sábado, 27 de julio de 2013

La voz


Escribí este relato con la idea del administrador de la página: http://www.unlibroparalahistoria.com/. Una web con una propuesta literaria muy interesante dónde participamos un conjunto de jóvenes para crear un libro entre todos.

LA VOZ.

Escuché tras la puerta. Era aquel sonido que tanto me había despertado en las noches. Un quejido, un aullido, acaso un gemido de dolor, de hambre, de furia. Temblé, siempre lo hacía cuando escuchaba aquella voz. Volví a mi habitación, saqué de debajo de la cama a “Tommy” mi oso de peluche. Cuando lo sostenía entre mis brazos, el mundo desaparecía, al igual que la voz, el miedo. Tras la ventana se apreciaban los campos de cultivo, maíz, trigo. Las cosechas de mi abuelo. Aquella mañana desperté con la certeza de que ocurriría. Un presentimiento, una afirmación. Hace una semana, en la portada del periódico ya se anunciaba, se anunciaba la guerra, la muerte, la pobreza. Observé esas palabras grandes, remarcadas en negro, firmemente alineadas, burlándose de nuestra tranquilidad. Los ojos de mi madre también lo decían, que pronto nos veríamos solos, desabrigados, con la piel arrancada, las tripas secas.

Mi abuelo descansó, la muerte vino a por él, antes de todo, antes de la guerra. Ahora en el rancho solo quedábamos nosotros tres: mi madre, la voz, yo. Ella entraba siempre en su habitación, enfrentándose a ese clamor insoportable, el desgarro de esa voz que tanto hería, que tanto me asustaba. Ella acarició mis mejillas, aseguraba que no pasaba nada, que aquella voz no era la de la guerra. Que esa voz venía de alguien que nos quería, pero que sin embargo no podía amarnos, no en esos  tiempos. Apreté a Tommy en mi pecho, miré el cielo. El sol brillaba como la luna, parecía mentira que fuese la última vez que vería el sol de esa manera, con esa alegría, con fe.


Aquella mañana empezó. Comenzó a oscurecerse, aviones cómo estrellas fugaces, una estrella en la ala. Lloré por primera vez, también la última. Mi madre salió de su habitación y a su lado, una persona meditabunda, famélica. Sus ojos eran iguales que los míos, recuerdo haberle visto una vez, en una foto que mi madre guardó en el cajón de su mesita. Esa voz, esa que tanto había temido era la de mi propio padre. 

2 comentarios:

  1. Inmersos en la tragedia de la guerra, los progenitores de la (entonces) pequeña protagonista, idearon la manera de ocultar al patriarca de la casa para salvar su vida. Bello relato de una situación extrema, donde la imaginación (con tu complicidad) lleva a pensar en una historia de fantasía o incluso de terror, lo cierto es, que el giro de timón de tu último renglón entrega un final inesperado. Y en ello radica lo exquisito de tu relato.
    ¡Saludos!

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  2. Muchas gracias Juan carlos, es un placer.

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