domingo, 3 de marzo de 2013

El puente, nuestro fiel amante.





“Si alguien me preguntase que fue lo que más amé de la vida, no diré que fuiste tú. Porque al decir verdad, lo que más amé fue cada momento que descubrí ser feliz a tu lado”.

El puente quedó atrás. Con él, los besos muertos que guardé. Tiré la última piedra que escondí en la mano. Se ha deshojado la flor que aun logró sobrevivir, la que guardé en la página de mi diario, donde cité el día en que le conocí. Ubiqué cada palabra en su correspondiente orden, para que no quedasen incoherentes los sentimientos que comulgamos. No estoy loca, es que quise demasiado a ese hombre.

Sentada en el coche, observé a través del retrovisor, como el puente se hacía más pequeño, Un arco ambiguo y quebrantado que ha vivido las primeras vivencias de la juventud. ¡Cuántas veces había estado yo allí!, buscando mariposas, descifrando nubes en el río, reposando mis manos en la fría piedra de musgo. Había apuñalado en una de las vigas del puente, mi deseo de encontrar a un amor de verdad, de esos que nunca se olvidan.

Recuerdo la primera vez que él entró en mi vida y dibujó en mi rostro, la belleza de una sonrisa. Había puesto sus manos sobre las mías, dedos largos y gruesos, líneas marcadas, cálidas, sudadas. Me había enamorado de su sensibilidad. Tuve primaveras viviendo en mis pupilas, flores apresadas en el paladar de su bendita lengua, sauces que se inclinaban tímidos cuando paseábamos. Su aliento a almizcle. Con él, no tenía miedo a nada, era feliz. El puente era nuestro fiel amante. Cada día, yo rezaba a los dioses para que él no desapareciera.

Pero el silencio empezó a inundar nuestra intimidad. Ya no oíamos los jilgueros, sus manos ya no acunaban mi necesidad. Ya no vivían primaveras en mis ojos, solo inviernos. Ese mismo silencio fue lo que nos destruyó. ¡Qué importantes son a veces las palabras!

Las mariposas que busqué durante toda mi vida y que existieron dentro de mí cuando él besaba los surcos de mis labios, habían desaparecido. Dentro de mí, solo quedó una jaula llena de lombrices. No tuve valor de vivir sin sueños. Él se los llevó, ¡ladrón de mi inocencia!

Han pasado años desde entonces, pero jamás he olvidado la manera que él tenía de darle belleza a todo lo que nos rodeaba. Y aun, cuando paso los dedos sobre mis labios, casi puedo sentir la huella de los suyos. En la vida pocas veces puede darse la maravillosa oportunidad de vivir un amor tan intenso y formidable como lo vivimos nosotros.

Me obligué a no deshacerme en lágrimas, mientras observaba nostálgica la última imagen de ese puente, que le dio a mi vida inolvidables momentos. Cerré los ojos,  tan fuerte que hasta mis propios párpados fueron mis enemigos. Y me oí decir: “Adiós mi vida, adiós a mi juventud”.



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