jueves, 25 de diciembre de 2014

La Navidad de Emily



La pequeña Emily tenía la esperanza de celebrar la Navidad en compañía de sus padres. Éstos estaban enfermos y se encontraban con frecuencia ingresados en el hospital. En la mañana de Navidad, caminó con el corazón encogido y observando las lucecitas navideñas que colgaban en las calles y árboles. A pesar del frío, quería despejarse un poco. En su casa la esperaba su tía, que preparaba pollo horneado.
Algunos niños jugaban en algún parque, a vigilancia de sus padres. Otros, se apeaban de su coche con bolsas de regalos. Emily anheló el tacto del papel de regalo ajándose para dejar paso al descubrimiento de sus deseos.

-¿Qué le pides a Papa Noel? – le había preguntado su tía.

-A mis padres- fue su respuesta.

Al cruzar la calle, vio a un anciano que hurgaba en un contenedor. Decidió acercarse a él.

-¿Qué está buscando ahí?

El anciano dejó lo que estaba haciendo y la miró con ojos imploradores.

-Un regalo para mi nieta.

-¿Pero en el contenedor?- a Emily le parecía extraño que él buscase un regalo en aquel apestoso cubo de basura.

El anciano se encogió de hombros y siguió hurgando dentro. 

-Yo tengo juguetes en casa. Si quiere le puedo dar algunos para su nieta.

El anciano la miró detenidamente. Aquella niña no debía de tener más de ocho años. ¿Acaso no le advirtieron que no hablase con desconocidos?

-No te preocupes pequeña. Será mejor que regreses a casa. Hace mucho frío.

La niña se ajustó la bufanda y subió un poco más la cremallera de su chaqueta. No quería dejar a aquel hombre allí. Tuvo un plan.

-¿Le gustaría subir a mi casa para tomar algo calentito?

El anciano no daba crédito. Seguro que sus padres no dejarían que él subiese a su casa. La niña insistió. Cogió su mano, para sorpresa de él y lo condujo hacía su hogar. Tuvieron que subir unas cuantas escaleras, pues el edificio era muy antiguo y no había ascensor. El hombre observó las paredes desgastadas y manchadas de humedad, así como las baldosas rotas y torcidas de los rellanos. La niña hundió el dedo en el timbre de su puerta. Podía oírse la melodía de una canción al otro lado. Una mujer alta y robusta abrió la puerta. Llevaba un mandil blanco con dibujos de frutas. A pesar de las ojeras, era una mujer de rasgos dulces.

-¿Quién es este hombre?-le preguntó a la niña, mirando directamente al hombre de arriba abajo.

-Estaba buscando un regalo para su nieta en el contenedor.- La niña tenía su mano cogida en la de él.

Su tía deseó reprenderla por ello, pero se contuvo. Dudaba en dejar entrar a ese hombre. ¿Y si le robaban? ¿Y si era peligroso? Tenía pinta de ser un mendigo. Su aspecto era desaliñado y sucio. Cómo la mujer no hablaba, la niña le pidió que le dejara entrar para darle algunos regalos para su nieta. La tía dudó, pero finalmente lo dejó pasar. Era Navidad.
El hombre no se movió de la entrada. No quería aprovecharse de su generosidad. En la estancia flotaba un agradable aroma a pollo asado y ajo frito. Sus tripas rugieron. La mujer le dijo que se sentara. Como había sobrado un poco de caldo caliente de verduras, le ofreció un vaso. Éste se lo bebió de un trago. Agradecido besó la mano de la mujer. Ésta la retiró un poco incómoda. Después le preparó un bocadillo, mientras la niña arrastraba una caja hacía el salón. Cuando la abrió, sacó unas muñecas desgastadas y algunas prendas de niña, así como espejitos de plástico y juguetes. Él se sentó a su lado.

-Esta le gustará- dijo ella eligiendo una muñeca de pelo pelirrojo y pecas. Llevaba un vestidito de trapo. Emily cogió una bolsa y metió en ella el espejito de plástico, un biberón de juguete con líquido blanco dentro, un poco de pintura de cera y la muñeca. El anciano no sabía que decir. Tenía en sus ojos el comienzo de una lágrima.

La tía los observaba apoyada en el marco de la puerta. Era una escena tierna. Miró la cocina y pensó durante un buen rato. Cuando el anciano se levantó para irse, la mujer le invitó a pasar la noche de Navidad con ellas. Él estalló en un llanto. La niña corrió en brazos de su tía.

-Tita, ¿Le hemos hecho algo malo?- preguntó asustada.

Ésta sonrío.

-Al contrario, pequeña.

Fue una noche bonita y agradable. A pesar de la vergüenza, y más con ese aspecto, el anciano se sintió feliz después de mucho tiempo.

-Lo que vosotras estáis haciendo es el mejor regalo que se le puede hacer a un hombre andrajoso como yo.

