domingo, 18 de noviembre de 2012

Por siempre nuestros.


¡Esos balcones, adornados de enredaderas, cómo los recuerdo! Señalábamos la ventana que daba al exterior, cuyas persianas viejas y ajadas, se adivinaban tras el cristal manchado de gotas secas. Dentro de ellas  inventábamos historias: apasionadas, melancólicas y eternas. Te imaginaba asomado, con ese temple relajado y entusiasta. Me soñaba  en tus brazos, rogándote que nunca me dejaras.

Eran balcones hechos de ladrillo rojo y hierros de alforja. Pero eran nuestros, para vivir la  libertad. Antes de que nos sorprendiese la noche, oteaba el horizonte haciéndoles vivir a las nubes con mis latidos optimistas. Solías decir que las nubes parecían galletas mojadas en leche, cuando llovía.

Cada vez que te ibas, llevabas contigo la huella del silencio. Yo me sentía triste y solitaria, como un pájaro que aun no conoce la vida. Y aprendí a esperarte, porque no veía sentido respirar para mí misma. Deseaba respirar para ti. En cada momento que hemos compartido juntos, jamás he dudado de lo especial que yo he sido para ti. He advertido el temor en tus ojos cuando recogía mis cosas para ordenarlas, tal vez para marcharme un día. Pero nos quedaba el transcurso de los días, yo contigo, tu conmigo.

Han pasado años desde la última vez que te vi marchar y cerrar esa puerta que fue testigo de tus lágrimas secretas. No conseguí aprender a vivir sin ti, debes perdonarme por ello.  Camino por esta calle, aun están esos balcones nuestros, ligados a nuestros sueños, cada  uno con el guion que les dimos. Siguen haciéndole honor a esta estrecha calle que para mí, ¡únicamente para mí!, tiene sentido.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Paseo.





-¿Quieres que demos un paseo?- propone mi madre colocándose sobre los hombros su chaqueta.

Acepto. Busco en el armario un conjunto ligero y cómodo. Deposito el pijama en la cama para que aguarde mi llegada, y salimos a la intemperie. Las terrazas están repletas de gente que cuenta los quehaceres del día y beben despacio una cerveza. Hay quienes necesitan sentirse rodeados, como nosotras en este momento. Andamos en silencio, mi madre lleva una falda que baila traviesa con el viento, en su rostro hay un ápice de ternura y desolación. Inhalamos la brisa que trae las montañas, hay rostros que encontramos en el camino, algunos nos conocen, otros nos ha olvidado. Encontramos un banco y nos sentamos. Oímos los coches circular a nuestras espaldas. Ella agradece que haya abrazado su soledad,  deposita su mano suave en la mía. Me encantaría poder decirle que la quiero a pesar de todo, que estoy perdida en laberintos.
Le pregunto sobre el ochenta y siete, ella concentra la pregunta en un murmuro. Fue el año que nací, aquel instante que cambió todo: su cuerpo, proyectos y pensamientos. Yo fui la que le salvó, dice ella. ¿Hasta dónde somos capaces de querer a alguien?
 Mi madre no es mi madre. Se convierte en madre cuando ruego su voz y acaricia mi cabeza. Ahora vuelve ser mi madre, porque esta acariciando mi corazón con su compañía. Somos dos almas que pese a haber estado unidas, no nos conocemos lo suficiente. Ella  es como una libélula que escapa de las plumas de mi almohada y me trae estrellas que perdí en sueños.
Mi madre es como una niña que olvidó crecer y proyecta su juventud frente al espejo cuando dan las doce. Es como el corazón de una fruta madura que solo puede intuirse bajo un caparazón peliagudo. Una fragancia que exalta mis noches de insomnio. La que se deja ver entre la mitad de la puerta escondida de su luz.  La que permite que le grite e ignore lo mucho que puedo llegar a quererla. La que espera mi llegada sea la hora que sea y advierte mi sufrimiento cuando esquivo la mirada. Ella, que abre los cerrojos y olvida como echarlos, porque una madre siempre perdona.
Cuando digo que la quiero, ella lo repite cinco veces más. Y siempre sabe hacerme conocer los espejos para que yo vea que esconden trampas; porque no siempre sacan defectos. Ella idealiza mi futuro adhiriéndolo al suyo, porque teme perderme, pero sabe que no me iré del todo. Hay trocitos de mi que tendrá siempre.
Acaricio su mano y apoyo la cabeza en su hombro. Hoy soy una madre para mi madre. Nos hemos perdonado las batallas, y decirnos lo que no nos atrevíamos a formular. El dolor es una diana herida de dagas, las dagas propias de nuestras palabras.
La ayudo a ponerse en pie, froto su brazo con la manga de mi jersey. Hoy tocará arroparnos con los recuerdos. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Confesiones.




Hay llamas que no terminan apagándose nunca. Vi como te marchabas, cruzabas la puerta y no quise decirte adiós, ¡maldita palabra! Cogí la chaqueta, me la puse sobre los hombros, aún tenía clavado tu olor. Debí haber cogido el último tren, pero como siempre, olvidé la cartera en casa. Desde aquí se vislumbra el perfil de una ciudad que me es desconocida. A través de la ventana de este hotel intento creer que no fuimos mentira, que era cierto. Hubo pasión, fuego y deseo. Entretuve el tiempo dejándote dentro de mí, poseyéndote en cada mirada, en los mordiscos que clavaba en tu piel. Quisiera verte entrar ahora, con tus pantalones bien sujetos por un cinturón comprado en rebajas, y esa camisa apretada que sobresale por los dejados días de ejercicio. Quisiera no tener que lubrificar mi pasión en un baño caliente y lleno de rosas marchitas, aquellas que trajiste un día para pedir disculpas por no haberte comportado como un caballero. Añoro tu bendita voz, que sacrificaba las penurias, y que elevaba mi fortaleza e ilusiones. Perdóname por depender de tus besos de aguja y ese abrazo que me sumergía en un océano cuya profundidad no llegamos a entender. Me repito a mi misma que aún puede ser que me quieras, que no se han muerto del todo las opciones de tenerte muy cerca. Lo sufro con tanta intensidad que dejar escapar el aliento es solo una premisa estúpida. Indago entre las fotografías que guarda el baúl en el desván, y en ellas encuentro viejas historias de una adolescencia perdida. Quiero repetirme que no me has olvidado, ¿cómo ibas a poder hacerlo? Y entonces aparecía ella, yo, tú y los fantasmas, porque hay espectros que no terminan yéndose jamás; se ausentan pero regresan, dejándome ese sabor en la garganta como los tragos de un whisky o un vino añejo.

 Intento abrigar en mi silencio palabras que suenen a un “te quiero” pero he conocido el entresijo de tus instintos, ¡bendita sea! Claro que los he conocido. Y entonces los dedos apuñalan el teclado. He intentado encontrarte en alguna parte pero no logro atraparte, ni besarte, ni tan siquiera arroparte con el resplandor de mis besos rojos. Permíteme arropar en tu vientre el despojo de mis sentimientos, aquellos que fecundan incesantes entre tus párpados. Hay mirlos que encuentro y vuelan encima de mí para hacer estallar mis pensamientos. Y pintar en el cielo, un corazón con mi nombre y el tuyo.