viernes, 27 de junio de 2014



La tormenta se apacigua. La montaña en relieve, esconde la plenitud de mis días. La torre plateada, brillando en las fachadas de las casitas. Tú y yo, en silencio, como siempre ha sido. Que te voy a echar de menos, te digo, y contestas que me echarás de más. Menos es una palabra muy singular. Deseo llorar, pero me oculto entre las sombras nocturnas. Evito las farolas, alumbran incluso las nimiedades. Que siempre he querido esto y lo otro, pero siempre has sido tú lo que más he amado entre todas las cosas. Lo sabes, por eso lo dejo todo. Y todo se reduce a nada. Duele el vacío, el adiós. Duele no prolongar los días, pero llegan las noches y suelen ser un poco mejor. Hace más fresquito, las terrazas se hinchan de gente. Y entonces te veo, y me gusta. Me gusta saber que nunca te perderé, que nunca te irás. Que incluso cuando deje estas montañas pobladas y tejidas de verde seco, seguirás existiendo para mí. Eso es lo que me llevo. Mi vida en tres maletas. 

jueves, 19 de junio de 2014

Sopa de estrellitas




Cuando era pequeña, mi madre solía hacer cuatro veces por semana cuatro clases de sopas: de estrellitas, de letras, de maravillas y de jardinera. En cada una de ellas me relataba una pequeña historia donde yo era la protagonista. Era por así decirlo: una forma de imaginarse como seria yo cuando alcanzase la edad adulta.

En la sopa de estrellitas yo era una heroína que volaba por el cielo, comiéndome todas las estrellas, para que mis deseos creciesen dentro de mí.

En la sopa de letras yo era una poetisa que, inundada de tinta de color, escribía los versos más bellos del mundo. Y daba vida a las pequeñas cosas con conjuros metafóricos.

En la sopa de maravillas yo era otra niña como Alicia en ese país imaginario, donde me adentraría sin temor a las experiencias de la vida, recorriendo los laberintos de los porqués y encontrando en cada desorden mi autodescubrimiento.

En la sopa de jardinera yo era una joven agricultora que vivía en una casita de madera rodeada de montañas alpinas y nevadas. Cosechando en una pequeña huerta mis frutos y realizaciones. Vestida con tan solo un atuendo como llevan los budistas. Inundada de paz, sin odios ni rencores. Ayudando a los demás.

Cuando mi madre murió, todas esas historias las enterré en una despensa llena de sobres de sopas no consumidas. Sin embargo, mi vida estuvo repleta de experiencias reflejadas en ellas. Había ocasiones que frecuentaba un parque y me tumbaba en la húmeda hierba, elevando mis brazos como si mis dedos pudiesen tocarlo. Me quedaba largas horas allí, jugando con mi imaginación. Cuando las estrellas empezaban a brillar sobre el manto de la noche, las observaba con nostalgia. De pequeña me las comía, las sentía brillar en cada célula de mi cuerpo. Y ahora volvían a estar ahí, parpadeando como una joya inédita. Alcé mis brazos y los balanceé hacia el universo. Volvía a ser una heroína que volaba en el cielo.

En la cocina flota un olor de caldo caliente. He seguido las recetas de mi madre. Llevo puesto su delantal. La vecina de enfrente asoma su cabeza decorada con rulos y me pregunta que es lo que huele tan bien. Le sonrío.


- Es la receta de una historia inolvidable.

lunes, 9 de junio de 2014










Esperábamos sentados en la mesa. Una bandeja de pollo y puré de patatas. Mi estómago rugió.

-¿Dónde demonios se habrá metido el talado de vuestro padre?- despotricó mamá.

Miré a mi hermano, éste se encogió de hombros. Nuestro padre apareció media hora después, vestido con un uniforme militar, botas de campo y una gorra de visera. Llevaba colgado del hombro una vieja radio. Recuerdo que sonaba Piccolissima Serenata. Mi padre bailaba a medida que entraba en el salón y se sentaba para servirse la comida. Mi madre boquiabierta, nosotros riéndonos por lo bajo.

-¿De qué demonios vas vestido?- gritó mamá dando golpecitos en la mesa con sus dedos ensortijados.

-¿Acaso no recuerdas, querida, que hoy es nuestro aniversario?- dijo nuestro padre, guiñándole el ojo. Después señalándonos a mi hermano y a mi con el tenedor dijo: ¿queréis saber como nos…?

¡Antonio ni se te ocurra contarles a los niños como nos conocimos!



lunes, 2 de junio de 2014

No imaginas.






Tocamos las castañuelas, llevo un vestido de primavera y zapatos rojos con lunares negros. Qué bonito es pasear por estas calles hechas de piedras rotas, Belén. A lo lejos oímos el afilador. Ríes, te acompaño, me entusiasma tu presencia. Los ojos se nos llenan de tentación cuando vemos escaparates repletos de pasteles. Qué bonito es vivir en estos años cincuenta y sentir que el futuro del mañana es el latido de este presente nuestro. Vamos a casa de tu tío, me has invitado a comer. Él siempre toca el organillo cuando visito su casa. Le brillan los ojos y las manos, Belén. Creo que sabe que me gusta vivir los días en los que sé que estará ahí. ¿Me ves guapa, amiga mía? Por favor, dime que si. ¿Crees que a él le gustará este vestido? No hace mucho me dijo que debería cambiar de trajes, los lunares hacen más femenina a la mujer. Menos mal que tengo un satélite de pecas en el cuerpo. Me gusta que me lleves de la mano para bailar en el parque con tu pequeña radio. Los chicos nos miran, eso nos gusta. Tenemos unas piernas muy bonitas, dicen, y unos buenos pechos. Somos cómplices de ese deseo carnal que despertamos en ellos.

¿Me dejo el pelo suelto o me lo sujeto con la diadema blanca de raso? Tengo ganas de oír el organillo de tu tío. Me salva cuando me mira, pero eso tú no lo sabes. A veces me preguntas porque escribo la inicial de mi amor secreto en la esquina del papel. ¿Qué puedo decirte? No me atrevo a confesarte que veo mi futuro en los ojos de tu tío y que sueño con sus dedos largos y llenos de experiencias. Me tiemblan las piernas, no entiendes porqué. Hemos llegado a casa de tu tío. Una sonrisa amplia y coqueta me delata.