miércoles, 3 de septiembre de 2014

El francés


    La madrugada se vistió de tormenta. A Tiffany le tocaba turno esa noche en el hotel. Un varón de aspecto extranjero se acercó a recepción. Tiffany ni siquiera había oído la puerta abrirse. El hombre tenía los ojos claros. Vestía vaqueros, deportivas Nike y una gabardina color crema. Era alto y muy atractivo. Ella le miró como a un modelo de revistas de moda.


    -Pardonez moi mademoiselle j´ai besoin d'une chambre.- Dijo él mirándola con esa intensidad propia de quien desea algo desesperadamente.


    A ella le gustó que fuera francés. De pequeña solía ver películas francesas. Suerte que sabía defenderse verbalmente. Como era verano, los turistas acudían con frecuencia. El hotel casi siempre estaba ocupado por ellos. Había una habitación disponible. Tiffany le preguntó cuántos días se quedaría.


    -Solo esta noche.- Dijo él.


    Ella mostró una media sonrisa. Pensó que entonces ya no le vería. Esa semana le tocaba turno de noche. El francés cogió su mano y le preguntó con cortesía si querría desayunar con él al día siguiente sorprendiendola.


    -A las diez tocará irse a casa- dijo ella.


    A él no le importó. Madrugaría. Cogió la llave de su habitación y se retiró besándola en la mano.


    La habitación era más bonita de lo que pensaba. Las ventanas eran grandes. Una alfombra de terciopelo llegaba desde la entrada hasta la cama, cama para dos. Deseó disfrutar de compañía femenina. Pensó en la chica de recepción. Durmió con el recuerdo de su sonrisa.
    Al día siguiente, ella le esperaba en el salón del hotel. Llevaba su ropa de cambio, pero se las ingenió para parecer más arreglada. Se bajó el escote de la camisa de seda azul, dejó su pelo suelto, había ahuecado los rizos con sus dedos. Y por último los labios. Una capa de brillo labial. Él llevaba su macuto en la mano. Le dio dos besos en la mejilla y caminaron juntos hacia una cafetería.


    -Eres preciosa.


    Sabia que era un bonito halago. A las chicas les gusta oírlo. Al lado de él, Tiffany sintió miles de estrellas explotando en su lengua y en su sexo. La recorrió un escalofrío. Era la primera vez que sentía todo aquello. Lo que más le gustaba de él eran sus labios prominentes, nacidos para besar. Deseó besarle allí mismo. Solo tenían cuatro horas. Él acercaba su mano a la de ella, procurando no parecer descarado. Era evidente que entre ellos había una química muy especial.
    Terminaron el café y encontraron un lugar íntimo. Una habitación con vistas al mar que era ideal. Fueron a casa de ella. Su compañera de piso estaba de viaje. Se sentía nerviosa. El gato merodeaba por el salón, ronroneaba en busca de sus brazos. Él la desnudó con paciencia, sintiendo su piel. La besó en el cuello. Tiffany se notaba muy húmeda, estaba hambrienta de placer. Los susurros del francés en su oído mientras acariciaba sus pezones, la excitó más aun. Dentro de cuatro horas él se irá, pensó ella. Aprovechó esa oportunidad que le brindaba el tiempo concedido y se sumergió en mordiscos y caricias. ¿Quién le diría que estaba en su casa con un guapo francés y comiéndole la boca? Un poco de blues y jazz, la ropa tirada en el suelo, un cuenco de fruta, los dos desnudos. Repartieron trozos de manzana y pera sobre el estómago y las piernas. Una cereza en mitad de los labios. El reloj palpitando sin piedad. El gato observándoles con atención. El sudor de sus cuerpos quedó impregnado en el suelo. Tiffany gritaba, le rogaba que no parase. Así, así, rómpeme entera, y él se desgarraba de placer entre sus piernas. Tuvieron el suficiente tiempo para desahogarse en risas, gemidos y súplicas.
    Llegada la noche, Tiffany se sintió relajada y cansada al mismo tiempo, Le dolían los labios de tanto besar y sentía en su espalda el peso de su amante francés. Él estaría de vuelta hacia algún lugar, leyendo un libro que ella le había regalado. Lo imaginaba pensar en ella mientras el paisaje de una nueva tierra le recibía.

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