viernes, 4 de enero de 2013

Papá, tú y yo.



-¡Aquí está tu padre para comprarte un chándal rosa!- te dijo papá para desvanecer la densa atmósfera que se respiraba dentro del coche. Fue lo que nos hizo reír en ese instante que creímos que la vida era un saco inflado de decepciones.

Habías cogido todas tus cosas y caminabas cabizbaja mientras nosotros te esperábamos dentro del coche. Procuré no preguntar qué había ocurrido, aunque tu rostro manifestaba la desdicha. El amor no tiende razones. Nuestro padre intentaba animarte con su sonrisa eterna. Fue cuando me di cuenta de que nunca nos fallaría. A los padres se les perdona al igual que se les perdona a los hijos. Bien sabes que él también amó una vez y que dejó su corazón sediento. Has aprendido a querer con el alma.

Al verte llorar yo hubiese dado mi vida por verte reír, porque tus sufrimientos formaban también parte de mí. Habíamos concedido esperanza aquella noche los tres: Papa, tú y yo.  El coche parecía una cometa en la noche, nos dirigíamos a mirar la ciudad desde el parador.  La ciudad parecía susurrar a las estrellas.

Te ofrecí mi corazón para que depositases en él tus dudas y silencios. ¡Qué ironía de la vida, hermana!, que después de tantas batallas nos hemos perdonado besándonos las heridas. Me alegro mucho de haber entregado mi compañía aquella noche, porque de no haber sido así, no habríamos descubierto los sentimientos que ocultábamos, y haber analizado la adversidad que se ocultaba tras nuestra máscara. 


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