lunes, 1 de diciembre de 2014

Existir



-Tranquila, ya no puede hacerte daño. No pueden hacerte daño.

Se abrazan. Ha empezado a llover. La ciudad se encoge. El reloj marca las diez.

-Debería irme a casa, suelo dormir a las doce de la noche.

-¿Una costumbre?- ella retira un mechón de su pelo. Ese ojo tan bonito no merece ser escondido.

-Llámalo así.

-¿Por qué crees que has venido a este mundo?

-No lo sé. Creo que para aprender a ser yo.

Silencio. Sólo se escucha el golpeteo de la lluvia sobre los adoquines.

-Necesito soledad.

-Yo necesito respirar.

-A veces pienso que nadie me comprende. Siento que todo gira y gira y yo no tengo la suficiente valentía para girar también. Es como si me hubieran inyectado en las venas un quilo de mercurio.

-A mi me gusta como eres.

-¿No cambiarías nada de mi?

Ella niega.

-¿Nada de nada?

Vuelve a negar. La otra suspira. Ya son las diez y media.

La acompaña a casa. Ha olvidado el paraguas, pero... ¡qué más da! A veces es necesario sentir la lluvia de verdad. En ese momento siente que sus pies giran un poquito, es un comienzo.

-Me haces existir.

Una sonrisa cómplice.

-Buenas noches.

La ve caminar calle arriba. Luego ve como gira hacia la derecha. Su sombra se ha difuminado. Entra en el portal con la sonrisa más bella. Esa noche dormirá feliz.

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