martes, 16 de octubre de 2012

Cuando la vida se convierte en un soplo



A Daniel se le hizo tarde en un andén a las 8:45. Empezaba a refrescar, había olvidado la chaqueta en casa. Con paso ausente decidió sentarse en los duros asientos del exterior. Su vida debería estar en orden, pero no había encontrado un ápice de entusiasmo que conllevara a estudiar en profundidad los quehaceres de su día a día. En esta preciosa mañana, él habría podido quedarse más rato durante las sábanas con Giselle, una chica alemana que había conocido hace unos meses. Podrían haber apagado el despertador una vez que los hubiera despertado y fundirse nuevamente en promesas, tal vez, solo esta vez, habría podido decirle que la quería. En esta misma mañana, cuarenta y cinco minutos antes, estarían viajando en una carretera febril, asustados por los cambios que darían sus vidas, pero dispuestos a ello. El volvería a besar aquellas mejillas blandas y sudadas y sabría que todo merecería la pena. Habían soñado durante tanto tiempo y lo habían realizado, a sabiendas de que su relación era una continua lucha de escondites y acertijos. Giselle tenía los ojos como la piel del tigre y en ellos Daniel encontró ese trozo de él mismo, el cual hacia tanto tiempo que no encontraba. Era en esta mañana cuando sus vidas habrían podido cambiar, pero hubo algo que falló en Daniel. No pudo quedarse más rato en la cama, no besó largo y tendido el cuerpo de Giselle y no subió las persianas. Un cielo plomizo lo recibió una vez salido del portal, cogió un taxi y murmuró la palabra: estación. Allí los había como él, vagando inquietos de un andén a otro, con la mirada perdida y envueltos en preguntas. Daniel precisó no llegar tarde a ninguna parte porque si bien quiso madrugar para conocer lugares, no era el momento oportuno para llegar con retraso a lo que iba a ser su desconocida parada. Pero la había perdido, como muchas otras cosas, y ahora quedaba esperar… ¿A qué?

Daniel jugó con su nombre, mordisqueándolo, y volviéndolo del revés. Solo de esa manera olvidaría a Giselle por unos instantes. Ya la imaginaba levantándose de la cama, con su olor de abandonada, el pelo revuelto y alineado de rayas rubias y marrones, los labios cortados y rosados, la piel suave y encogida. Le parecerá extraña su ausencia y mirará a ambos lados de la habitación, se preguntará con aire ausente y algo preocupado donde estaría él a estas horas.  Recorrerá toda la casa, pronunciará su nombre con la ferviente esperanza de verlo inclinado sobre la encimera bebiendo un vaso de leche. Mirará varias veces cada habitación e incluso debajo de la cama, porque siempre queda ese espíritu travieso. Entonces ocurrirá lo que Daniel odia, Giselle explotará en lágrimas y se ahogará con ellas, afirmará ser la culpable del abandono y se sentirá menos mujer que ayer. Se mirará al espejo tantas veces que terminará odiando su imagen, y se preguntará el porqué Dios- ese mismo ser superior que siempre esta en las estampas escondidas de su monedero- la ha hecho tan infeliz. Borrará la huella del carmín de sus labios y se frotará tan fuerte que terminarán siendo dos finas líneas borrosas. Después evitará la ciudad y llenará sus horas libres de soledad y locura. Probablemente estampe contra la pared algún marco de fotos o destruirá todo lo que le hará recordar a él. Esquivará las preguntas de las vecinas y creará un mundo en sí misma. Una vez que el tiempo transcurra, habrá asimilado que Daniel se enamoró de las carreteras y su nombre será tan solo un hilo que se quebrará lentamente. Pero no sabrá jamás que él no se marchó porque quiso hacerlo, sino que  en esa misma mañana él había madrugado para recoger los análisis que a escondidas se había realizado un mes antes, y el resultado sentenciaba que a Daniel le quedaban semanas de vida.