo”.

Johan irradiaba felicidad, arrancó la página y escribió al periódico, rogándoles información sobre la autora. Tuvo suerte. Tenían su dirección, puesto que había sido una empleada suya. Le preguntaron el motivo de tanto interés. Johan sólo dijo: "tengo noticias de ese amor que perdió en su juventud". Se la facilitaron sin dudarlo, excitados ante la noticia.

Belinda Loowod ya no poseía ese apellido, ahora se llamaba Belinda Miller. Vivía en una hermosa casa en San Francisco. Cuando la vio por primera vez supo que de joven era bella. Tenía la piel blanca y arrugas finas, no muy acentuadas. Y sus ojos tenían el color del cielo. Cuando él le entregó la carta, Belinda se derrumbó en sollozos y nostalgia. Le invitó a sentarse, y hablaron largas horas. Se había casado con un abogado a los pocos meses de llegar a Viena, Pero nunca fue feliz. No tuvo hijos. Quería contar su historia de amor al mundo. Johan y elladecidieron hallar respuestas de Daniel; que así se llamaba su amado. Supieron que él tuvo un hijo y que se divorció cumplidos los cuarenta. Su hijo-un joven atento y simpático- les contó lo que querían saber acerca de su padre. Por desgracia, éste había fallecido hacía unos meses. Desolada, Belinda apretó en su pecho una fotografía que el hijo de Daniel le obsequió. Vio su rostro risueño, los labios gruesos, la finura de su frente. Antes de que ella muriese, pidió al hijo de Daniel que sus cenizas fuesen enterradas con los de su padre. Éste aceptó encantado, pues estaba al tanto de su historia de amor. Su padre le había hablado tanto de ella. Belinda murió el día en que una bandada de gaviotas blancas surcaba el cielo.


Nota: Este relato surgió de una idea que tuve con mi amigo el escritor Alejandro Alvarez, una tarde de café en un lugar lleno de libros. Pactamos escribir una historia con cinco palabras al azar. He aquí el resultado. Ahora falta leer el de mi compañero :)

miércoles, 3 de septiembre de 2014

El francés


    La madrugada se vistió de tormenta. A Tiffany le tocaba turno esa noche en el hotel. Un varón de aspecto extranjero se acercó a recepción. Tiffany ni siquiera había oído la puerta abrirse. El hombre tenía los ojos claros. Vestía vaqueros, deportivas Nike y una gabardina color crema. Era alto y muy atractivo. Ella le miró como a un modelo de revistas de moda.


    -Pardonez moi mademoiselle j´ai besoin d'une chambre.- Dijo él mirándola con esa intensidad propia de quien desea algo desesperadamente.


    A ella le gustó que fuera francés. De pequeña solía ver películas francesas. Suerte que sabía defenderse verbalmente. Como era verano, los turistas acudían con frecuencia. El hotel casi siempre estaba ocupado por ellos. Había una habitación disponible. Tiffany le preguntó cuántos días se quedaría.


    -Solo esta noche.- Dijo él.


    Ella mostró una media sonrisa. Pensó que entonces ya no le vería. Esa semana le tocaba turno de noche. El francés cogió su mano y le preguntó con cortesía si querría desayunar con él al día siguiente sorprendiendola.


    -A las diez tocará irse a casa- dijo ella.


    A él no le importó. Madrugaría. Cogió la llave de su habitación y se retiró besándola en la mano.


    La habitación era más bonita de lo que pensaba. Las ventanas eran grandes. Una alfombra de terciopelo llegaba desde la entrada hasta la cama, cama para dos. Deseó disfrutar de compañía femenina. Pensó en la chica de recepción. Durmió con el recuerdo de su sonrisa.
    Al día siguiente, ella le esperaba en el salón del hotel. Llevaba su ropa de cambio, pero se las ingenió para parecer más arreglada. Se bajó el escote de la camisa de seda azul, dejó su pelo suelto, había ahuecado los rizos con sus dedos. Y por último los labios. Una capa de brillo labial. Él llevaba su macuto en la mano. Le dio dos besos en la mejilla y caminaron juntos hacia una cafetería.


    -Eres preciosa.


    Sabia que era un bonito halago. A las chicas les gusta oírlo. Al lado de él, Tiffany sintió miles de estrellas explotando en su lengua y en su sexo. La recorrió un escalofrío. Era la primera vez que sentía todo aquello. Lo que más le gustaba de él eran sus labios prominentes, nacidos para besar. Deseó besarle allí mismo. Solo tenían cuatro horas. Él acercaba su mano a la de ella, procurando no parecer descarado. Era evidente que entre ellos había una química muy especial.
    Terminaron el café y encontraron un lugar íntimo. Una habitación con vistas al mar que era ideal. Fueron a casa de ella. Su compañera de piso estaba de viaje. Se sentía nerviosa. El gato merodeaba por el salón, ronroneaba en busca de sus brazos. Él la desnudó con paciencia, sintiendo su piel. La besó en el cuello. Tiffany se notaba muy húmeda, estaba hambrienta de placer. Los susurros del francés en su oído mientras acariciaba sus pezones, la excitó más aun. Dentro de cuatro horas él se irá, pensó ella. Aprovechó esa oportunidad que le brindaba el tiempo concedido y se sumergió en mordiscos y caricias. ¿Quién le diría que estaba en su casa con un guapo francés y comiéndole la boca? Un poco de blues y jazz, la ropa tirada en el suelo, un cuenco de fruta, los dos desnudos. Repartieron trozos de manzana y pera sobre el estómago y las piernas. Una cereza en mitad de los labios. El reloj palpitando sin piedad. El gato observándoles con atención. El sudor de sus cuerpos quedó impregnado en el suelo. Tiffany gritaba, le rogaba que no parase. Así, así, rómpeme entera, y él se desgarraba de placer entre sus piernas. Tuvieron el suficiente tiempo para desahogarse en risas, gemidos y súplicas.
    Llegada la noche, Tiffany se sintió relajada y cansada al mismo tiempo, Le dolían los labios de tanto besar y sentía en su espalda el peso de su amante francés. Él estaría de vuelta hacia algún lugar, leyendo un libro que ella le había regalado. Lo imaginaba pensar en ella mientras el paisaje de una nueva tierra le recibía.