miércoles, 27 de febrero de 2013

Iglesia


Me senté en un banco de la iglesia y me dispuse a pensar. Era una bonita mañana de invierno, las calles estaban atestadas de Jóvenes que iban a comenzar su rutina en el instituto, y niños cogidos de las manos de sus madres. Pero mi mañana se basó en una oración que mandé a mi corazón. Hacía tiempo que olvidé como se rezaba.  Miré el rostro de Cristo, mísero, crucificado. Recordé las palabras que suscitaban los pilares que el ser humano debía realizar en su vida:

1º plantar un árbol
2º escribir un libro
3º tener un hijo

Lo primero que pensé fue en plantar un árbol dentro de mi corazón. Porque plantar un árbol en el corazón es hacer nacer una esperanza y alimentarla. Referente a escribir un libro ya lo había realizado, pero aun faltaba crear una inolvidable historia. Y algún día, daré vida a una criatura que saboreé los placeres de su existencia.

Dentro de la iglesia, encontré la paz, la fe, el amor por las pequeñas cosas.  Entendí que al igual que uno se pierde, acaba encontrándose. Alguien me dijo una vez:   No vayas nunca a una iglesia ni no estás preparada para enfrentarte al silencio. Sin embargo, ellas esconden el silencio más hermoso que existe, el preludio de los ángeles.

viernes, 22 de febrero de 2013

No te vayas.




No me pidas que te olvide, sería como dejar pasar mi tren favorito. He pasado muchas veces por el mismo lugar, sintiendo como la vida pasa debajo de mis pies. Espero en vano, sentada en unas escaleras frías, manchadas de despedidas. Abrigo mi silencio, nadie entenderá jamás este dolor que habita dentro. Sumo las palabras que me salvarán del vacío de sus pupilas. Pensé que era su modelo, su muñeca reciclable. En la guerra y en el amor todo equivale a destrucción. ¿Fui ese peldaño que hirió su zapato?

He perdido algo en esta estación. Es lo que me ha traído hasta aquí, la necesidad, el deseo de volver, los abrigos llenos de secretos que se han cruzado en mi camino. He vuelto y espero de nuevo. El ocaso empezó a desprender en mi hogar un color mortecino que besaba las láminas de la persiana.
El cielo es blanco, y blancos son los recuerdos de antaño. Me permito viajar en el tiempo. No estoy sola, mi corazón tiembla conmigo. Recuerdo lo que Alejandra Pizarnik citó una vez: “Tú eliges el lugar de la herida, en donde hablamos nuestro silencio. Tú haces de mi vida esta ceremonia demasiado pura”

Esta estación es todo lo que tengo. Aquí viven mis maletas y mis esperanzas. El eligió darle un mordisco a mi corazón, pero lo que yo hice fue elegir esperar a que él bajara de ese tren para darle vida a mi vida. Porque sin él no soy nada, y nada es también el eco de su voz rota. Solo quería estar a su lado, sin límites en el tiempo, sin billetes ajados y caducados. Viajar hundida en su hombro, mientras el paisaje se difuminaba alrededor. Salvarme, para salvarlo también a él. Porque era él mi emblema de los sueños perdidos y ansiados. 


domingo, 17 de febrero de 2013

Es la hora.



Me duele, pero no captas de dónde procede el dolor. Ya no nadan peces en la pecera de mis sueños.

Me he atrevido a profundizar en este bosque que encierra un secreto. Allá a lo lejos se percibe una grieta entre los árboles. Voy a cruzar al otro lado,  mire por donde mire, sin ti solo hay vacío.

Es cierto que siempre de un modo u otro he estado vagando por diferentes caminos. He inclinado mi cabeza  sin  importarme romperme contra el viento. He estado en guerra conmigo misma demasiado tiempo. No he encontrado aún mi brújula.

Dijiste: “Te quiero”, pero no logré oírte. Solo he descubierto en este calidoscopio absurdo de mi vida, dibujos que no son dibujos, ángulos deformes. Ya no siento tu mano descubriendo mi cuerpo de mujer. Ya no percibo la melodía de tus palabras, porque he olvidado como suenan.

Lo siento” es lo que dijiste aquella noche. Después solo hubo silencio. Podía oírse  el latido del viejo reloj de cuco. Me dormí con tus manos de esqueleto, frías y duras. Bajo la cuna de mi espalda solo trazaste un camino de espinas, cicatrices que aun cuando consigo vérmelas al contemplarme al espejo, tu amor estaba lleno de dolor.

Yo hundía la cabeza en la almohada. Me vistes romperme en lágrimas, pero solo creabas un vaso nuevo, para que no se nos inundase el hogar. Nuestro feliz hogar. A veces, cuando las llamas de la lumbre crepitaban, imaginaba tu cara arder, como papel de estraza. Cuando llegabas a casa ebrio y apestando a soledad, yo ofrecía la otra máscara de mi rostro y me comportaba como una dulce y sumisa mujercita. Al apretar tus labios contra los míos como si apretases el gatillo de la pistola a una cabeza, me dejaba vencer.

