miércoles, 27 de febrero de 2013

Iglesia


Me senté en un banco de la iglesia y me dispuse a pensar. Era una bonita mañana de invierno, las calles estaban atestadas de Jóvenes que iban a comenzar su rutina en el instituto, y niños cogidos de las manos de sus madres. Pero mi mañana se basó en una oración que mandé a mi corazón. Hacía tiempo que olvidé como se rezaba.  Miré el rostro de Cristo, mísero, crucificado. Recordé las palabras que suscitaban los pilares que el ser humano debía realizar en su vida:

1º plantar un árbol
2º escribir un libro
3º tener un hijo

Lo primero que pensé fue en plantar un árbol dentro de mi corazón. Porque plantar un árbol en el corazón es hacer nacer una esperanza y alimentarla. Referente a escribir un libro ya lo había realizado, pero aun faltaba crear una inolvidable historia. Y algún día, daré vida a una criatura que saboreé los placeres de su existencia.

Dentro de la iglesia, encontré la paz, la fe, el amor por las pequeñas cosas.  Entendí que al igual que uno se pierde, acaba encontrándose. Alguien me dijo una vez:   No vayas nunca a una iglesia ni no estás preparada para enfrentarte al silencio. Sin embargo, ellas esconden el silencio más hermoso que existe, el preludio de los ángeles.

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