domingo, 28 de abril de 2013

En esta tarde.






Pesan las nubes en esta tarde gris. Escruto la mirada hacia el infinito. En mis manos florecen sueños, descalzo tu recuerdo.
La ciudad descansa, hay ventanas que ocultan la vida. La mía está abierta, esta vez no cerraré las persianas.

Imagino que penetrarás en esta habitación con la ayuda del viento.
Quererte significaba destapar heridas,
pero así te quise, con tus tormentas, aflicciones, dista...
ncias y olvidos.
Un amor como el mío no lo encontrarás en la arena que se funde bajo tus pisadas.

Una tarde como está, susurraste en mis labios que siempre volverías cuando el cielo se tornase de gris, con tu abrigo de mendigo, ocultando debajo del brazo papeles llenos de poemas. Nunca los pude leer, te los llevaste contigo, dejándome huérfana de ellos.

Hoy llueve, en mis pechos duerme tu nostalgia. Ya no estás, no vives, no en esta tarde gris. Vivo con mi soledad, divorciándome de mis sentimientos.
El cielo comparte conmigo la tristeza que trae la lluvia, refugiándose en mi vientre, párpados y en el corazón.
 

sábado, 20 de abril de 2013

Cuando despiertes





Cuando despiertes, lo primero que harás será descubrir un mundo nuevo. La luz de la lámpara empequeñecerá tus ojos y te los frotarás como si hubiese dentro mosquitos. Te levantarás de ese colchón duro y sin adornos.  Enfrentarás tus imperfecciones en el espejo y harás lo posible para que todo salga bien.  No estás solo, lo supiste anoche. El abrigo de ella te reta a abrazarlo, está graciosamente estirado en el sofá. Aún huele a ella cuando lo acercas a tu nariz. A través del cristal del balcón se ven palomas circulando sobre los tejados. Frente a ti, vive la ciudad. El panadero repartiendo el pan; la vecina guapa y estirada que se retoca el pelo cinco veces; el mismo vehículo estacionado en tu puerta, y a tu frente la ves a ella,  una Julieta asomada en su balcón,  y a su Romeo detrás, abrazándola, mientras ella te observa. Es blanca como un poema vacío, pero provoca en ti una atracción que nunca antes habías sentido. Vuelves a mirar el abrigo en el sofá y te preparas para ver dos piernas delgadas y pálidas salir de la habitación. Sostiene entre el regazo una bandeja de comida, decorado con dibujos de corazones y estrellas, te pones a contar tus latidos, respiras hondo. Las estrellas viven en sus ojos, y en sus palabras laten corazones. Ella es la mujer que deberías esperar siempre, tal vez puede que sea la única mujer que verdaderamente valga la pena avanzar o retroceder. Suspiras y ella lo toma como un cumplido. Ha depositado en la bandeja dos vasos de leche fría con azúcar como a ti te gusta, dos manzanas, y dos tostadas de mermelada. “Que tierna es”, piensas, pero no  te atreves a dar un paso. Sin embargo, ella se muerde los labios y se sienta aplastando el abrigo con su espalda estrecha y llena de pecas. El abrigo parece por un instante, su segunda piel. Un trozo de carne que se ha desprendido.

Por el rabillo del ojo observas a Julieta y ahora ella está sola. Su Romeo debe haberse ido a trabajar. Te observa mientras con su mano juega a tocarse la delicada piel que se oculta tras la blusa fina y blanca. Por un momento incluso ves el color pardo de sus pezones y algo en ti tiembla, un terremoto en las venas. Aprietas las manos en la barandilla, sudan, como si las hubieses hundido en una fuente. Escuchas una sinfonía que procede de una gramola, conoces bien ese sonido, lo escuchaste mientras penetrabas dentro de Julieta, tu pasión y tormenta. Una melodía que acariciaba el sonido del placer, incluso en esos párpados alegres y abiertos, dónde te incitaban a navegar en el mar.

Hay dos mundos enfrentándote. Uno te espera en el balcón de enfrente, el otro está en la habitación dónde has dejado de ser un niño grande. Volteas la cabeza, observas como los rizos rojos de tu sumisa, se derraman sobre sus hombros mientras te echa en la leche el azúcar. La otra mujer, prepara su cuerpo con la esperanza de tenerte a su lado, emborrachando su soledad con esa canción que trastoca tu fidelidad. Te rozas el bulto que late en tu entrepierna, “Esta vez el demonio no ganará” te dices a ti mismo. Entras de nuevo en el salón, dónde la pelirroja te espera con su hermosa sonrisa. Pero has dejado el balcón abierto y la melodía entra muy despacio, acariciándoos con su sensibilidad y delirio. La pelirroja roza tu pierna, te estremeces. ¿Y si pudieses poseer la imagen de la otra en esta?  Terminas pronto tu desayuno, abres las restantes ventanas, más luz, como si viviríais en nubes. 
Con delicadeza, tumbas a la pelirroja en el sofá, ella por supuesto se abre a ti, como una flor a punto de florecer. Desnudo, observas como la amante que os observa desde el balcón, acaricia con más fuerza su tersa piel. Algo en ti se desgarra por dentro, no puedes tener a las dos, es una verdad que hay que afrontar. Pero muestras tu naturalidad humana ante ella, regalas a sus ojos encharcados la imagen de amante afligido. La pelirroja se levanta, ahora sois como Adam y Eva en una habitación perdida y blanca, acariciándoos lentamente, la manzana mordida entre los muslos, mirada rapaz. La amante risueña y solitaria os observa con resquemor, apretando las manos en la barandilla. Sus dedos largos y frágiles se convierten en pérfidas garras. La pelirroja te abraza por detrás, acaricia tu espalda e inclina la cabeza en tu nuca. Eres su hombre, a una mujer jamás se le debe arrebatar su tesoro.

El espejo que muestras sólo refleja dos cuerpos encendidos en míseras llamas. Sin embargo, cuando observas a Julieta, es tan solo un espejo demasiado pequeño e insignificante que se desfigura una vez que cierra de un portazo la puerta corredera del balcón. Enfrentándose a su soledad, esperando a ese Romeo que no merece llamarse de ese modo, no merecedor incluso de sus besos rojos.
Decidís cerrar las ventanas, ya no se oye la sinfonía. Solo hay silencio, un silencio que se mezcla con el sudor y los murmullos. Después de hacer el amor, quedará el vacío y la incuestionable decisión de seguir siendo maestro o amante.