miércoles, 12 de marzo de 2014

ACUARELAS



Recuerdo las tardes con el tío Martín. Su aliento a vino, sus manos de papel y sus dedos rollizos que siempre escondían algún tesoro encontrado de tiempos pasados. Le conocí cuando cumplí los catorce. Siempre estaba sentado en su silla de mimbre y veía a la gente pasar desde su balcón. Yo llamaba a su puerta de madera quebradiza y esperaba quince segundos para que la puerta cediera. Su minúsculo piso estaba decorado con diversas fotografías de su vida. Las paredes blancas y tronchadas. Me sentaba en la mecedora que había pertenecido a mi abuela y hablábamos largas horas. Muchas veces, la noche nos sorprendía y yo llegaba a casa con el corazón hecho de estrellas. Ansiaba que amaneciera para volver a compartir tardes con él, me dejaba tocar su rostro de arcilla deshecha y adivinar la historia de cada una de sus cicatrices y arrugas.


El día que el tío Martín dejó de observar a las personas, el día que dejó de abrir la puerta, mi madre estaba cocinando un pastel de calabaza. Recuerdo su mirada incomoda en mi hombro, ignorando mi interminable repertorio de preguntas. ¿ Dónde está el tío Martín? Mi madre no dijo nada, se concentraba en hornear el pastel, y restregarse continuamente las manos en su delantal de tulipanes rojos. Me asomé a nuestro balcón, me incliné para ver el de mi tío Martín, era fácil divisarlo porque estaba a dos balcones del nuestro. Silbé su nombre, solo respondieron las palomas que anidaban en los tejados. Había desaparecido, y mi padre al cual no solía ver con frecuencia por sus continuas idas de carreteras, me entregó el libro que el tío Martín siempre me leía al lado de su ventana con vistas a la calle. Cuando lo abrí, aprecié su torcida caligrafía. Había escrito un poema de Becker:




De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.

Y esta vida mortal, y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.


2 comentarios: