miércoles, 19 de diciembre de 2012

La sombra





La habitación es un abrigo frío y abandonado. Tras una puerta se percibe una sombra, un cenicero lleno de cigarros muertos, unos zapatos rojos de tacón tirados por el suelo, una canción de Miles David sonando en la estancia.

Una chica enfrenta su pálido rostro ante el pequeño y sucio espejo del baño. Retoca sus ojeras con corrector. En sus pupilas se percibe una balada triste. Ella es un crisantemo que se deshoja al filo aliento del viento. Se ha puesto aquel precioso vestido que descubre unos redondos y orgullosos pechos. En pleno centro de Madrid, ella es la sombra de sí misma, sentada sobre un asiento vacío y descosido de un antiguo Citroën. 

Aquella sombra que veía tras la puerta, y que la acechaba cuando ella se escondía entre las sábanas, viaja a su lado; volviendo a ensombrecerle los ojos y las curvas de su cuerpo. Hoy, ha decidido dejar a un lado la absurda idea de convertirse en alguien que no sea ella misma. No quiere permitirse promesas cuando la luna haga un orificio sobre su cuello. Él la esperará, lo intuye, siempre lo ha sabido. La despojará de ese vestido y morderá con deleite su hermosa piel. 

Hoy, es una flor débil y marchitada que teme fundirse con el viento. A través de la ventanilla del coche, ella saca su respingona nariz e inhala con los ojos cerrados el perfume de los pinos que rodean un parque. Apenas puede pensar debidamente cuando el conductor - un hombre serio y enigmático - frena el coche. 

- Es la hora- dice él.
- Es la hora- repite ella.

Ella cierra de un portazo la puerta y observa como el coche desaparece detrás de una ligera niebla. Se ha quedado sola en mitad del parque silencioso. Un lugar ideal donde podrá desvestirse y ser ella misma. Aprieta fuerte los puños y los párpados y permite que esa sombra que la ha acompañado siempre, salga a su exterior. La sombra, que tiene forma de hombre, es el ente que la poseyó con vertiginosa necesidad. El conductor que se le acercó era otra sombra que percibió los ocultos secretos que ella escondía en su mirada. Supo de antemano que en esta misma noche, la chica es la elegida para convertirse en inmortal. 

Ella había intentado abandonar sus deseos lujuriosos y reprimir la sed. Pero era demasiado tarde, nada podía salvarla. Caminó junto a la sombra hacia el centro del parque. La luna tendía sus rayos de plata sobre un trozo de terreno. ¡Era la hora! Se echó el pelo hacia atrás y dejó que aquella sombra, la misma que había vivido con ella, inmortalizase el último pulso de sangre que corría por sus venas.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Desearás volver



Ella dijo: “lo mismo que deseas irte, desearás volver”.

La puerta, que recibía a mi madre  en esas noches donde la luna pintaba mi rostro como un retrato, ahora la extraña a ella de tal manera, que apenas puede abrirse.  Es como si el espíritu del vacío hubiese anunciado su catastrófica llegada. Extraño la boca burlona y ligeramente torcida de mi madre e incluso esas palabras que yo odiaba oírle decir. Palabras como aquellas: desearás volver.

Yo era una chiquilla incomprendida que deseaba encajar en alguna parte.  Quería atizar mis alas vírgenes hacia los horizontes soñados. En esos valles con musgos revestidos de un verde fluorescente yo Imaginaba ser gaviota. Quise  irme para no volver, y la voz aguda e impetuosa de mi madre arañaba mis oídos diciendo lo de siempre: desearás volver. 

Llevaba en mi pelo las caricias muertas de sus manos, empecé a anhelar los amaneceres al lado de ella. Mi madre no tenía nombre, no quería que la llamase madre, su hogar apenas tenía ventanas, y  las estaciones del tiempo, parecían no adherirse en su marchita piel.  Era una paloma que olvidó su nido en algún lugar.

-¿Qué harás cuando estés lejos de mi? - gritó cuando subí a aquel navío.

El mar, como una boca hambrienta, hizo que me ocultara en una ligera niebla. No volví a ver a mi madre hasta cinco años después. Regresé porque su voz - que fue lo único que llevé conmigo-, interrumpía mi descanso.

Aquel árbol que había sido testigo de nuestras lecturas en voz alta  y oraciones, pendía una hoja marchitada que no  tardó en caer sobre mi pelo. La casa que me había visto nacer ya no era un hogar, era un cimiento quebrantado por el transcurso del tiempo, dolorido por la soledad de mi madre. Subí los peldaños oyendo como estos crujían bajo mis zapatos. Había un silencio anormal.  Al entrar, las telarañas se abalanzaron furiosamente hacia mí por el descaro de mi visita. Las tablas de madera estaban casi carcomidas. Era extraño, porque cinco años no era demasiado tiempo.

Oí un susurro que me heló la sangre. La mecedora que aun estaba en el rincón del salón, se meció suavemente.  En ella, el espíritu de mi madre me miraba como si hubiese estado esperando este momento toda su vida. Entreabrió sus labios heridos de pellejos y dijo al mismo tiempo que tomaba mis manos entre las suyas: “te advertí que desearías volver”.

sábado, 1 de diciembre de 2012

A la luz de una vela.






Ocurrió a la luz de una vela. Era domingo, como siempre, di un paseo por los alrededores del viejo caserón del que dicen estar encantado. Como no peco de ser supersticioso, defendí mi incredulidad atreviéndome a entrar en su enorme jardín.
Hace muchos años esta entrada debió poseer una hermosa vegetación, tal vez era un vergel. La vieja verja chirrió débilmente cuando la empujé. Vi, en una de las ventanas manchadas de humedad, un rostro pálido cuyas facciones parecían las de un ángel. Con el corazón acelerado y revolviéndome la sangre, decidí averiguar quién habitaba allí. Los peldaños crujían bajo mis zapatos. Cuando mi mano agarró el pomo oxidado, un escalofrío me inundó. Alguien susurró mi nombre, subí a la primera planta, una luz mortecina se adivinaba tras una puerta entreabierta. Entré con cautela y vi dos cuerpos sudados revolviéndose con placer en una cama ajada con sábanas blancas y manchadas de sangre. Los ojos de aquellos amantes me mostraron su historia a la luz de una vela. Descubrí que aquel rostro era el mío, poseía con amor a el cuerpo femenino y perfecto que había presenciado mi llegada, el mismo que yo había visto en la ventana.
Recordé la leyenda, decía que hace muchos años dos amantes se encontraban en aquel caserón y mientras hacían el amor fueron asesinados. Desde entonces los espíritus aun pecan cada día a la misma hora su amor prohibido en el lugar de los hechos. Hay quienes afirman haber sorprendido un extraño rostro en una de las ventanas.
Di un paso atrás con el corazón desbocado, ¡no podía ser! Aquello no podía estar pasando. Ella asió mi mano y rogó que me quedase. Pero yo solo pensaba en huir. Sus ojos me miraron con frialdad y dijo sentenciando: “No temas, ya estás muerto”