viernes, 30 de mayo de 2014

El arcón











Le habían ocultado por una deformación que padeció una vez que salió del vientre de su madre. Nadie quiso que la luz le pintase la piel, ni que el amor revolucionase sus órganos. No tenía nombre, pero tenia talento para diseñar con sus dedos pequeños y torcidos, figuritas de madera que él mismo tallaba. Escribió en pergaminos, toda su historia. Escribió sobre Anabelle- la niña que inclinaba la cabeza para verle asomado tras los sucios cristales de su guarida. Supo que se llamaba así porque la llamaban a pleno grito cuando ella se quedaba parada durante un tiempo considerable, con su mirada fija hacía él. Pasaron otoños marchitos, inviernos fríos y desolados, veranos cálidos y hermosas primaveras, y todos ellos los vio en la piel de Anabelle, que acudía una vez al mes a visitar a su tía. Pasados los años, lo que fue del ocupante secreto, era tan solo una montaña de huesos plateados que brillaban con la luna. Descubrieron el ático una mañana de primavera. Al principio, la puerta se resistió, y fue necesario cuatro manos para apartar la niebla de telarañas que protegían el lugar. Con la ayuda de su hija, Anabelle se abrió paso entre trastos de madera, y espejos. Una gran colección de figuritas de madera que representaban a aves, personas, casas y árboles adornaban las estanterías de madera que había en el pasillo.

Descubrieron un arcón. Lo abrieron con una pala. Dentro había tan solo un puñado de cartas arrugadas y amarillentas. Algunas con un fino polvo blanquecino.

Deben ser los efectos del tiempo, pensó Anabelle.

¿Quién vivió allí? ¿Por qué ese secreto había permanecido hasta ahora? suspiró con el corazón latiéndole en los dedos y desató la cuerda roída que envolvía las cartas.


Mi querida Anabelle. No existo para el mundo, el mundo tampoco existe para mí. Pero fuiste tu quién me lo hizo saber. Aquí te cuento la historia de mi vida. No sé cómo te sentirás una vez que la leas, pero necesitaba escribirlo, de esta manera, me siento más vivo. No tengo nombre, tampoco edad. No tengo sentimientos, ni maldad. Tengo tan solo este viejo ático dónde han sepultado mi existencia. A veces alguien entra con el rostro tapado y me enseña a leer y a escribir. Y es a ti a quién he decidido desvelar toda esta tristeza y agonía que he sentido con los años. Mi  querida Anabelle, lo único que me han dicho de ti es que eres cómo la nieve: blanca y lejana. Sabías que estaba mirándote, lo sabías porque mirabas hacía aquí y mi corazón cobró vida desde ese instante del encuentro de tus ojos con los míos. Siempre lo hacías cuando visitabas esta casa. Ahora dejo mi vida en tus manos, para que la acaricies con tus dedos.

domingo, 18 de mayo de 2014

Masaje a domicilio




Llamaron a la puerta. Al abrir, me encontré con una chica joven muy bonita.

-Soy la masajista que usted pidió en recepción.- dijo con mesura.

La invité a pasar. No me dio tiempo a ponerme siquiera los pantalones, por lo que la recibí con los calzoncillos puestos. Llevaba un solo día hospedado en un hotel de lujo en Barcelona. La habitación estaba cálida. En la mesa aun estaba la botella de vino sumergida en hielo. Estaba preparado para nosotros. La chica llevaba un corto y discreto vestido de color perla y su cabello castaño caía suave por sus hombros.

Sus manos- como cabía esperar- eran delicadas y seguras. Cubrí mi cuerpo desnudo con una toalla y me tumbé encima de una camilla especial de masajes. La joven untó en sus manos una ligera crema con olor a lavanda. Relajé los hombros. Sus manos recorrieron mi espalda. A medida que se acercaba al cuello sentí la excitación inapropiada en esos momentos. Suerte que estaba boca abajo. Luego, descendieron bajo la cintura hasta llegar al lumbar. Sus dedos apretaron un poco, luego se relajaron en círculos cuando llegaron a mis hombros. El placer se intensificaba. Los masajes siempre me adormecían, pero las manos de esta chica eran especiales. A veces, para aliviar el silencio, me susurraba al oído si era de mi agrado. No pude hablar, era como si un orgasmo latiese en mi garganta. Sentí el roce de su pierna cuando se agachaba un poco para maniobrar mejor las técnicas. Cuando se iba al otro lado de la camilla, sentí la ráfaga de su perfume.