Pusieron música, miraron la televisión, cantaron villancicos y disfrutaron de la cena. El pollo estaba delicioso. Hacía mucho tiempo que no comía tal manjar.
Se despidieron con una sonrisa. La niña miró por la ventana y vio alejarse al mendigo con la bolsa de sus juguetes. Se imaginaba con una sonrisa la felicidad de su nieta. Su tía la abrazó por detrás.

-Emy, ¿Por qué le has dado tus juguetes?

-Porque su nieta también merece jugar.

La mujer se emocionó al oír las palabras de su sobrina. Al día siguiente, Emy tuvo su regalo. Sus padres volvían a casa.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Tema jueveros: Una amistad especial.





Mike fue mi vida entera. Su presencia siempre provocaba en mi, desafíos desconocidos. Tuve la suerte de conocer el aroma de su ropa, de sus deseos, de sí mismo. Cuanto yo necesitaba de él, me lo daba. Buscaba su lengua en cada parte de mi cuerpo. Al despertar siempre me ofrecía mensajes que incitaban a un juego que disfrutábamos. Cada día hacíamos un plan. Desde nuestros furtivos encuentros hasta una mínima mirada. Nos conocíamos demasiado bien. Al doblar esquinas, él doblaba hacía arriba los bajos de mi vestido. Al entrar en un sitio público, él me esperaba allí dónde fuese. Sus manos sabían cómo hacerme estremecer. Su boca, toda una explosión de sabores. Muchas veces, por circunstancias de la vida, acabábamos separándonos, pero no había un solo viaje que borrase su recuerdo. Él era fuego, ardía cuando yo me acercaba.
Hacíamos bien eso de vivirnos, de sentirnos, conocer nuestros límites. El camino era peligroso, pero repleto de vivencias deliciosas. Cuando él no estaba, todo me parecía insignificante, absurdo. Yo desaparecía al igual que él. Y cuándo aparecía… bendito era el destino.
Nunca se olvida a alguien que se ha amado con mucha fuerza, con ese temor a destruirse. Años después de todo aquello, volvimos a vernos. Encontró para mí un hueco. La ciudad estaba sumida en su constante rutina. Nos miramos y vi mi imagen en sus pupilas. De nuevo volvía a ser aquella muchacha enamorada. Fue entonces cuando él confesó: Pensé que estábamos hechos para correr todos los peligros del mundo. No pude contestarle. El silencio se había tragado mis palabras. Pero tuve el valor de reclinarme hacía su silla y apoyar mis labios en los suyos.

martes, 9 de diciembre de 2014

Eponine




Eponine llegó a nuestras vidas un dos de marzo. Eran las nueve de la mañana y sostenía entre mis manos una cálida taza de café. El corazón me latía a mil por hora, dentro de un rato nos traerían un cachorro. Unos nudillos tímidos llamaron a nuestra puerta. Una chica nos la trajo. Cuando la vimos, fueron sus ojos de canica verde lo que nos enamoró. Su pelo era suave, creíamos incluso que era un peluche. Era la cosa más bonita que habíamos visto nunca. La cogimos en brazos y su cabecita reposó sobre nuestro pecho.

-          Le daremos todo el amor del mundo- prometimos.

Así fue. Nos contaron la historia de Eponine. La habían encontrado deambulando en las zonas verdes de una urbanización. Nadie reclamó por ella. Nos preguntamos cómo era posible que una perrita tan bonita pudiese ser abandonada. Pasados los días, ya tuvo soltura. Mordía mis zapatos, se metía debajo de mi cama, su lugar favorito. Reclamaba premios cuando nos veía comer, y le encantaba subirse en el sofá, si era en nuestras rodillas, mejor. Eponine daba luz a nuestro pequeño hogar. Le leía frases de libros, para que compartiese conmigo ese deleite, incluso la tenía a mi lado cuando escribía. Me miraba con curiosidad y apoyaba su barbilla en mi pierna. Lo que más disfrutábamos era cuando la sacábamos a pasear. Llamaba la atención allí dónde iba. La gente nos paraba y la acariciaban. El sol hacia que sus ojos adquirieran un verde más claro. La vimos crecer diariamente. Solía entristecerme pensar que algún día ella se encontrara en otros brazos distintos. Y así fue. Eponine no giró la cabeza cuándo se marchó con su nueva familia. No se cercioró de la nueva vida que viviría, ya sin nosotras.

Aún la recuerdo marchar. Su silueta recortada por la brillante luz del sol de la tarde.

Eponine… se te extraña.


lunes, 8 de diciembre de 2014

La palabra escrita

Pero cómo Abandonarla, dices, es fácil decirlo,
abandonarla como un piloto de combate
que abandona un avión sin control o en llamas. 

¿Pero cómo se salta de un avión caído, hecho pedazos y oxidado
o hundido en las profundidades del mar?


(Amos Oz) 



¿Cómo abandonar el poder de una palabra? 

¿Cómo ignorar el deseo de plasmar un pensamiento?

¿Cómo no sumergirse en mágicas páginas?