Jurabas que me querías por encima de todo, que solo era una mala época. Yo volvía a caer en tu sucia trampa. Un hombre que ha olvidado amar, ha olvidado vivir. Tus pies eran como teclas borrachas de un triste piano al acercarte y rodear mi cintura. Estábamos vacíos, sin esperanza, sin reconstrucciones de un futuro. Gritaste pero yo ya no estaba, eras ese fantasma que conseguí vencer.

Voy a ser una mujer libre, un colibrí que bebe el dulce néctar de la juventud olvidada. Voy a abrir caminos y dejar puertas entreabiertas. ¿Crees que estoy loca? Al menos sé lo que quiero. No voy a dejar que me atrapen tus sucias trampas y tus mentiras. Voy a darme el lujo de amarme a mí misma. Es la hora.

martes, 12 de febrero de 2013

El abuelo




Qué triste se ve al abuelo allí sentado, envuelto en pensamientos que guardan el silencio de sus heridas. Le oigo murmurar “mundo embustero” una y otra vez, hasta el atardecer. Observo sus zapatos polvorientos y su mirada desequilibrada. Se balancea lentamente, le duele respirar. Le pregunto por qué el mundo es embustero, responde que la vida es como un botijo vacío. Pero no le entiendo, dice que soy demasiado joven para entender este mísero y ruin país.

A veces el abuelo es diferente. Bebe las natillas en vez de tomarlas con la cuchara. Reímos cuando vemos su bigotito manchado de pegatina amarilla. Él acompaña con su sonrisa nuestras carcajadas. Cuando está de buen humor, hace que todo vaya bien. El mundo de afuera nos parece encantador porque él nos relata historias increíbles. Hay días que nos azota el culo y grita que esta difícil juventud lo matará un día. Pero sé que él me quiere, lo he visto en sus ojos de cuervo negro. Cuando me acurruco en las sábanas, está a mi lado, susurrando una historia y acariciando mi pelo. A mis hermanos apenas les presta la suficiente atención. Conmigo, el abuelo es un niño atrapado que anhela soñar y columpiarse bajo el árbol de la esperanza. Para los demás, el abuelo es el abuelo.

Es noche de luna menguante. A través de la rendija de la ventana se oye susurrar al viento, un silbido que hiela la sangre. El abuelo fija su sucia mirada en los cristales y dice incansablemente que el tiempo ha venido disfrazado de muerte. Me acerco a su flácido brazo y froto mi mejilla contra la tela de su pijama. Él aparta mi cara con un movimiento brusco de su mano, pero no me importa,  el abuelo es el abuelo”.
Al romper el alba, no está en su cama. Encuentro huellas de pisadas sobre el barrio húmedo cuando aprieto la nariz en la ventana. Salgo sin importarme el frío. El abuelo ha dejado un rastro de viejo curioso. Él cielo ha partido en dos el color azul y blanco. Hurgo entre los matorrales, lo busco en la niebla, cada vez se hace más espesa. Me horroriza pensar que se ha perdido, él jamás sale de casa sin excusarse. Debo estar soñando, esto no es real. Cuando despierte de esta pesadilla, el abuelo estará a mi lado, con su olor a jabón y su ademán insolente. La niebla cubre el caserío. Imagino a mis hermanos buscarnos, con sus caritas rojas e hinchadas de llorar. Si el abuelo no aparece, tendré que regresar.
De repente, escucho su voz. Mi corazón parece tan pequeño que apenas puedo sentirlo latir. El abuelo reza fuerte. Corro hacia él apartando la niebla con las manos. Está sentado, con una mirada anestesiada, rodeando sus huesudas y sucias rodillas con sus manos. Me acerco, las hojas muertas de los árboles crujen bajo mis zapatos. Toco su hombro mientras murmuro la misma frase: “mundo embustero, mundo embustero”.
-         

      - Tranquilo, abuelo. Estas a salvo- le digo para tranquilizarle. Le ayudo a levantarse, ambos caminamos como si nos hubiesen arrancado el alma. Tiro de su brazo, el caserío se distingue por fin. El abuelo escruta la mirada hacia el infinito, en su mejilla izquierda hay una herida perforada que no había visto antes.

El abuelo curva su boca en una sonrisa grotesca y me mira con sus ojos negros de demonio.

-          - Mundo embustero. Tú perteneces al mismo lugar.

El abuelo ha perdido la cabeza, el corazón y la coherencia. Hago el último intento de arrastrarlo hacia nuestro hogar. Al entrar en el caserío, nadie nos recibe. ¿No han notado que el abuelo ha estado ausente horas?
Lo acuesto con cuidado y lo arropo con las mantas. El olor a viejo no ha desaparecido, no podrá desaparecer jamás, es la huella de su existencia. Una vez apagada la luz del desván, bajo las escaleras. En el salón se respira una tensa atmósfera. En la mesa hay bollos calientes, la chimenea lanza su resplandor naranja sobre los rostros silenciosos y preocupados de mis hermanos y mi madre. Me preguntan dónde he estado.

-          Con el abuelo- respondo.

Las caritas de mis hermanos se contraen en horror. Mi madre chasquea la lengua, posa su delicada mano en mi hombro y me dice en un susurro que crispa mi piel: Es imposible que hayas estado con el abuelo, murió anoche, ¿no lo recuerdas?