martes, 9 de diciembre de 2014

Eponine




Eponine llegó a nuestras vidas un dos de marzo. Eran las nueve de la mañana y sostenía entre mis manos una cálida taza de café. El corazón me latía a mil por hora, dentro de un rato nos traerían un cachorro. Unos nudillos tímidos llamaron a nuestra puerta. Una chica nos la trajo. Cuando la vimos, fueron sus ojos de canica verde lo que nos enamoró. Su pelo era suave, creíamos incluso que era un peluche. Era la cosa más bonita que habíamos visto nunca. La cogimos en brazos y su cabecita reposó sobre nuestro pecho.

-          Le daremos todo el amor del mundo- prometimos.

Así fue. Nos contaron la historia de Eponine. La habían encontrado deambulando en las zonas verdes de una urbanización. Nadie reclamó por ella. Nos preguntamos cómo era posible que una perrita tan bonita pudiese ser abandonada. Pasados los días, ya tuvo soltura. Mordía mis zapatos, se metía debajo de mi cama, su lugar favorito. Reclamaba premios cuando nos veía comer, y le encantaba subirse en el sofá, si era en nuestras rodillas, mejor. Eponine daba luz a nuestro pequeño hogar. Le leía frases de libros, para que compartiese conmigo ese deleite, incluso la tenía a mi lado cuando escribía. Me miraba con curiosidad y apoyaba su barbilla en mi pierna. Lo que más disfrutábamos era cuando la sacábamos a pasear. Llamaba la atención allí dónde iba. La gente nos paraba y la acariciaban. El sol hacia que sus ojos adquirieran un verde más claro. La vimos crecer diariamente. Solía entristecerme pensar que algún día ella se encontrara en otros brazos distintos. Y así fue. Eponine no giró la cabeza cuándo se marchó con su nueva familia. No se cercioró de la nueva vida que viviría, ya sin nosotras.

Aún la recuerdo marchar. Su silueta recortada por la brillante luz del sol de la tarde.

Eponine… se te extraña.


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