lunes, 2 de junio de 2014

No imaginas.






Tocamos las castañuelas, llevo un vestido de primavera y zapatos rojos con lunares negros. Qué bonito es pasear por estas calles hechas de piedras rotas, Belén. A lo lejos oímos el afilador. Ríes, te acompaño, me entusiasma tu presencia. Los ojos se nos llenan de tentación cuando vemos escaparates repletos de pasteles. Qué bonito es vivir en estos años cincuenta y sentir que el futuro del mañana es el latido de este presente nuestro. Vamos a casa de tu tío, me has invitado a comer. Él siempre toca el organillo cuando visito su casa. Le brillan los ojos y las manos, Belén. Creo que sabe que me gusta vivir los días en los que sé que estará ahí. ¿Me ves guapa, amiga mía? Por favor, dime que si. ¿Crees que a él le gustará este vestido? No hace mucho me dijo que debería cambiar de trajes, los lunares hacen más femenina a la mujer. Menos mal que tengo un satélite de pecas en el cuerpo. Me gusta que me lleves de la mano para bailar en el parque con tu pequeña radio. Los chicos nos miran, eso nos gusta. Tenemos unas piernas muy bonitas, dicen, y unos buenos pechos. Somos cómplices de ese deseo carnal que despertamos en ellos.

¿Me dejo el pelo suelto o me lo sujeto con la diadema blanca de raso? Tengo ganas de oír el organillo de tu tío. Me salva cuando me mira, pero eso tú no lo sabes. A veces me preguntas porque escribo la inicial de mi amor secreto en la esquina del papel. ¿Qué puedo decirte? No me atrevo a confesarte que veo mi futuro en los ojos de tu tío y que sueño con sus dedos largos y llenos de experiencias. Me tiemblan las piernas, no entiendes porqué. Hemos llegado a casa de tu tío. Una sonrisa amplia y coqueta me delata.

3 comentarios:

  1. Hermosa historia. en esas piernas he creído reconocer las de la juventud de mi madre...

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  2. ¡Precioso relato, sobre sentimientos de amigas y cuántas confidencias se hacen... y complicidad!

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