viernes, 22 de febrero de 2013

No te vayas.




No me pidas que te olvide, sería como dejar pasar mi tren favorito. He pasado muchas veces por el mismo lugar, sintiendo como la vida pasa debajo de mis pies. Espero en vano, sentada en unas escaleras frías, manchadas de despedidas. Abrigo mi silencio, nadie entenderá jamás este dolor que habita dentro. Sumo las palabras que me salvarán del vacío de sus pupilas. Pensé que era su modelo, su muñeca reciclable. En la guerra y en el amor todo equivale a destrucción. ¿Fui ese peldaño que hirió su zapato?

He perdido algo en esta estación. Es lo que me ha traído hasta aquí, la necesidad, el deseo de volver, los abrigos llenos de secretos que se han cruzado en mi camino. He vuelto y espero de nuevo. El ocaso empezó a desprender en mi hogar un color mortecino que besaba las láminas de la persiana.
El cielo es blanco, y blancos son los recuerdos de antaño. Me permito viajar en el tiempo. No estoy sola, mi corazón tiembla conmigo. Recuerdo lo que Alejandra Pizarnik citó una vez: “Tú eliges el lugar de la herida, en donde hablamos nuestro silencio. Tú haces de mi vida esta ceremonia demasiado pura”

Esta estación es todo lo que tengo. Aquí viven mis maletas y mis esperanzas. El eligió darle un mordisco a mi corazón, pero lo que yo hice fue elegir esperar a que él bajara de ese tren para darle vida a mi vida. Porque sin él no soy nada, y nada es también el eco de su voz rota. Solo quería estar a su lado, sin límites en el tiempo, sin billetes ajados y caducados. Viajar hundida en su hombro, mientras el paisaje se difuminaba alrededor. Salvarme, para salvarlo también a él. Porque era él mi emblema de los sueños perdidos y ansiados. 


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