martes, 25 de junio de 2013

El día que te marchaste.


La mesa redonda de madera estaba vacía. Las dos sillas de mimbre también. Nos extrañan. He caminado por esa calle esta mañana, delante de la cafetería dónde nos sentamos. He recordado las dos tazas de café y tu mano encima de la mía, transfiriéndole tu sudor. Dijiste que empezabas a acostumbrarte a mis manías, así te lo pedí. Cómo por ejemplo: empapar la servilleta encima de la tostada para quitarle el aceite ( cuanta menos grasa mejor) y el café con leche desnatada. Las migas de pan que casi siempre acaban pegadas en los labios. Estabas aprendiendo de mí. Hablamos de siluetas, las delgadas, gruesas, las que han de cuidarse. Nada de espejos ¡los quitaremos todos! Exclamaste. Aquella mañana hacia demasiada calor, el verano había llegado. Observé las gotas de sudor que bañaban tu frente. No me cansaba de mirarte, ¿Qué ironía, verdad? Que a pesar de tantos años no me canso de ti. En mí empezó a florecer una felicidad inexplicable que se confundía con la tristeza de tu partida. Cuando te vas me quedo vacía. Sin embargo, ese mismo dolor que dejas es lo que me salva. Para sobrevivir escribiendo sobre la tristeza de mis ojos, lo que hiere. Aprendo cada día a quererte un poco más y un poco menos. ¿Hasta cuándo seguirás esperando? Preguntan y es mi corazón quienes le responden: “El día que ya no podré soportarlo

Así es cómo te quiero. Latiéndote entre hojas en blanco, el tiempo, el aire, el recuerdo. Egoístamente tal vez. Porque deseo que seas la energía, el interruptor, la magia de mi vida. He empapado tu camisa muchas veces con mis lágrimas, te has encargado de limpiarlas, para acariciarme después  y decirme que me quieres, que deseas una vida conmigo. Es entonces cuando el tiempo ya deja de existir, nada se mueve. Solo estamos nosotros en el mundo, sentados en esa mesa de madera, con las dos tazas de café, sujetándonos la mano. Susurro que te quiero, sonríes. Esa sonrisa es lo que me trajo a ti. Olvido las horas que quedan para decirte adiós.

 “No puedo perderte, no quiero perderte” te digo muy bajito mordiéndote muy despacio el lóbulo de la oreja. Y susurras en mis labios “Nunca me perderás”.

Abrigo mis brazos mientras observo como subes al autobús porque ha llegado la hora de marcharte. Obligo a mis ojos a no llorarte. Pones tus manos en el cristal como si de esa manera acariciases mi rostro. Observo como poco a poco te alejas, siento un nudo en la garganta. Ya no te veía, y fue entonces cuando lloré, dejándome la tristeza por las calles, camino a la rutina.



2 comentarios:

  1. Precioso el relato, pero triste...porque el amor casi siempre duele...

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  2. Obligo a mis ojos a no llorarte. Texto precioso que transmite la tristeza de una ausencia y una despedida. Enhorabuena

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