miércoles, 29 de mayo de 2013

Poema de Emily Bronte.






Nunca me cansaré de decir que " Cumbres Borrascosas" de la autora " Emily Bronte" es mi libro favorito. Hay algo en el que es soberano, exquisito, dotado de ternura, venganza y amor. Descubrí que Emily también habia escrito poemas. Indagué en internet y encontré entre muchos otros este poema suyo que me encantó. Os lo comparto. Merece la pena.


El viento nocturno.
The night wind, Emily Brontë (1818-1848)

En la suave medianoche del estío,
Una luna despejada brilló
A través de nuestra ventana
Y los rosales bañados en rocío.

Me senté en la reflexión silenciosa;
El viento suave agitó mi cabello;
Me dijo que cielo era un destello,
Y la tierra durmiente, justa.

No necesité sus toques
Para alimentar estos pensamientos;
Así y todo susurró, diciendo,
"¡Cuán oscuros serían los bosques!"

"Las hojas gruesas en mi murmullo
Crujen como en un sueño,Y de sus incontables voces es dueño
Un instinto que parece arrullo".

Dije, "Ve, apacible murmurante,
Tu cortés melodía es única:
Pero no pienses que su música
Tiene el poder de alcanzar mi mente."

"Juega con la flor perfumada,
La rama tierna del jóven árbol,
Y deja mis sentimientos humanos
En su propio cauce inquieto."

El vagabundo no me oyó:
Su beso se entibió cálidamente:
"¡Oh, Ven!" suspiró dulcemente;
"Seré yo contra tu voluntad"

"¿No fuimos amigos en la infancia?
¿No te he amado hace mucho tiempo?
Mientras tú, la noche solemne,
Mi canto despertabas con tu silencio."

"Que cuando repose tu corazón
Bajo la fría lápida de cemento,
Yo tendré tiempo para el lamento,
Y tú para estar sola."

Tarde de primavera






Recuerdo que te dije muy despacio: “Quiero que estés a mi lado cuando decida inventarte a través de mi escritura” y respondiste sin mucho afán: “Hace tiempo que estoy aquí”. A veces no comprendías como podía amar yo tanto una hoja en blanco, o un libro. Observabas como mantenía en mi regazo un ejemplar de mi escritora favorita: Marguerite Duras. Una vez te dije que cuando leía sus novelas, sentía que algo me unía a ella, me hacia vivir a través de sus palabras. 

“Cuando sonríes, el arte nace” susurraste, mirándome de esa manera tuya que me hacia estremecer. Me acerqué a ti y te abracé. Esta vez no retrocediste, podías oler mi esencia de mujer. Deseé decirte: “Ámame solo esta vez, permíteme experimentarlo” pero sabía que no podías ofrecerme lo que yo ansiaba.
Algún día te diré adiós, creo incluso que te hará sentir bien oírmelo decir. En esta tarde de primavera, los últimos rayos de sol se derraman sobre la fachada de un viejo edificio que esconde una historia. Inunda por igual algunos balcones que tienen macetas de geranios. Me quedo a tu lado, en silencio. No es necesario hablar, la mirada lo dice todo. Me acercó más a ti, y nuestros dedos se rozan, cómo si llevaran años haciéndolo.

Dijiste que estaba pálida como una luna triste. Pálida como una canción que nadie escucha. Pálida como el camisón que guardo en el último cajón, esperando que alguien me ame con el puesto. Fue entonces cuando deposité en tus labios mi último beso. Volvimos a quedarnos silenciosos, sin tener nada que decir, observando la vida, las personas y el constante vaivén de los coches que circulaban.

“Qué inocente es la juventud” pensé. Algún día escribiré con el corazón roto, pues dicen que se escribe deliciosamente cuando estamos llenos de heridas.
Escribiré sobre ti, sobre mí, sobre estas tardes a tu lado. Escribiré hasta que se cierren mis parpados, hasta que las palabras escuezan y no me quede más remedio que descansar. Un descanso que se me antojará extraño, impasible. Me abandonaré en la soledad, el delirio. Pero sobre todo escribiré para hacerte vivir a través del tiempo. 




sábado, 11 de mayo de 2013



Cuatro tazas de café sobre la mesa. Servilletas arrugadas, cuatro hombres sentados. Uno fuma un cigarro. El que está al lado aparta el humo con la mano. Dos ya se han bebido el café. Hablan de mujeres, de las suyas por supuesto. Hablan de sexo, dolores de cabeza, excusas que ellas ponen. Julio tiene la mirada perdida, acaricia su anillo de casado, suspira. Juan, el fumador, escucha con una amplia y soberbia sonrisa como Manuel relata lo que su mujer hace la mayor parte del tiempo.
¿Qué nos importa??? Piensa Julio, pero calla, como siempre.

-Hace reiki. ¿Os lo podéis creer?- dice Manuel quejumbroso. 

