sábado, 29 de marzo de 2014

ESTE JUEVES UN RELATO ¡A VOLAR!





-¡ A volar se ha dicho! - clamó Sylvia.

Ibamos en su coche descapotable rosa. Cuando nos recogía a la salida del colegio, disfrutábamos como las chicas más populares del instituto contraían su rostro en una mueca.

¡Envidia pura! nunca mejor dicho.

Sylvia nos doblaba la edad, pero eso no impedia que cada momento a su lado era un asalto hacía el éxtasis.

- Sacad de mi bolso el pintalabios.

Cuando Lorena se lo dio, Sylvia se pintó los labios del mismo color que su coche. El vehículo se subió un poco por la acera, despues viró bruscamente hacía la izquierda. Fue una suerte que no hubiese otro coche detrás. Subimos los brazos, cantamos a pleno pulmón: Crazy del grupo aerosmith. Me sentí como Olivia Silverstorne. Dentro de unos minutos, nuestras vidas cambiarian. Viajariamos por la república Checa, Europa y nuestro deseado París.

Observé el pañuelo rojo en la cabeza de Lorena y vi los ojos de Sylvia a través del retrovisor. Suspiré, me sudaban las manos. Apreté con fuerza la mano fría de Lorena y sentí que esa fantasía nuestra era la limitación de la vida. Sabíamos la verdad, pero no queríamos que dejara de sonreír. El sueño de Lorena era volar, y eso íbamos a hacer. Vimos a lo lejos las montañas, el mar y las gaviotas.

Lorena se colocó con más precisión el pañuelo rojo y por un momento anhelé tocar su largo pelo rubio. Nosotras seríamos su salvación, su inspiración, su bella sonrisa. Ninguna enfermedad del mundo nos lo impediría.






Nos disolvemos entre las personas. Un gran evento de cerveza alemana y concierto dedicado al día de San Patricio. Llevo puesta mi chaqueta de cuero negra para identificar mi gusto por el rock. Mis amigos están felices, me hacen estarlo a su lado. Pedimos tinto, hablamos, inmortalizamos el momento con fotos. Observo a las personas. Mis amigos saben que es una faceta mía, un despiste, tal vez una virtud. Me gusta observar, podría quedarme horas haciéndolo. Cada persona lleva una identidad, una historia, una cicatriz. Son felices, al menos aparentan estarlo. El ambiente nos motiva. Hay jóvenes que se dedican a bailar encima de las mesas o ir de un lado a otro para ver a quién encuentra. En esta pequeña ciudad es fácil encontrarse con viejas amistades o conocidos. Es una de las cosas que más me gusta de este lugar, su singularidad. Pedimos otro tinto, ya van dos. Empiezo a notar como el placer de reír inunda mis venas. No se está permitido pensar ni entristecerse. Damos vueltas, revolviéndonos entre la multitud. Nos agarramos de la mano para no perdernos. Siento el aliento de alguien en mi nuca. Alcohol, tabaco, fiesta. Los servicios son cabinas estrechas que constan de un espejito interior en la puerta. El inodoro está manchado de gotas de orina.

Un grupo de chicos tocan canciones de los Rolling Stones, ACDC, Nirvana…
Bailamos, eso es lo que importa: vivir. Olvido tristezas.


15/03/2014

sábado, 22 de marzo de 2014

miércoles, 12 de marzo de 2014

ACUARELAS



Recuerdo las tardes con el tío Martín. Su aliento a vino, sus manos de papel y sus dedos rollizos que siempre escondían algún tesoro encontrado de tiempos pasados. Le conocí cuando cumplí los catorce. Siempre estaba sentado en su silla de mimbre y veía a la gente pasar desde su balcón. Yo llamaba a su puerta de madera quebradiza y esperaba quince segundos para que la puerta cediera. Su minúsculo piso estaba decorado con diversas fotografías de su vida. Las paredes blancas y tronchadas. Me sentaba en la mecedora que había pertenecido a mi abuela y hablábamos largas horas. Muchas veces, la noche nos sorprendía y yo llegaba a casa con el corazón hecho de estrellas. Ansiaba que amaneciera para volver a compartir tardes con él, me dejaba tocar su rostro de arcilla deshecha y adivinar la historia de cada una de sus cicatrices y arrugas.


El día que el tío Martín dejó de observar a las personas, el día que dejó de abrir la puerta, mi madre estaba cocinando un pastel de calabaza. Recuerdo su mirada incomoda en mi hombro, ignorando mi interminable repertorio de preguntas. ¿ Dónde está el tío Martín? Mi madre no dijo nada, se concentraba en hornear el pastel, y restregarse continuamente las manos en su delantal de tulipanes rojos. Me asomé a nuestro balcón, me incliné para ver el de mi tío Martín, era fácil divisarlo porque estaba a dos balcones del nuestro. Silbé su nombre, solo respondieron las palomas que anidaban en los tejados. Había desaparecido, y mi padre al cual no solía ver con frecuencia por sus continuas idas de carreteras, me entregó el libro que el tío Martín siempre me leía al lado de su ventana con vistas a la calle. Cuando lo abrí, aprecié su torcida caligrafía. Había escrito un poema de Becker:




De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.

Y esta vida mortal, y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.


martes, 11 de marzo de 2014

RELATO JUEVERO: MASCOTAS.



Éponine llegó a nuestras vidas un dos de marzo. Eran las nueve de la mañana y sostenía entre mis manos una cálida taza de café. El corazón me latía a mil por hora, dentro de un rato nos traerían un cachorro. Unos nudillos tímidos llamaron a nuestra puerta. Cuando la vimos, fueron sus ojos de canica verde lo que nos atrajo enseguida. Su pelo era suave, creíamos incluso que era un peluche. Era la cosa más bonita que habíamos visto nunca. La cogimos en brazos y su cabecita reposó sobre nuestro pecho.

-Le daremos todo el amor del mundo.

Así fue. Nos contaron la historia de Éponine. La habían encontrado deambulando en las zonas verdes de una urbanización. Nadie reclamó por ella. Nos preguntamos como era posible que una perrita tan bonita pudiese ser abandonada. Pasados los días, ya tuvo soltura. Mordía mis zapatos, se metía debajo de mi cama (su lugar favorito) reclamaba premios cuando nos veía comer, y le encantaba subirse en el sofá, si es en nuestras rodillas, mejor. Éponine había dado luz a nuestro pequeño hogar. Le leía frases de libros, para que compartiese conmigo ese deleite, incluso la tenía a mi lado cuando escribía. Me miraba con curiosidad y apoyaba su barbilla en mi pierna. Me gustaba su cabecita mientras dormía. Lo que más disfrutábamos era cuando la sacábamos a pasear. Llamaba la atención allí dónde iba. La gente nos paraba y la acariciaban. El sol hacia que sus ojos adquirieran un verde más claro. La vimos crecer diariamente. 

Fue ayer cuando otros brazos la adoptarón. La vi alejarse con sus nuevos dueños. Lloré mientras su recuerdo se adhería en mi corazón. Al llegar a casa, encontré vacío su rincón. Sé que con los días ese dolor se disipará, lo he experimentado otras veces. El único consuelo que me queda es que ella estará en un hogar más confortable y amplio, viviendo otras aventuras, rodeada de amor.