sábado, 30 de marzo de 2013

Cierra la puerta




Cierra la puerta, así no entraran bocas que ensucian nuestra intimidad. Tenme paciencia, deposita en mis manos el testamento de tu promesa.  Llévame contigo, permíteme ser tu fiel sumisa. Me abro como una flor sedienta, eres la luz que se hizo, el agua que me alimenta. Me dueles tanto en esta habitación repleta de espejos. Comulgamos la tentación sobre nuestra piel que arde. Sabes que podría darte el mundo, incluso trozos de mis labios, pero incluso sabiéndolo, rehúyes. No te culpo, vida mía, el amor duele. Seguiré ofreciéndote el abrigo de mis brazos y acercaré lentamente mi tímida mejilla en tu pecho cada vez que dediques un pequeño tiempo para mí.

Amanezco desintoxicada de tus besos muertos. Los primeros rayos de sol se filtran por la ventana, pinta las heridas de mi piel. Cicatrices que han menguado durante años. Fuiste tú lo que me condujo hacia el norte. Me hice viajera y encontré por las carreteras las huellas de tu viaje sin vuelta. Pero toqué la luna cuando te vi aparecer durante una fracción de segundo. Fue difícil quererte, lo sé. Disfrazábamos la realidad con versos tristes y anodinos. He estado descalza tanto tiempo, queriendo sentir la arena fundiéndose sobre mis pies, siempre fríos.
No me pidas que te olvide, déjame sentirte cerca, muy cerca. Prometo no alterar tu condición. Aunque te importe poco, yo estaré recorriendo el mismo camino que has iniciado. Me he convertido en esa sombra que permanece a tu lado, aun cuando duermes. He besado tus pestañas sin que te des cuenta, y he depositado en tus latidos, los compases de un reloj travieso que relata los momentos vividos.
Me has acostumbrado a quererte demasiado. Y acostumbrándome sin ti, vivo y muero.

viernes, 22 de marzo de 2013

C&L



Dormí con un libro de poesía. Mis sueños encontraron los dientes de las montañas y entre la resina tu viejo recuerdo. Tu imagen se pronunciaba mientras sonaban las doce de la noche, hora de brujas. Me acurruqué entre mis sábanas dolidas y confesé a la almohada mis noches sin sentido. Esta noche de luna llena, divago en el baúl de mi intimidad y encuentro caricias de juguetes usados.

El eterno invierno obligó a abrigarnos con nuestro aliento. Yo era tu muñeca favorita. Contigo vivía desnuda, ahora mi mundo es averno. Peinabas mi pelo rubio con tus dedos de aguja, besabas después el relieve de mi frente. Y dormíamos abrazados, imaginándonos inmortales, sin odiarnos. Nuestras camas siempre se inundaban de sueños rotos. El crepúsculo besaba nuestros labios. Dibujaste ocasos en mis pechos y trazaste rutas en mis nalgas. Me retorcía en tus brazos, hambrienta y deshecha, en nuestra maraña de secretos.
Prometiste marcharte con la noche y no supe gritarte: ¿No deseas poseerme?
Salías y el silencio se tragaba mi voz.

Escribí una nota para que la luna hiciera de mensajera. Citaba mi súplica: Si te rogase que volvieras, ¿lo harías?
¡ Jamás! Respondiste. Y me quedé con mi amor muerto entre las manos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Esta noche tocará pensarte.




Mientras me abrigo con la soledad en este viejo y triste hogar, tú tendrás unos brazos que acunen tu cansancio. Harás una luna con tus labios porque no estarás solo.  ¿En qué posición estaré yo? ¿Qué ventana me pertenecerá para observar cómo te alejas para encontrar la realidad que te arrastra? ¿Cómo he de consolar mis ojos hinchados y escocidos por la sal de la tristeza?  
Contemplo este amor que late dentro de mí y el cual no puedo gritar. Amarga poeta soy,  que emana cierto delirio en mirada madreselva.

El infinito ha recorrido la curva perfecta del ocho, abril que está cerca, y marzo que suena como si labrase la tierra con una hoz. Hoy dejaré las poesías durmiendo en mi almohada, pero soñaré amaneceres a tu lado y crearé el universo perfecto con la ayuda de tus manos. Soñaré que emerges en mi boca la brisa del océano y tu cuerpo pegado al mío, como un vals que no morirá nunca. Esta noche me pertenece resucitarte en mis ilusiones y sedar mi nostalgia. 

domingo, 3 de marzo de 2013

El puente, nuestro fiel amante.





“Si alguien me preguntase que fue lo que más amé de la vida, no diré que fuiste tú. Porque al decir verdad, lo que más amé fue cada momento que descubrí ser feliz a tu lado”.

El puente quedó atrás. Con él, los besos muertos que guardé. Tiré la última piedra que escondí en la mano. Se ha deshojado la flor que aun logró sobrevivir, la que guardé en la página de mi diario, donde cité el día en que le conocí. Ubiqué cada palabra en su correspondiente orden, para que no quedasen incoherentes los sentimientos que comulgamos. No estoy loca, es que quise demasiado a ese hombre.

Sentada en el coche, observé a través del retrovisor, como el puente se hacía más pequeño, Un arco ambiguo y quebrantado que ha vivido las primeras vivencias de la juventud. ¡Cuántas veces había estado yo allí!, buscando mariposas, descifrando nubes en el río, reposando mis manos en la fría piedra de musgo. Había apuñalado en una de las vigas del puente, mi deseo de encontrar a un amor de verdad, de esos que nunca se olvidan.

Recuerdo la primera vez que él entró en mi vida y dibujó en mi rostro, la belleza de una sonrisa. Había puesto sus manos sobre las mías, dedos largos y gruesos, líneas marcadas, cálidas, sudadas. Me había enamorado de su sensibilidad. Tuve primaveras viviendo en mis pupilas, flores apresadas en el paladar de su bendita lengua, sauces que se inclinaban tímidos cuando paseábamos. Su aliento a almizcle. Con él, no tenía miedo a nada, era feliz. El puente era nuestro fiel amante. Cada día, yo rezaba a los dioses para que él no desapareciera.

Pero el silencio empezó a inundar nuestra intimidad. Ya no oíamos los jilgueros, sus manos ya no acunaban mi necesidad. Ya no vivían primaveras en mis ojos, solo inviernos. Ese mismo silencio fue lo que nos destruyó. ¡Qué importantes son a veces las palabras!

Las mariposas que busqué durante toda mi vida y que existieron dentro de mí cuando él besaba los surcos de mis labios, habían desaparecido. Dentro de mí, solo quedó una jaula llena de lombrices. No tuve valor de vivir sin sueños. Él se los llevó, ¡ladrón de mi inocencia!

Han pasado años desde entonces, pero jamás he olvidado la manera que él tenía de darle belleza a todo lo que nos rodeaba. Y aun, cuando paso los dedos sobre mis labios, casi puedo sentir la huella de los suyos. En la vida pocas veces puede darse la maravillosa oportunidad de vivir un amor tan intenso y formidable como lo vivimos nosotros.

Me obligué a no deshacerme en lágrimas, mientras observaba nostálgica la última imagen de ese puente, que le dio a mi vida inolvidables momentos. Cerré los ojos,  tan fuerte que hasta mis propios párpados fueron mis enemigos. Y me oí decir: “Adiós mi vida, adiós a mi juventud”.