jueves, 24 de enero de 2013

Nostálgias



Hoy me he atrevido a rememorar vivencias anteriores a mis veinticinco años. Pasé cerca del colegio donde de niña estudié. Las puertas estaban abiertas. El colegio parecía estar abandonado. Los muros de piedra yacían sucios por el abuso del tiempo. Me paré delante de dos grandes y amplios edificios con sus ventanas tenuemente iluminadas, algunas de ellas mostrando soledad. Recorrí las mismas baldosas como si fuese un sueño. No podía creer que después de tantos años volviera a pisar aquel patio donde pasaba mis recreos en solitario; sentada en un poyete que tenia extraños agujeros con los que jugaba. Aun sigue allí, esperando mi presencia, mi caricia infantil.
Las barandas de las escaleras estaban limpias y brillantes. Habían hecho muchas reformas, habían puesto rampas, baldosas nuevas y habían demolido la casa pequeña que tenia asignada el portero. Recuerdo que a través de una de sus ventanas, mirábamos un salón repleto de trofeos y libros.
Un hombre entrado en años me vio caminar. Se acercó sonriendo y me preguntó si era alguna de las madres de un alumno, dado que había una reunión. Negué riendo y le dije que mi visita se debía a nostalgias de un tiempo muy remoto.
-¿Del noventa y nueve?- dijo él señalándome con el dedo.
-Tengo veinticinco años
-¡Ven conmigo!
Me condujo a un pasillo dónde tenían orlas colgadas de cursos pasados. Reconocí antiguos compañeros de aulas, parecía mentira que hubiésemos crecido tan rápido. Mi acompañante, que aseguraba haber sido un antiguo profesor, señalaba con el dedo a muchos de ellos y me contaba historias de lo que hacían actualmente.
-Recuerdo a Alba. Era la más popular de la clase. Siempre tan femenina y segura de sí misma. – Dije yo recordando la sonrisa blanca y radiante de aquella chica.
-Hace tiempo que no la veo. Dijeron que se había ido de la ciudad. Solía decir que había nacido para volar.
Sonreí y seguí su dedo que señalaba a otro alumno.
-Y este… ¡ vaya, estaba loco! Sentía un gran aprecio por mí. - Prosiguió él.
- Hoy en día, cuando oigo una moto pisar fuerte el freno, sé que es él. Efectivamente me saludó efusivamente, alzando la mano. Siempre he sabido cuando iba a aparecer, era un chico que hacia demasiado ruido.
Era cierto. Recuerdo que me reía mucho con él en clase cuando se nos hacia aburrida la lección. Hablando en voz baja y pasándonos poesías inventadas dobladas en papelitos. Actualmente él tiene una niña y está sin trabajo.
El siguiente alumno lo recuerdo como un fugaz parpadeo en las escaleras, de apellido Siles, era un chico tímido y eficiente en los estudios. Recuerdo que una vez dejó en mi pupitre una nota que decía que yo tenía los ojos como Greta Garbo. En aquellos tiempos yo no sabía quién era aquel personaje, así que tuve que preguntarle a mi padre. Cuando mi padre me mostró una fotografía de la mujer que supuestamente yo tenía casi sus ojos, me eché a reír. ¿¡Yo, Greta Garbo!? Si Siles tenia eficiencia en los estudios, no lo tenía para las comparaciones.
-¿Qué ha sido de Siles?- Le pregunté al viejo profesor.

-Ha salido muchas veces en el periódico. Escribe y le gusta la poesía. Pero hace unos meses a su madre la echaron de casa, y él tuvo que cargar con las circunstancias
-¡Pobre siles!
-¡Si, pobre!
Avanzamos unos pasos y seguimos viendo orlas. Me resultaba extraño que todos aquellos inocentes jóvenes, tuvieran ahora una vida que afrontar, como yo.
El viejo profesor que decía llamarse José, confesó que no me recordaba. Para que no dudara de que realmente estuve estudiando allí, le hablé de los compañeros y profesores.
-Debes haber cambiado mucho, suelo tener memoria de elefante a pesar de los años transcurridos.- Dijo él mirándome fijamente a los ojos.
-He cambiado, es cierto.
Estuvimos hablando de Doña Rosario, una mujer que todos temían debido a su mal humor y disciplina. Pero siempre supe que no era mala persona, simplemente quería que no nos torciéramos en el camino. Hablamos de Don Emilio, que siempre apuntaba fuerte las palabras escritas en la pizarra como si no las viésemos, y del cual recuerdo su ligero aliento a Alcohol.
Eché un vistazo a la sala de gimnasia, aun seguían aquellas viejas colchonetas y el mobiliario recubierto de madera vieja. En el patio exterior aun estaban las redondas y anchas fuentes de piedra que parecían una pila bautismal.
-¡Qué rápido pasa el tiempo!- exclamé mirando todo como si fuese la primera vez.
-El tiempo no, ¡nosotros!- corrigió él.
Una vez que me enseñó la nueva modificación del colegio, José me sonrió y alentó que podría ir allí las veces que yo quisiera. Porque a veces los recuerdos nos hacen volver.
Salí del colegio y me encaré a la nueva vida. Paseaba contenta de llevarme un cesto enorme de satisfacciones.

2 comentarios:

  1. Todos en alguna ocasión regresamos a los lugares que nos vieron crecer. Un bonito paseo este entre nostalgias.
    Un abrazo.

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