sábado, 1 de febrero de 2014

Siempre.








Lo observa. Él está enfrente. Ambos concentrados en su libro. Ella junto a la ventana, prendada del cielo empapado de nubes grises. Lloverá y ha olvidado el paraguas. Coloca su mano en la mejilla mientras se obliga a concentrarse en su libro de estudios. Tiene el cabello cobrizo que le cae sobre el lado izquierdo de la cara. Su palidez se intensifica con la camisa blanca que lleva puesta. El chico tiene las piernas cruzadas y mueve el pie. La mira, cuando está distraída. Se escucha una ambulancia, por primera vez coinciden, se miran, las palabras quedan enjauladas en ese silencio, ese baile de pupilas, un vals alegre. Ella se lleva la mano a la frente, él hace lo mismo. La copia, la hace suya con sus gestos. Ella sonríe mientras lee.
Ella pierde la mirada en la ventana. Enfrente está él, se siente un poco más feliz. Se rozan, sonríen, secretos escondidos. Ella se inclina suavemente hacía él y susurra en su oído: ¿Me esperarás al finalizar el examen? Él desearía poder haberle dicho: Te esperaría incluso si tuvieses catorce exámenes diarios. Pero solo asiente con la cabeza. A la hora de irse, ambos se levantan. No dicen nada, caminan hacia el mismo lugar, dos adolescentes con un examen el mismo día. Imagina que la besa cuando empieza a llover, porque de esa manera saben mejor los besos.

Pasadas dos horas vuelven a encontrarse. Ella le dice que tiene que irse, él decide acompañarla. Le pregunta de qué era el examen, ella le contesta que era de historia. A él le encanta la historia pero ella no lo sabe.

-¿Puedo verte mañana?- Le propone él una vez que tienen que volver a separarse.

- Siempre.- Contesta ella.

Le da un beso en la mejilla. El primer paso. El primer amor. Pero ella no apareció.
El asiento lo ocupaba otra joven. Se preguntó qué había ocurrido. Pasaron dos semanas, no volvió a verla. Pasaron meses, no logró olvidarla. Pasaron años, decidió volver a buscarla. La encontró sentada y solitaria en un pub. No era la misma, había cambiado. Su pelo no tenía esa delicadeza, tampoco sus ojos ni sus manos. Estaba más pálida.

-¿Por qué te fuiste?- le preguntó.

Ella agachó la mirada. No contestó.

Ella había hecho aquel último examen para olvidar la responsabilidad, olvidarse a sí misma. Quizá se marchó para lograr encontrar otro sentido a la vida. ¿Vivir para estudiar? Había oído esa frase en sus compañeros de aula.

-Siempre.-  Dijo ella.

Él no lo lograba entender que intentaba decirle. Ella se subió la camiseta, él miró con deseo sus pechos escondidos en el sujetador rosa. Descubrió  una pequeña cicatriz en el pecho izquierdo. Aquel día, después del examen, me enamoré. Me fui porque no puedo amarte.

-No puedo lograr una vida decente a tu lado.  Sentenció ella.

Él tragó saliva. Acarició la cicatriz. Ella cerró los ojos. Él apretó levemente su mano allí y susurró: Para siempre.



3 comentarios:

  1. Un final triste pero una linda historia Sarah. Me gustó leerla.

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  2. Creo que debería haber vuelto a ver al chico y decirle que lo que le ocurría. Al menos ambos habrían tenido una oportunidad para decidir que hacer.

    Bss.

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