-Hueles bien- me atreví a decir.

Ella no contestó. Pero la imaginé sonriendo tímidamente. Todo en ella olía bien: sus manos, su presencia. Me atrevería incluso decir que su pelo desprendía un ligero aroma a fresa.

Cuando el masaje finalizó, me incorporé con el pudor de vérmelas con mi entrepierna. Me la había puesto grande y dispuesta y ella recorrió con su mirada mi miembro erecto bajo la toalla. Instintivamente, su mano apartó la toalla y me dejó totalmente desnudo. Me preguntó si deseaba algo más, le dije que no. Pero dentro de mí la deseé con demasía. Mientras ella iba al baño a lavarse las manos, aproveché para apuntar en un papel mi número de teléfono, mi nombre y mis ganas de volver a verla, y lo metí en el bolsillo de su chaqueta. La invité a una copa de vino. Ella dudó en si aceptar, estaba en sus horarios de trabajo.

-El vino está fresco- dije para que la situación fuese más fluida.

Ella aceptó.

Tenía los ojos muy bonitos, felinos e intensos. En ellos se adivinaba lo que pensaba. Sus labios estaban pintados con un discreto color rojo. Igual que el vino. Eso me hizo desearla más aún. Bebimos en silencio, mirándonos a los ojos. Una vez que se lo bebió, se excusó con que tenía otro cliente esperándola. Vi sus deseos de sonreír.

Me dio las gracias por el vino y me guiñó el ojo cuando se marchó.

Me masturbé tres veces  pensando en sus manos, su boca y sus ojos.

Pasaron dos, quizá tres días, y ella no llamaba. Pregunté en recepción pero no sabían nada. Era muy extraño. ¿Acaso fue un sueño? Cuando pasada una semana, decidí marcharme a otro hotel, recibí una llamada. Número desconocido. Decidí cogerlo a pesar de la costumbre de no coger llamadas anónimas. Al principio se escuchó el traqueteo de un tren a la lejanía.

- ¿Habitación 616, verdad?- preguntó una bonita voz femenina. Sabía que era ella.

No sabía que responder, así que lo que hice fue suspirar.

-         Encontré su nota en mi chaqueta. Yo también deseo verlo. Me gustó.- dijo con determinación y  picardía.

Volví a excitarme.

-         ¿Desea verme aún?- preguntó tras una pausa.
-         ¿Volverá a hacerme un masaje?
-         Todos los que usted deseé.
-         ¿Sólo a mí?
-         Solo para ti.



viernes, 9 de mayo de 2014

Una experiencia inolvidable









Era la primera vez que iba a un balneario. Al entrar, creí que me encontraría con la sofocante humedad de piscinas climatizadas y saunas. Pero cuando vi la estancia tenuemente iluminada de velas y música sensual, supe enseguida que aquello no era lo que esperaba. Cristian, mi acompañante y amigo, me susurró en el oído que era una sorpresa.
Aquello era hermoso. Todo estaba ambientado en el siglo XVIII. Un amplio y largo pasillo de puertas blancas y paredes de terciopelo rojo nos conducía a una experiencia inolvidable. Cristian me dio cinco minutos para cambiarme en el vestidor. Colgada de una percha había una bata rosa de seda. Un ligero aroma a vainilla y canela flotaba en la habitación. Me la puse con delicadeza, sintiendo con placer la fina tela sobre mi piel desnuda. Él me esperaba en una habitación semioscura donde colgaba una enorme lámpara de araña. Una chimenea artificial que hacía parpadear la habitación en llamas anaranjadas y amarillas. Él también se había puesto una bata, de color verdiazul. Deseé besarle hasta borrarle los labios, pero contuve mi gratitud hasta el final. Nos masajearon la espalda con chocolate. A nuestro lado, reposaba sobre una redonda y pequeña mesa de madera, un cuenco de metal que contenía fresas. La compartimos boca contra boca,
Fuimos conducidos a varias salas distintas, ambientadas en épocas diferentes. Pero fue la de imitación suite real la que me excitó sobremanera. En el centro de la estancia nos esperaba una preciosa tina llena de agua y pétalos de rosas. Dos pequeñas toallas blancas reposaban sobre el filo de la bañera. Cristian y yo nos miramos y enseguida supimos que era donde más tardaríamos en salir.