martes, 12 de febrero de 2013

El abuelo




Qué triste se ve al abuelo allí sentado, envuelto en pensamientos que guardan el silencio de sus heridas. Le oigo murmurar “mundo embustero” una y otra vez, hasta el atardecer. Observo sus zapatos polvorientos y su mirada desequilibrada. Se balancea lentamente, le duele respirar. Le pregunto por qué el mundo es embustero, responde que la vida es como un botijo vacío. Pero no le entiendo, dice que soy demasiado joven para entender este mísero y ruin país.

A veces el abuelo es diferente. Bebe las natillas en vez de tomarlas con la cuchara. Reímos cuando vemos su bigotito manchado de pegatina amarilla. Él acompaña con su sonrisa nuestras carcajadas. Cuando está de buen humor, hace que todo vaya bien. El mundo de afuera nos parece encantador porque él nos relata historias increíbles. Hay días que nos azota el culo y grita que esta difícil juventud lo matará un día. Pero sé que él me quiere, lo he visto en sus ojos de cuervo negro. Cuando me acurruco en las sábanas, está a mi lado, susurrando una historia y acariciando mi pelo. A mis hermanos apenas les presta la suficiente atención. Conmigo, el abuelo es un niño atrapado que anhela soñar y columpiarse bajo el árbol de la esperanza. Para los demás, el abuelo es el abuelo.

Es noche de luna menguante. A través de la rendija de la ventana se oye susurrar al viento, un silbido que hiela la sangre. El abuelo fija su sucia mirada en los cristales y dice incansablemente que el tiempo ha venido disfrazado de muerte. Me acerco a su flácido brazo y froto mi mejilla contra la tela de su pijama. Él aparta mi cara con un movimiento brusco de su mano, pero no me importa,  el abuelo es el abuelo”.
Al romper el alba, no está en su cama. Encuentro huellas de pisadas sobre el barrio húmedo cuando aprieto la nariz en la ventana. Salgo sin importarme el frío. El abuelo ha dejado un rastro de viejo curioso. Él cielo ha partido en dos el color azul y blanco. Hurgo entre los matorrales, lo busco en la niebla, cada vez se hace más espesa. Me horroriza pensar que se ha perdido, él jamás sale de casa sin excusarse. Debo estar soñando, esto no es real. Cuando despierte de esta pesadilla, el abuelo estará a mi lado, con su olor a jabón y su ademán insolente. La niebla cubre el caserío. Imagino a mis hermanos buscarnos, con sus caritas rojas e hinchadas de llorar. Si el abuelo no aparece, tendré que regresar.
De repente, escucho su voz. Mi corazón parece tan pequeño que apenas puedo sentirlo latir. El abuelo reza fuerte. Corro hacia él apartando la niebla con las manos. Está sentado, con una mirada anestesiada, rodeando sus huesudas y sucias rodillas con sus manos. Me acerco, las hojas muertas de los árboles crujen bajo mis zapatos. Toco su hombro mientras murmuro la misma frase: “mundo embustero, mundo embustero”.
-         

      - Tranquilo, abuelo. Estas a salvo- le digo para tranquilizarle. Le ayudo a levantarse, ambos caminamos como si nos hubiesen arrancado el alma. Tiro de su brazo, el caserío se distingue por fin. El abuelo escruta la mirada hacia el infinito, en su mejilla izquierda hay una herida perforada que no había visto antes.

El abuelo curva su boca en una sonrisa grotesca y me mira con sus ojos negros de demonio.

-          - Mundo embustero. Tú perteneces al mismo lugar.

El abuelo ha perdido la cabeza, el corazón y la coherencia. Hago el último intento de arrastrarlo hacia nuestro hogar. Al entrar en el caserío, nadie nos recibe. ¿No han notado que el abuelo ha estado ausente horas?
Lo acuesto con cuidado y lo arropo con las mantas. El olor a viejo no ha desaparecido, no podrá desaparecer jamás, es la huella de su existencia. Una vez apagada la luz del desván, bajo las escaleras. En el salón se respira una tensa atmósfera. En la mesa hay bollos calientes, la chimenea lanza su resplandor naranja sobre los rostros silenciosos y preocupados de mis hermanos y mi madre. Me preguntan dónde he estado.

-          Con el abuelo- respondo.

Las caritas de mis hermanos se contraen en horror. Mi madre chasquea la lengua, posa su delicada mano en mi hombro y me dice en un susurro que crispa mi piel: Es imposible que hayas estado con el abuelo, murió anoche, ¿no lo recuerdas?

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