jueves, 16 de octubre de 2014

Enemigos imperfectos



Conozco a F desde que tenía seis años. Coincidimos en la escuela. Éramos enemigos en los recreos. Él disfrutaba robándome el bocadillo, yo disfrutaba pegándole chicles en la mochila. Me sacudía el pelo con su mano mojada de aceite.  Yo le regalaba pañuelos llenos de mocos. En las horas intermedias de clase, él solía gritar delante de todos que mis labios eran femeninos. Yo me quedaba en silencio, me quedaba sin respuestas, sin amenazas. Me enseñó el abecedario de palabrotas. Volvimos a coincidir años más adelante en el instituto. Maldita suerte la mía. F se reía, enarcando su ceja interrumpida por una cicatriz. Yo andaba con las manos metidas en los bolsillos, él las tenía siempre al acecho, preparadas para defenderse. Procuraba no tropezarme con él, pero el destino parecía querer unirnos de alguna manera. Vivíamos a dos manzanas de nuestra casa. Fuera del instituto él era otra persona, sostenía mi mirada afablemente, y hasta me saludaba. Yo no entendía esa doble personalidad. Si nos encontrábamos en una tienda o en una calle, él se me quedaba mirando de una manera que me producía escalofríos. Conocí a una chica con largas trenzas y mirada azul. Pero mi interés no era sexual, sino algo más personal. Intentamos hacer sexo, pero no se me levantaba. No lo entendía.

La relación se acabó.

Estuve solo mucho tiempo, sin ningún interés hacia las chicas. Sin embargo, cuando veía a mis compañeros de clase sudar en las clases de gimnasia y olía sus colonias frescas, me excitaba sobremanera. Al cabo de un tiempo supe a qué me atenía.
F se trasladó a otro instituto. Yo seguí en el mismo. No tenía claro lo que quería estudiar, pero permanecí unos años más. Recuerdo que era una tarde de otoño cuando crucé a toda prisa la calle para adentrarme en el metro. Llevaba bajo mi brazo una carpeta que guardaba mis últimos bocetos de diseño. Sabía dibujar. Probablemente era la única cosa que se me daba bien. En casa, todo estaba lleno de cuadros, entre los que predominaban Van Gogh, Henry Moret, Antoine Bouvard, etc. Aprendí de ellos.

Su voz es lo que recuerdo en ese instante. Pronunciando mí nombre con cuidado e inseguridad. A través de los cristales de la puerta del vagón, vi la figura de un chico de mi misma altura, semblante serio pero pícaro. Era F.

-¿Aún dibujas?-preguntó en un susurro.

Su aliento en mi hombro me estremeció.
Solo pude asentir.

Después recuerdo que bajamos juntos y que no podíamos despegarnos el uno del otro. Mostró interés en mis dibujos. Me gustó su sonrisa. Sabía que nada sería igual. No después de ese momento. No nos dijimos nada. Nuestros ojos lo dijeron todo.


Ahora me espera cuando salgo de casa para dirigirme al instituto. Vamos juntos en metro, me aprieta un poco los dedos de la mano con la suya, haciendo una promesa. Nos atrevemos incluso a caminar durante el trayecto del metro hasta la salida, cogidos de la mano. Él con la cabeza un poco más agachada de lo habitual, y yo mostrándome confuso pero feliz. Sobre todo muy muy feliz. 

2 comentarios:

  1. ¡Nunca se sabe!
    Deliciosa descripción de sentimientos.

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  2. Está bien escrito, y la descripción de lo que le pasa. Al principio te hace imaginar otra cosa, aparece la duda, pero luego se confirma. Me gusta.

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