-¿Qué demonios es eso?- pregunta Juan aplastando el cigarro en el cenicero atiborrado de servilletas arrugadas.


-Supuestamente se trata de curar enfermedades con las manos- Manuel se limpia los labios con el dorso de la mano- encima ahora dice que usan las yemas de los dedos, un avance extraordinario, cuenta.

-¡Joder! Que inventos sacan- dice Juan volviendo a sacar del paquete de tabaco otro cigarro.

Al lado de Julio, Paco, observa en cómo está decorada la cafetería. Paredes de madera, rodeados de cuadros surrealistas, imágenes en blanco y negro que hablan sobre París, Londres y el Golden Gate. La tenue luz de la lámpara que pende del techo resalta los reflejos grisáceos del pelo de Julio, acentuando las arruguitas de la frente. La luz también refulge en sus párpados caídos, las largas pestañas y los labios brillantes por el último sorbo del café.
Manuel prosigue: 

-Cuando llego a casa, ella está echada en el sofá, leyendo esos libros espirituales, curativos y ese rollo. Me acerco a su cuello, intento tocarle las tetas y ella rehúye, palmea mi mano, mi intención. Y empezamos a discutir. Si esto sigue así, tendré que ir a un prostíbulo.

Juan ríe tosiendo. Se da unos golpecitos en el pecho. Paco menea la cabeza y piensa que Manuel no tiene remedio. Julio los observa, impasible, oyendo pero no escuchando. Presta su atención hacia el paragüero que hay en la entrada de la cafetería. Dentro hay un paraguas que cree haber visto, un paraguas azul eléctrico. Paco mira de reojo a Julio y le codea. La mirada de Julio lo dice todo, “Estoy bien, no te preocupes”

Manuel sigue en sus trece, erre que erre, sexo, necesidad, rutina. Todas las mañanas van a la misma cafetería, un breve paréntesis de descanso. Se desahogan hablando de la vida, el futuro, los contratiempos del trabajo, del cabrón del jefe supervisando sus proyectos, escudriñándoles la mirada a través de sus lentes gruesas. Julio observa minuciosamente los rostros que entran por la puerta. Palpa su mirada en los gestos juveniles y tímidos de las chicas que se sientan dos mesas más allá, colgando sus chaquetas en los respaldos de las sillas. Cruzan sus piernas, dejando una sensual visión de carne suave y bronceada. Reposan las manos en las mejillas coloradas, prestándose atención la una a la otra.
Julio desea volver a saborear la juventud, abandonarse en un cuerpo de mujer. Vuelve a acariciar su anillo que ya no es anillo, es tan solo un aro oxidado que no dice nada. 
Paco enlaza sus dedos, como si los viese por primera vez, vive solo, con un gato orondo que reposa sobre sus zapatos cuando el sueño los vence. Acaricia su soledad con el retrato de su mujer fallecida. Manuel parlotea sobre lo aburridas que son las mujeres y lo deseoso que está de conocer otras carnes más jóvenes. Juan piensa con quién se acostará esa noche, ha pensado en su vecina, una jovencita rusa de cabello como el sol. Ella que desnuda su espalda frente a él, dejando el jersey en el respaldo del sillón, mostrando de perfil una aureola pequeña y rosada sin saber que está siendo observada. Juan termina saciando su deseo detrás de la cortina, frotando su sexo, fijándose en el redondo y respingón trasero de la joven. Tiene que probarlo sea como sea. Esa noche se hará pasar por un agradable vecino que llamará a su puerta con la excusa de que necesita azúcar. Julio mira su reloj, ha acabado el tiempo de descanso, han de volver al trabajo. Los cuatro se levantan cómo si hubiesen estado años sentados.
Una vez en la calle, Julio se para de golpe. Sus compañeros se giran, no entienden que ocurre. Julio palidece, recuerda a su mujer dejando el paraguas azul en la bañera de su piso. Ese paraguas que olía a tabaco, café y a infidelidad. Retrocede y vuelve a la cafetería, no escucha las voces de sus compañeros, ni los coches cruzando por su lado, a punto de atropellarlo.

El camarero lo mira incómodamente, debajo de él hay algo, hay alguien, está seguro. “Enséñame las manos”, le pide. El camarero duda, pero termina haciéndolo. Julio está a punto de perder el control. Tiene en las palmas la huella de ese carmín que reconoce. Un anillo igual al suyo, pero más lustroso. Julio dirige su mirada hacia la cocina tapada por caireles. Sabe quien está ahí, puede ver el perfil de unos tacones rojos, la piel delicada oculta tras unas medias. Julio da un golpe seco en la barra de la cafetería, atrayendo la atención de los que están allí. “¡Disfrútala!” grita, y esas palabras son escupidas hacía la vergüenza, la desfachatez. Se marcha, escuchando el leve y ya lejano llanto de su mujer.