Es imposible. La musa siempre penetra en nuestro subconsciente. 

Imposible no amarla, no amarrarla, no hacerla nuestra.

Inspiración, por favor nunca me faltes. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Gravedad



Solía lanzar papelitos doblados por mi balcón. Era mi forma de llamar la atención a la gente que pasaba. Pero nadie me hacía caso. Dentro de aquellos papelitos yo había escrito lo que pensaba de la vida: crisis, guerra, pobreza, ignorancia, impotencia…
Las palabras se mecían en el viento, y acababan siendo aplastadas por zapatos. Repetí aquello hasta que cumplí veinte años. Ahora, a mis treinta años colgados en mi espalda, rehúso ver el telediario, las portadas de los diarios y todas las mentiras que escupen los políticos. Me he acostumbrado a todos los latidos del mundo, ignorando el mío. Las palabras ya no se mecen. Ahora quedan atrapadas en bocas inocentes y cansadas.


lunes, 1 de diciembre de 2014

Existir



-Tranquila, ya no puede hacerte daño. No pueden hacerte daño.

Se abrazan. Ha empezado a llover. La ciudad se encoge. El reloj marca las diez.

-Debería irme a casa, suelo dormir a las doce de la noche.

-¿Una costumbre?- ella retira un mechón de su pelo. Ese ojo tan bonito no merece ser escondido.

-Llámalo así.

-¿Por qué crees que has venido a este mundo?

-No lo sé. Creo que para aprender a ser yo.

Silencio. Sólo se escucha el golpeteo de la lluvia sobre los adoquines.

-Necesito soledad.

-Yo necesito respirar.

-A veces pienso que nadie me comprende. Siento que todo gira y gira y yo no tengo la suficiente valentía para girar también. Es como si me hubieran inyectado en las venas un quilo de mercurio.

-A mi me gusta como eres.

-¿No cambiarías nada de mi?

Ella niega.

-¿Nada de nada?

Vuelve a negar. La otra suspira. Ya son las diez y media.

La acompaña a casa. Ha olvidado el paraguas, pero... ¡qué más da! A veces es necesario sentir la lluvia de verdad. En ese momento siente que sus pies giran un poquito, es un comienzo.

-Me haces existir.

Una sonrisa cómplice.

-Buenas noches.

La ve caminar calle arriba. Luego ve como gira hacia la derecha. Su sombra se ha difuminado. Entra en el portal con la sonrisa más bella. Esa noche dormirá feliz.

sábado, 29 de noviembre de 2014

La domadora de olas



Domo las olas que llevan tu nombre.
Soy esclava del amanecer cuando despinta el infinito.
Clavo en la arena una promesa,
El agua lame mis heridas.
En la noche me posee la luna,
Me hace ser de sangre blanca,
Carne de plata.

El mar me vio nacer,
Me vio ahogar mi pelo para desenmarañarlo de absurdeces.
Ha vencido mis derrotas,
Ha agitado mi pecho cuando las olas rompían las orillas.

Me llaman domadora de olas,
Porque el agua sube hasta mis ojos
Y cada balanceo es una victoria.
Susurro canciones para hacer dormir la tempestad.
Me pierdo en la profundidad, vuelvo a resucitar,
¡Bendita gravedad!

Domo la esperanza que se disuelve en la espuma,
La arena tan fina y suave,
Me lleva a leyendas.
Cabalgo sobre las olas con mi risa,
La corriente me arrastra, la arrastro,
Somos el principio y el final.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Linea rota







Recibió una llamada ya entrada la noche. Al descolgar, percibió el aliento de una pasión que había estado dormida.

-No, que no noten el temblor en tu voz- advirtió él.

Ella tragó saliva. Contestó suavemente.

-Después de tanto tiempo…- no pudo continuar.

Silencio incómodo.

Él quiso saber cómo estaba ella. Sola. Estaba sola, como siempre. Había dejado su vida en esa pequeña ciudad. Ahora estaba viviendo nuevas experiencias. Años atrás, había amado a ese hombre que se perdió a través del tiempo. Fue su mentor, maestro y amante.

-No me pidas el mundo, aún no estoy en él- le dijo cuando ella acercó sus labios.
No ha olvidado la sensación de su cuerpo sobre el suyo. Su aliento en la curva de su cuello. Nunca supo su verdadero nombre. Para él estaba prohibida la naturalidad y el comienzo de una historia que les perjudicaría. Con el teléfono temblándole en los dedos, se aferró a esa voz que no estaba preparada para oír marchar.

-He de colgar. Me esperan. Solo quería saber si estabas bien- dijo él.
Ella sintió las lágrimas manchar sus labios. No había fuerza en ellas, pero reclamaban una respuesta.

-¿Volverás?-preguntó con esperanza.

Silencio al otro lado de la línea.

-Siempre que me lo permitas- contestó. Después solo se escuchó la prolongada secuencia de una línea rota. 

 https://www.youtube.com/watch?v=_Qu4W_20oV0