jueves, 19 de junio de 2014

Sopa de estrellitas




Cuando era pequeña, mi madre solía hacer cuatro veces por semana cuatro clases de sopas: de estrellitas, de letras, de maravillas y de jardinera. En cada una de ellas me relataba una pequeña historia donde yo era la protagonista. Era por así decirlo: una forma de imaginarse como seria yo cuando alcanzase la edad adulta.

En la sopa de estrellitas yo era una heroína que volaba por el cielo, comiéndome todas las estrellas, para que mis deseos creciesen dentro de mí.

En la sopa de letras yo era una poetisa que, inundada de tinta de color, escribía los versos más bellos del mundo. Y daba vida a las pequeñas cosas con conjuros metafóricos.

En la sopa de maravillas yo era otra niña como Alicia en ese país imaginario, donde me adentraría sin temor a las experiencias de la vida, recorriendo los laberintos de los porqués y encontrando en cada desorden mi autodescubrimiento.

En la sopa de jardinera yo era una joven agricultora que vivía en una casita de madera rodeada de montañas alpinas y nevadas. Cosechando en una pequeña huerta mis frutos y realizaciones. Vestida con tan solo un atuendo como llevan los budistas. Inundada de paz, sin odios ni rencores. Ayudando a los demás.

Cuando mi madre murió, todas esas historias las enterré en una despensa llena de sobres de sopas no consumidas. Sin embargo, mi vida estuvo repleta de experiencias reflejadas en ellas. Había ocasiones que frecuentaba un parque y me tumbaba en la húmeda hierba, elevando mis brazos como si mis dedos pudiesen tocarlo. Me quedaba largas horas allí, jugando con mi imaginación. Cuando las estrellas empezaban a brillar sobre el manto de la noche, las observaba con nostalgia. De pequeña me las comía, las sentía brillar en cada célula de mi cuerpo. Y ahora volvían a estar ahí, parpadeando como una joya inédita. Alcé mis brazos y los balanceé hacia el universo. Volvía a ser una heroína que volaba en el cielo.

En la cocina flota un olor de caldo caliente. He seguido las recetas de mi madre. Llevo puesto su delantal. La vecina de enfrente asoma su cabeza decorada con rulos y me pregunta que es lo que huele tan bien. Le sonrío.


- Es la receta de una historia inolvidable.

7 comentarios:

  1. ¡Una historia, tierna, dulce, aromática... que puede ser real, claro...!

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  2. Emotivo relato cómo todo lo hagas cómo escribes valla joya

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  3. Me encantó cuando lo leiste en la reunión y me sigue encantando. Muy original, Sara. Un beso.

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  4. Un cuento para narrar un día de frio invierno. Tierno como tú.
    Besos

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  5. Un cuento muy original y lleno de recuerdos que pueden ser una parte importante de la vida. Ahí queda reflejado el amor de una madre y el sentimiento que despierta es inmenso. Como dices ahora, lo que duele despedirse de una madre. Porque una madre es lo mejor del mundo. Yo le hice un poema a mi madre, hace casi cuarenta años y todavía me acuerdo de cuando subía las escaleras, fatigada. Era en invierno y subía a nuestra habitación para revisar todas las puertas y ventanas para que no nos entrara el aire. Me ha gustado mucho tu cuento. ¿ Lo has revisado ahora o lo has ampliado?

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