sábado, 19 de enero de 2013

El tiempo nos ha perdonado.




Óyeme, que te llamo. Vida mía, sí, vida mía, vida mía sola. ¿De quién más, de quién más si solamente puedo ser yo quien cante a tus oídos: vida, vida, mi vida, vida mía?


 Abrigamos nuestros corazones en la habitación de un hotel. La luna se clavó en el tejado cuando te miré por vez primera y susurraste: “Quédate a mi lado”. Nos metimos entre las sábanas. Dormimos mirándonos, aprendiéndonos las imperfecciones. Rozando labio contra labio, como dos tímidos adolescentes. Sentí tu respiración, aproveché abrir mi boca para que tu aliento se metiese dentro de mí.  Quería sentirte de mil maneras. Rocé tu mano despacio, como si el contacto pudiese provocar en ti el abismo. Pero dormías profundamente. Me di el lujo de imaginarte en esa playa que soñamos, para que cuando abandonásemos el mundo cuando cerrábamos los párpados, nos encontrásemos allí, siendo siempre jóvenes. Cerré también los ojos y rememoré ese primer beso nuestro en tu antiguo coche con el capó manchado, y  con las ventanas tapizadas. Tu primera caricia en mis muslos, un mordisco en el labio inferior, el travieso susurro en mi cuello.
Hacía años que no nos veíamos. Creí que nunca llegaría el momento de abrazarte, y sin embargo, aquella caótica mañana pudimos abrigarnos en el encuentro. Tomamos un café en la misma cafetería de siempre, y cuál fue nuestra sorpresa cuando descubrimos que en la misma mesa, aun estaban nuestros nombres tallados. Nos miramos detenidamente y sentí que el tiempo a veces, sabe perdonar. 

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho la entrada, Sara, ojalá el tiempo sepa perdonarnos a todos tanto por las veces que lo hemos usado bien como por las otras que hemos hecho lo suficiente.

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  2. Gracias Manuela. El primer párrafo es un trozo de poesía de un poeta. Lo demás es mío.

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